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viernes, 15 de mayo de 2026

AVENTURA EN ASIESO

                                               Aventura en Asieso

 La noche que nunca se fue


Hay noches que no buscan explicación. Solo quedarse.



 “El misterio de aquella noche en Asieso” 

Hay recuerdos que no se disipan con los años. Permanecen ahí, quietos, esperando. Basta una mirada en la dirección adecuada para que regresen con toda su fuerza.

Asieso,  desde Jaca en 1969
Asieso, visto hoy desde Jaca, es un lugar tranquilo. 

Pero cada vez que mis ojos se posan en ese punto del paisaje, vuelve una noche sin luna, una oscuridad cerrada y tres muchachos convencidos de que podían con todo.

Esta es la historia de aquella noche. O, mejor dicho, del recuerdo que nunca se terminó de disipar.

Se nos ocurrió de repente, como se les ocurren las cosas importantes a los quince años: con mucha ilusión, sin medir consecuencias.

Fue Lorenzo quien lanzó la idea, casi como un reto arrojado al aire: acampar en la montaña, cerca del pueblecito de Asieso, pasar la noche solos, sin luna, sin adultos, sin más compañía que nuestra temeridad. O nuestra supuesta valentía.

Nunca habíamos montado una tienda de campaña. No sabíamos leer el campo, desconocíamos todo, pero con nuestro arrojo y mucha ignorancia,  creíamos saberlo todo.

Vivíamos los tres en las casas militares de Jaca. Éramos amigos inseparables. Vicente consiguió la tienda de campaña, por aquellos medios que solo funcionan cuando uno es joven y no hace demasiadas preguntas. Lorenzo y yo aportamos los víveres, obtenidos a hurtadillas de las alacenas de nuestras casas. No había otra manera de hacerlo, cualquiera le explicaba a nuestro padres lo que pretendíamos hacer 

Salimos a media tarde, cargados como podíamos; contentos y riendo, emocionados y la intriga por compañera 

 Rellenamos las cantimploras en la fuente del Rompeolas, donde el agua brotaba fría y clara de un caño oxidado. Vicente llevaba la tienda a la espalda. Yo cargaba un cesto con pan, queso, chorizo pamplonica, un par de tortitas más dos paquetes de galletas María.

Lorenzo y Jorge montando la tienda (1969)

Lorenzo caminaba delante,  orgulloso, con sus armas improvisadas: cañas afiladas  a modo de lanzas, un arco fabricado a base de  ramas de fresno, tres flechas recién acabadas y una navaja enorme para nuestras manos adolescentes.

 Repetía una y otra vez, que aquel armamento bastaría para ahuyentar lobos, jabalíes o cualquier bicho que se atreviera acercarse a nuestro “campamento”.

 Siempre creímos que el campo estaba lleno de aventura y peligros invisibles.

Atravesamos el Rio Aragón por el puente San Miguel, y en poco estábamos en la zona escogida.

Nos llamó la atención una pequeña explanada, cerca de Asieso, junto a una espesa arboleda y una tapia que separaba un huerto. Montamos la tienda como pudimos, ayudándonos más de la intuición que del escaso conocimiento. 

Al caer la tarde nos sentamos a su lado, orgullosos, contemplando el mundo como si fuera nuevo.

El río Aragón, a unos pocos cientos de metros, murmuraba sin pausa. Los grillos y las cigarras impregnaban el entorno. Los olores del campo y de la montaña nos envolvían. A lo lejos sobre la meseta, divisábamos Jaca, nuestras casas, nuestra seguridad.

Vicente y Jorge  reposando despues de montar la tienda (1969)
—Qué valientes somos —dijo Vicente riendo—. Nuestra primera noche fuera de casa, solos y sin que nadie nos mande.

Reímos los tres. Aún no sabíamos.

La puesta de sol, desde esa ubicación, fue lenta y hermosa. El cielo se llenó de nubes rosadas que se diluían en tonos más suaves, y se deshacían poco a poco.

 Las sombras avanzaron sin prisa y las primeras estrellas aparecieron, tímidas.

Cenamos bocadillos improvisados, bebiendo a sorbos de la cantimplora. 


Las galletas y los sobrantes comestibles quedaron en el cesto, a un lado de la tienda,  por si antes de ir a dormir teníamos algún capricho, además de reservar algo para reponer fuerzas a la vuelta.  

La noche cayó de golpe. Y entonces nos quedamos a oscuras.

No había luna. Nada. Solo estrellas que apenas iluminaban. La oscuridad era tan espesa que no podíamos vernos las caras. Hablábamos intranquilos para no perdernos. Nos tocábamos las manos para asegurarnos de que seguíamos siendo tres.

El desasosiego llegó despacio, sin avisar. Una inquietud que crecía. Pensamos en encender las velas, pero queríamos guardarlas. Aguantar un poco más.

Entonces algo pasó.

Poco antes de anochecer, Vicente y Jorge (1969)
No sabemos a qué hora. Solo que el aire se movió con estrépito.

 Escuchamos ramas crujir. 

Un batir de lo que parecían alas sobre nuestras cabezas.

 Una sombra imponente cruzó la espesa penumbra. 

Y aquel sonido… un rugido grave, antiguo, imposible, que nos atravesó por dentro.

El campo ya no estaba vacío. Y nosotros lo supimos sin necesidad de ver nada.

No pensamos. Corrimos. 

Nos metimos en la tienda atropelladamente, uno sobre otro.

 Gritamos.

 Nos abrazamos con una fuerza desesperada. La tienda se convirtió en refugio, en trinchera, casi en un túnel donde escondernos del mundo.

Las horas pasaron lentas y muy largas. Afuera, la noche se llenó de ruidos, no se callaba: ramas crujiendo, jadeos irreconocibles, ladridos lejanos, grillos interminables. Cada sonido era una amenaza. 

Susurrábamos teorías: lobos, jabalíes, algo peor. Ninguno dormía. Esperamos el amanecer como quien espera una liberación.

Cuando la primera luz afloró, por las rendijas de la cremallera de la tienda, y un gallo cantó a lo lejos, el campo volvió a parecer tranquilo. Salí con cautela. Todo estaba en su sitio. O casi.

La comida, abandonada por las urgencias en el exterior de nuestra tienda, había desaparecido. Y aquel detalle, pequeño en apariencia, terminó de sellar el misterio.

Las galletas, el chorizo, el queso.

 Nadie tocó ni rozó la tienda. Nada dejó huellas claras. Nos miramos en silencio. No había explicación sencilla.

Recogimos todo atropelladamente, no queríamos estar más tiempo allí, De nuestra osadía y valentía no quedaba ni rastro. 

Regresamos a esas tempranas horas sin cruzarnos con nadie. A paso ligero.  La incógnita quedó para siempre.

Con el tiempo, las anécdotas de aquella noche se convirtieron en historia compartidas, repetidas y narradas ya sin miedo, entre nuestra cuadrila, pero con cierta reticencia. Pero el misterio nunca se fue.

Hoy sé que hay noches que no buscan respuestas. 

Aquella nos enseñó el valor de la amistad, el peso del miedo compartido y la forma en que algunos recuerdos, precisamente por no entenderse del todo, nos acompañan toda la vida.

Asieso ya no es solo un lugar. Es una noche que sigue caminando conmigo.

                                        ________________________________________

A Vicente Prieto Saturnino y a José Manuel Lorenzo Tato. Amigos, compañeros y hermanos de una noche que nunca se apagó.


Jorge de Aragón

        Recuerdos de Jaca 



sábado, 9 de mayo de 2026

Oroel, mi DAMA

 

Oroel, mi DAMA 



Con este post no intento describir solo mis recuerdos .. 

 creo que más bien es honrar una vida, una infancia, 

un hogar y una montaña que me abrazó como una madre de piedra y cielo.

 

Imagen en blanco y negro de una montaña

El contenido generado por IA puede ser incorrecto.

 

La Máquina del Tiempo

Si existiera la ocasión de meterse en las aventuras de H.G. Wells y poder viajar en la máquina del tiempo, o de montarme en un sueño mágico y conseguir que esa ilusión se hiciera realidad…

mi mejor sueño, no hay duda,

sería volver a revivir mi niñez en estas tierras.

 

En aquellos años increíbles,

llenos de la más tierna ingenuidad de mi infancia,

junto a mis seis hermanos y con todos los amigos

que allí forjé, y que, después de tanto tiempo,

nunca he olvidado.

AÑOS 60

Éramos siete hermanos …

Íbamos de la mano, como una cadena humana

Sergio el mayor —“Tate”— me guiaba a mí,

y yo, “Tote", guiaba a Pablo.

 

Después vinieron Gustavo, "Queco”, Alberto, "Chiqui", Olga "Nana" y Roger "Piko"

como notas nuevas en la melodía de nuestro hogar.

Durante aquellos años vivimos una infancia plena,

libre, salvaje y feliz.

Jaca aún era un pueblo grande,

envuelto en un paisaje en estado puro,

y cada día

era una aventura dibujada por la ilusión.

 

 

La vida en Jaca empezaba temprano.

Las mañanas olían a pan reciente, a tierra húmeda, a leña de hogar.

Y los días eran tan largos que cabía dentro de ellos

todo un mundo por inventar.

Mi madre, paciente y valiente,

sostenía el centro de nuestra pequeña constelación familiar.

Mi padre, con su uniforme de militar,

nos imponía respeto, pero también seguridad.

Sabíamos que, aunque no lo dijera,

su amor estaba ahí, en las cosas calladas:

en los paseos, en los silencios compartidos,

en las veces que nos miraba sin decir palabra.

Mis hermanos y yo éramos una tribu salvaje.

Saltábamos acequias, trepábamos árboles,

inventábamos guerras y reinos,

con palos por espadas y piedras por castillos

A veces creíamos que éramos soldados como papá.

                                                           Otras, que éramos pastores

                                                      o exploradores en busca de tesoros,

                                                y, sobre todo, siempre nos sentíamos libres,

 

 

                                                            Porque Jaca, en aquellos años,

no tenía rejas.

Solo bosques, caminos, huertas regadas

 por el Rio Aragón y rodeada de altas montañas.

 Y la más bella de todas… era "ella".

 

  

allí, destacando en el horizonte,

y en cada amanecer claro,

estaba su silueta.

Oroel, Mi Dama

Allí estás, serena y altiva,

Mi Dama de piedra y viento,

guardiana silente de mis juegos,

de mis pasos pequeños

sobre el mundo que apenas comenzaba.

Tu falda, tendida de pinares, campos y surcos

Se extendía como un manto verde y

me envolvía como un susurro antiguo y acogedor,

y tu cima, tan alta,

parecía acariciar las nubes

mientras te admiraba,

 absorto desde la estatura de mi pequeñez

Fuiste muro y ala,

fuiste eco y promesa,

la silueta que me protegía y abrazaba desde lejos

cuando el miedo asomaba en las esquinas.

Hoy vuelvo a ti en mis recuerdos, 

desde la atalaya mágica de mis sueños 

Mi Dama,

con la certeza de que sigues ahí,

inmutable y sabia,

como un secreto que sólo la infancia entiende.

Inmensa.

Firme como un juramento antiguo.

La montaña que velaba nuestros juegos,

nuestros sueños,

nuestros pasos descalzos entre hierba y charcos.

 

 

Mi Dama,

coronada de nieves o cubierta de sol,

nos miraba cada mañana con ojos de piedra y cielo.

Nunca hablaba,

pero yo le entendía.

Su silencio era el idioma

 Solo con el susurro del viento yo la comprendía.

y nos brindaba abrigo y protección

porque con ella cerca,

nunca estábamos solos.

A veces, cuando cerraba los ojos,

sentía que ella me llamaba desde su cima calva,

como si me cuidara sin pedirle nada,

como una madre guardiana, callada y eterna.

 

Se alzaba sobre nosotros,

siempre firme, siempre omnipresente.

Oroel.

Oroel.

Mi Dama.

Vestida de estaciones,

envuelta en cielos cambiantes,

inmóvil y eterna.

sin hablar, 

su silencio, me susurraba.

 

 

Era una figura protectora,

como si con su sombra y su altura

quisiera asegurarse

de que nada malo nos sucediera

 a los niños que jugábamos a sus pies.

A veces creía que me conocía.

Que sabía mi nombre.

Que cuando el sol la tocaba en la cima,

 me saludaba y sonreía

con su abrazo cálido y maternal 

Y aún hoy,

cuando la nombro o la sueño,

mi pecho se llena de una paz que no sé explicar,

como si esa montaña supiera todos mis secretos

y los custodiara

en su pecho de piedra.

 

Oroel nos miraba desde lejos

Desde cualquier parte del pueblo podíamos verla, altiva, inmóvil,

como si el cielo mismo hubiera apoyado ahí su bastón.

 

 

Oroel. Mi Dama.

Para mí, ya desde niño,

no era solo una montaña gigante y dormida  

Era un refugio imaginario,

una promesa silenciosa,

una presencia materna que no necesitaba palabras.

Si algún día me sentía solo,

bastaba con buscarla en el horizonte.

Me gustaba ver como la niebla a veces

 se levantaba lentamente de su pecho de piedra, 

 como un velo que se descorre

 para mostrarla en todo su esplendor

 

 Allí estaba.

Inmutable.

Fiel.

Mía.

A veces pensé y creía que me entendía.

Que me protegía desde esa distancia majestuosa,

como un ángel de piedra que no necesitaba alas

para volar por mis sueños.

 

 Un día —aún lo veo claro— con Pablo y nuestros amigos

subimos a Oroel con la energía intacta de quienes no conocen el cansancio.

La caminata era larga,

pero a cada paso el mundo se hacía más nuestro:

el bosque murmuraba leyendas,

las piedras hablaban en voz baja,

y los pájaros parecían guiarnos sin darnos cuenta.

Llegamos a la cima justo antes de que el cielo se volviera gris.

De pronto,

una gran tormenta nos sorprendió,

como si el cielo se hubiese abierto de golpe

para reírse con nosotros.

Corrimos cuesta abajo,

empapados por la lluvia,

mojados hasta los huesos,

resbalando y riendo,

cantando como si el mundo se fuera a acabar…

y no nos importara.

—“Que llueva, que llueva…”

gritábamos a coro, desafinados y felices,

mientras el barro nos manchaba las rodillas

y el viento nos empujaba como un juego más.

Yo miré hacia atrás un instante.

Y allí estaba ella.

Oroel.

Mi Dama.

Rodeada y embardunada de nubes oscuras   

como si también se estuviera riendo,

como si la tormenta fuera su forma de jugar con nosotros.

Aquel día,

mi infancia se llenó de agua,

de barro,

de canciones…

y de eternidad.

 

“Es, uno de mis mejores recuerdos que guardo de Jaca,

porque Jaca para mí significa nobleza,

significa poesía, significa naturaleza,

significa niñez, significa inocencia,

y significa mantener intactos todos los valores

que un día unos padres muy especiales

inculcaron en esa singular y maravillosa tierra altoaragonesa

a siete hermanos vinculados para siempre a ella.”

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                                  Quiero recordar y honrar este recuerdo tan especial  

 

 A mis padres, Luis y Antonia,

que nos dieron raíces firmes

y el amor que sostuvo nuestra infancia

bajo la mirada de Oroel.

A mis hermanos Sergio y Pablo,

compañeros de juegos, lluvia y canciones,

que partieron antes,

pero siguen vivos en cada recuerdo

y en cada soplo de viento

que baja desde la cima de mi Dama.

 

Jorge de Aragón

Recuerdos de Jaca 

 

 artículo publicado también en "Jacetania Express" 

 https://jacetaniaexpress.com/oroel-mi-dama-por-jorge-de-aragon/