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lunes, 28 de septiembre de 2026

                                                

                             El Eco de Oroel 


Una leyenda sobre el tiempo, los sueños y las promesas 

que el viento guarda entre las montañas de Jaca. 


Dicen que las montañas no tenemos alma ni voz, que solo observamos en silencio y dejamos que el viento hable por nosotras. 
Pero si te quedas conmigo un rato —aquí, entre mis pinos y mis senderos, o simplemente leyendo estas páginas— quizá descubras que no es del todo cierto. 
Porque yo, Oroel, montaña protectora y fiel guardiana de Jaca, guardo historias y secretos. 
He visto pasar siglos como quien ve pasar estaciones. 
He acompañado a pastores, viajeros, niños que soñaban despiertos y adultos que regresaban buscando algo que no sabían nombrar. 

He escuchado risas, recogido suspiros y albergado añoranzas, y he guardado confidencias que jamás repetí… hasta ahora. 


 

A veces, cuando cae la tarde y el sol se esconde detrás de mis rocas, me gusta recordar historias que nacieron espontáneas y a su modo, sublimes. 

Son relatos sencillos, humanos, de esos que caben en el corazón sin hacer ruido. 

Porque, al final, lo que importa casi siempre son esas pequeñas cosas. 

Hoy quiero contaros una de mis historias: la de un chaval que, desde niño, me miraba intrigado; que me hablaba como a una hermana mayor, convencido de que yo era una montaña mágica, capaz de escucharle y guardar sus secretos… 

y la de un deseo que dejó entre mis piedras antes de marcharse. 

Si te apetece escucharla, ponte cómodo. 

Prometo contártela despacio, sin prisa, como lo haría una abuela entrañable a su nieto en una tarde tranquila. 

Porque, aunque esté forjada de piedra, aún conservo memoria, paciencia… y un poco de poesía entre mis grietas. 


                                                            Ven. 

                                            Déjame que te cuente. 

Yo siempre he estado aquí, custodiando y protegiendo Jaca bajo mi sombra, como su propio himno recuerda. 

Quien pasea por sus calles o por mis alrededores, aunque sea solo un instante, levanta la vista y me ve allá arriba: quieta, fiel, como una vieja amiga inmóvil y vigilante. 

Para muchos soy solo una montaña; para otros, el símbolo que completa el paisaje cuando amanece o cuando el sol se esconde más allá de San Juan de la Peña. 

Pero para él… para aquel casi muchacho que creció bajo mi presencia, fui algo más: su confidente, su amiga, su protectora. 

Desde niño, desde cualquier lugar en el que estuviera, me buscaba con la mirada. 

A veces, después de jugar sin descanso, se tumbaba en la hierba y me hablaba. 

Lo hacía porque se sentía libre y feliz, y porque estaba seguro de que yo lo escuchaba de verdad. 

Y lo cierto es que sí lo hacía. 

Me confiaba sus ilusiones, sus sueños, sus pequeñas preocupaciones; ingenuidades de niño que ahora guardo como un tesoro. 

Cuando el viento se deslizaba por mis faldas y llegaba hasta él entre los pinos, siempre le sonreía: era mi manera de responderle en silencio. 

-------------------------------------------- 

Llegó el día en que tuvo que marcharse a otras tierras para escribir nuevas páginas de su vida. 

Sentí cómo la inquietud se le enroscaba en el pecho: dejar atrás su infancia, sus juegos, sus amigos y sus recuerdos le dolía más de lo que decía. 

Antes de irse, se detuvo unos instantes. 

Me miró despacio, como quien intenta abrazar con los ojos todo lo que quiere llevarse dentro para siempre. 

Y entonces, en silencio, me confió un deseo. 

Era pequeño y profundo, delicado como una verdad recién nacida. 

Lo acogí dentro de mí,  con la ternura de quien guarda algo frágil. 

Dejé que una brisa ligera rozara su mejilla como despedida. 

Una forma de decirle: 

“No temas. Yo cuidaré esto por ti.” 

Y así se fue, despacio, como se van las cosas que dejan huella: un chaval alejándose de su infancia y de todo lo que significaba tanto para él… y una promesa quedándose conmigo, respirando en silencio entre mi piedra y mi memoria.

 



El tiempo comenzó a desplegar sus páginas. 

Primero fueron los días veloces, luego los meses, los años… hasta que la vida se volvió un río incesante que lo arrastró sin permitirle mirar atrás. 

Ciudades nuevas, estudios, trabajos, proyectos. 

Todo parecía moverse con la prisa de quien teme detenerse. 

Y, sin embargo, en los rincones más quietos de su alma, algo permanecía inmóvil, intacto: 

la imagen de una cima familiar lejana, el rumor del viento entre los pinos, el perfil recortado de una montaña que lo había visto crecer. 

A veces, en medio del ruido de otras vidas, le bastaba cerrar los ojos para sentirme. 

Yo, desde la distancia, seguía reconociendo en él al niño que me 

hablaba. 

Había pasado tanto tiempo,  que él ya no sabía si aquel niño existió de verdad,  o si era solo un eco inventado por la nostalgia. 

Pero cuando regresaba a Jaca,  -en visitas breves, casi clandestinas- algo dentro de él se apaciguaba. 

Me miraba. 

Y en ese gesto sencillo encontraba la certeza de que yo aún lo recordaba. 

Tenía razón: yo nunca olvido a quienes me confían sus sueños. 

Él no lo sabía, pero yo también esperaba. 

En mis pinares, entre sombras que danzaban con el viento, tejía hilos invisibles como una araña paciente. 

Guardaba los sonidos del pasado: risas, pasos, silencios de la infancia. 

Y en mi corazón de roca, el eco de un nombre dormía, aguardando el momento de despertar. 


Pasaron los años, como nubes que se deshacen en cuanto uno intenta  detenerlas 

El muchacho se hizo hombre, y la vida lo llenó de distancias, responsabilidades y soledades. 

Pero en las noches más largas, cuando todo parecía detenerse, una brisa sutil cruzaba su memoria. 

Era yo, recordándole en sus sueños,  que toda promesa verdadera acaba encontrando su camino para cumplirse. 

Los años siguieron cayendo como hojas de un viejo libro. 

Y aunque su vida transcurrió lejos de Jaca, cada regreso tenía algo de ritual secreto, como si una parte de sí mismo lo reclamara sin pronunciar su nombre. 

Bastaba elevar la mirada hacia la línea del horizonte,  para sentir que algo —no sabía qué— permanecía despierto. 

Aquella sensación, volvió en un encuentro de antiguos amigos. 

La comida transcurrió entre risas tranquilas y anécdotas deshiladas por el tiempo. 

Cuando la sobremesa empezó a diluirse en pequeños grupos, él se apartó unos pasos, buscando un respiro. 

Había en el ambiente una calma extraña, una quietud casi expectante. 

Entonces la vio. 

Ella caminaba con esa naturalidad discreta que no busca nada,  y aun así, lo transforma y lo ilumina todo. 

Había cambiado, claro, pero en su mirada persistía una luz suave, íntima, que él reconoció sin pensarlo: un brillo que pertenecía otro tiempo. 

Sus ojos se cruzaron apenas un instante. 

Bastó para que una vibración antigua, se encendiera en algún lugar que él creía dormido 

Hablaron poco, como si ambos temieran despertar un recuerdo demasiado frágil para nombrarlo. 

Él se acercó al ventanal y dejó que su mirada volara alta, hacia mi silueta; en su rostro se  dibujó  una sonrisa leve, enigmática, y cómplice, como quien agradece en silencio algo que empieza a cumplirse. 

Y entonces ocurrió.  

Mientras las conversaciones ajenas seguían como un murmullo lejano, ella se le acercó improvisando una ligera excusa, casi un roce, y rodeándole por detrás lo envolvió con sus brazos con la naturalidad y calidez de quien no necesita permiso. 

Fue un gesto acogedor, inesperado, que lo envolvió con la magia de una paz extraña, como si el tiempo diera un vuelco silencioso. 

El mundo no se detuvo. No hizo falta. 

Solo hubo un silencio pequeño, íntimo, que no compartió nadie más. 

Él no lo esperaba, aunque una parte de sí mismo, lo había deseado siempre. 

A partir de ese abrazo, algo comenzó a despertarse —no con estruendo-, sino con la delicadeza de un viento que apenas roza la piel y, sin saber por qué, lo reconoces. 

Un movimiento leve, profundo, imposible de contener. 

No necesitó explicaciones. 

Ninguno de los dos las necesitó. 

Y allá arriba —o quizá dentro de él— el susurro del viento pareció hacerse un poco más consciente, como si supiera que acababa de cumplirse algo que llevaba mucho tiempo dormido. 



Tras aquel día, la vida siguió como si nada, aunque algo silencioso había empezado a moverse. 

Los primeros mensajes llegaron despacio, casi con pudor, evocando rincones compartidos: senderos, brisas, luces y sonidos que ambos recordaban sin preguntarse por qué volvían. 

Cada recuerdo era un leve eco que me alcanzaba desde sus vidas, como un latido que regresa sin anunciarse. 

Luego las palabras se hicieron más cálidas; las risas, más fáciles; los silencios, más hondos.

Sin pretenderlo, volvieron a abrir una puerta que nunca terminó de cerrarse. 

Entre frases sencillas se deslizaba una corriente antigua, algo que ni buscaban ni se atrevían a nombrar. 

Él comprendió entonces que aquella promesa no fue solo un impulso de infancia, sino una semilla que yo había custodiado durante décadas, esperando la estación adecuada. 

Desde lo alto, los observaba con la calma de quien conoce impasible los ciclos del tiempo. 

Cuando la duda rozaba sus voces, dejaba caer un soplo de viento: apenas un impulso, pero suficiente para que surgiera otra frase, otro “¿recuerdas?”, otra grieta por donde asomaba la complicidad guardada. 

Entre palabra y palabra, sus almas se reconocían. 

No necesitaban decir nada. 

Lo que había dormido durante años, despertaba como despiertan las cosas inevitables: sin ruido, pero con luz. 

Mi magia no se anuncia. 

Se desliza. Habita los surcos del día, el roce tenue de una brisa, la sombra que pasa sin dejar nombre. 

Desde mis laderas guardo historias que duermen durante años, a veces durante vidas enteras, esperando un gesto imperceptible que las despierte. 

Las promesas verdaderas no desaparecen: descienden a un lugar donde el tiempo no alcanza. 

Allí reposan, silenciosas, hasta que algo —una mirada, un abrazo, una palabra suspendida— las llama de vuelta. 

Y cuando llega ese instante, soplo. 

Muy despacio. 

Lo justo para abrir la puerta de lo que estaba dormido. 

Después, la vida se encarga. 

Dos almas que se rozaron en la infancia, regresan la una a la otra, no para recuperar lo perdido, sino para despertar lo que nunca dejó de latir. 

Y así, sin disonancias, lo inevitable toma forma. 

Porque hay historias que no terminan: se desvanecen en mis laderas y aguardan el momento exacto para volver a respirar. 

Y si alguna vez pasas por Jaca, mira hacia arriba cuando baje la tarde. 


Tal vez me encuentres susurrando, como ahora, y si te quedas a escuchar con el corazón abierto, puede que Oroel te cuente también la tuya 





                                        “Leyendas de Oroel”                                              
 


              Jorge de Aragón  

           Recuerdos de Jaca 
                                                                                                                            

viernes, 15 de mayo de 2026

JACA: OTOÑO Y SETAS

 


 JACA: Otoño y setas 

Un recuerdo de infancia en Jaca (1960)

Hay recuerdos de la infancia que permanecen intactos con el paso del tiempo.
No se borran, no se desgastan. Permanecen ahí, como si hubieran ocurrido ayer.

Uno de los más entrañables comienza en el otoño de 1960, en Jaca, y todavía hoy huele a bosque húmedo, a pino y a setas recién recogidas.


 

 El paisaje empezaba a adquirir sus característicos colores otoñales.

Las montañas se teñían de tonos dorados y pardos, y las últimas lluvias de septiembre y octubre habían empapado profundamente sus laderas, dejando los bosques con la humedad perfecta para que, entre la frondosidad del suelo, volvieran a brotar las setas y los hongos que permanecían ocultos durante el resto del año.

Era el momento ideal para salir a buscarlas.

Hasta entonces yo, con apenas ocho años, nunca había ido a coger setas. Mi padre y mi hermano Sergio eran quienes lo hacían cada otoño, y siempre regresaban a casa con enormes cestones llenos. Casi siempre,  las recogían en la ladera norte de Repitan, cerca de Castiello de Jaca.

 Después mi madre, las aliñaba y las cocinaba con su toque especial, en el viejo y achacoso fogón de leña de nuestras cocina de las casas militares.

Recuerdo que aquel día mi hermano Sergio me llamó:

—Tote, ¿quieres venir a buscar setas?

Yo estaba jugando con unas canicas de barro que había comprado el día anterior en “la Casita”, y ni me lo pensé.

—¿Dónde me llevas, Tate? ¿Vamos a la montaña?

Para mí aquello era toda una aventura, y también un orgullo salir con mi hermano mayor a buscar setas. Lo más lejos que había ido yo por entonces,  era al río Aragón, cuando íbamos a bañarnos con mis padres y el resto de la familia.

Me puse las botas de agua, cogí una mochila y me subí de paquete en el asiento trasero de nuestra seminueva bicicleta azul, que por aquel entonces era casi un lujo.

 Sergio pedaleaba con soltura entre las calles de Jaca.

Pasamos junto al Gran Hotel, seguimos por la carretera de Francia y luego hacia el Árbol de la Salud. El trayecto no se me hizo largo.

 Enseguida comenzamos la subida hacia el puerto de Somport y empezamos a adentrarnos entre montañas.

Cerca ya de Castiello, mi hermano dejó la bicicleta apoyada en una pequeña caseta al lado de la carretera. Cruzamos hacia la montaña y, de pronto, nos vimos metidos en un oscuro túnel.

 

Apenas se distinguía la boca de salida al otro lado.

Yo iba temblando. Abría los ojos todo lo que podía, casi se me salían de las órbitas, mientras buscaba la mano de mi hermano a tientas.

 Sergio caminaba tranquilo, seguro de sí mismo, hablándome de animalejos que vivían por allí, criaturas de las que yo nunca había oído hablar. Pero me aseguraba que, estando él a mi lado, ninguno se atrevería a atacarme.

Eso me tranquilizaba un poco.

A mi edad, sin embargo, la imaginación volaba. En mi cabeza aparecían los bichos más extraños y temibles revoloteando por aquella caverna. Yo solo quería atravesar cuanto antes ese túnel que no esperaba encontrarme.

 

Además, a nuestro lado discurría el cauce de un ríahuelo que no podíamos ver, pero sí escuchar. Su rumor constante hacía que todo resultara aún más misterioso.

Cuando por fin salimos por la otra boca, el paisaje me dejó sobrecogido.

Hoy sé, que aquel túnel no era especialmente largo ni peligroso, pero para un niño de ocho años parecía la entrada a otro mundo.

Nos adentramos en un frondoso bosque de pinos, cubierto de musgo y de hierba alta. Apenas veía dónde ponía los pies.

 Caminábamos en una especie de semipenumbra. No había sendas ni pisadas. Yo seguía las huellas que Sergio iba aplastando en la hierba mientras subíamos la ladera en busca de la luz.

 

A veces, tenía que ayudarme a subir los repechos que yo no podía superar. Él avanzaba con decisión, como si supiera perfectamente a dónde iba.

—Venga, Tote, que ya falta poco…

—Un poco más y ya verás…

Por la seguridad con la que caminaba, estaba claro que se dirigía a un lugar que conocía bien. Ni siquiera se detenía a mirar si nos dejábamos alguna seta atrás.

De pronto llegamos a una parte del monte más abierta y casi llana. Allí el sol entraba con más facilidad. Los pinos estaban más separados y la vegetación era menos densa.

Entre la hojarasca parduzca del suelo empecé a ver pequeñas manchas grises de distintos tamaños.

—¡Quieto! —me dijo de golpe—. No pises ahí.

Se agachó y apartó un poco las hojas.

—¿Ves? Todo eso son setas… y eso… y aquello también.

Me quedé boquiabierto.

 Estábamos rodeados de un auténtico vergel de setas.

Decenas, quizá cientos. Formaban un manto gris oscuro sobre el suelo del bosque.

Yo nunca había visto ni imaginado algo parecido. El suelo estaba cubierto de agujas de pino húmedas que crujían suavemente bajo las botas.

Hasta entonces, pensaba que las setas se encontraban de una en una, junto a cada pino. Pero aquello parecía casi un pequeño bosque de setas dentro del bosque.

 

Sergio me enseñaba a recogerlas.

—Mira —me decía—. Levantas la hojarasca así, las cortas con cuidado por la base y luego las colocas con suavidad en la mochila.

Cada metro que avanzábamos aparecía otro grupo.

 Era como una mina inagotable. Aquel debía de ser un lugar perfecto donde siempre crecían, y mi hermano y mi padre lo conocían bien.

Sin prisa, poco a poco, con paciencia y mucha satisfacción, fuimos llenando la mochila hasta que ya no cabía ni una más.

Si hubiéramos llevado más mochilas, habríamos llenado tres o cuatro sin dificultad. Las setas parecían brotar por todas partes en aquel rincón de la montaña.

Aquel día —y muchos de los siguientes— tuvimos setas en nuestro menú.

Y debo decir que, tal como las cocinaba mi madre, con su toque especial y el calor del viejo fogón de leña, aún hoy siento su sabor en la memoria, como si hubiera sido ayer.

Aquel día descubrí por primera vez, cómo son las setas en su verdadero hábitat: el aroma del bosque impregnado en las manos al recogerlas, el silencio del monte, y la emoción de explorar aquellos parajes de la mano de mi hermano.

Y con el paso de los años, he comprendido que no solo descubrí las setas.

También descubrí algo más importante:la magia de los bosques de Jaca, la aventura de la infancia, y el valor de esos pequeños momentos compartidos con la familia, que, sin saberlo entonces, se quedan grabados para siempre.

 

A veces todavía recuerdo aquella bicicleta azul adentrándose por la carretera de Francia, camino de la montaña, mientras yo descubría por primera vez el mundo de las setas.

Uno de los recuerdos más bonitos de mi vida.


 

                      

       

En memoria y homenaje a  mi hermano,  Sergio Ochando Fernández.”


     

        Jorge de Aragón 

       Recuerdos de Jaca 






LOS PATIOS DONDE LA INFANCIA AÚN LATE

 

Foto propia: Fachada  frontal lado sur de las casa militares en 1962 



LOS PATIOS DONDE LA INFANCIA AÚN LATE 

Hubo un tiempo, en que un patio era un mundo entero.

Una mirada adulta a los recintos donde la infancia dejó su huella,

 y a los tesoros invisibles que permanecen bajo sus baldosas.

Los patios no son solo espacios vacíos;

 algunos guardan memoria y fantasías que aún susurran.


Foto propia: Patio de suboficiales de las casa militares en 1962 

El de las Casas Militares fue, durante un tiempo, un territorio sin fronteras: un suelo de cemento abierto a la imaginación, con aceras que nacían desde los portales y huecos preparados para árboles que nunca llegaron a nacer. 

Para los adultos, un lugar de paso más. 

Para nosotros, los niños de los años cincuenta y sesenta que jugábamos allí, era un escenario inmenso de aventuras y experiencias diarias. Todo un mundo.

Hubo un tiempo en que el patio no tenía límites.

Era un lugar fascinante e indómito, un reino cambiante, donde cada día se reunía toda la chiquillada, como una gran familia, para inventar mundos nuevos a través de juegos tan variados como nuestra imaginación pudiera crear.

Bastaba cruzar la puerta, para que la realidad se transformara: una cuerda se convertía en una serpiente dormida, un balón era un planeta errante, y las sombras del atardecer se convertían en gigantes que solo obedecían nuestras reglas.


Así era la vida en el patio de nuestra infancia
(Recreación y dibujo sobre fondo de  foto original)   

Con el paso de los años, sin darnos cuenta, dejamos de entrar corriendo en el patio. 

Un día fue la última vez que bajamos a jugar, aunque entonces no lo supimos.

El espacio seguía allí, idéntico en apariencia, pero algo había empezado a cambiar: nosotros.

Las Casas Militares continuaban intactas, firmes y silenciosas, y parecía que ya no guardaban secretos. 

Hoy las miro con ojos cansados y las encuentro distintas: más pequeñas, más grises, más reales. Ya no hablan, ya no esconden dragones bajo las escaleras, ni castillos en los portales. O eso parece.


Porque hay lugares que no se retiran del todo.

Hoy, bajo los suelos pulidos y las puertas cerradas, permanece intacto un tesoro invisible.

 No está guardado para protegerlo del olvido, sino para que el olvido no pueda alcanzarlo jamás.

 Está bajo llave y cien candados, sellado en la memoria del lugar.


Foto propia: Patio de suboficiales en 2014 

Allí, silenciosos, siguen nuestros juegos inocentes, los heredados y los inventados: las canicas, el escondite, la comba, las tabas, los cromos; las chapas de Mirinda, las carreras sin destino… junto a risas que no sabían de relojes ni de despedidas.

El patio, aunque ahora parezca quieto, todavía respira. Cada baldosa conserva la huella de un salto, cada esquina guarda un secreto compartido.

Y cuando el viento lo cruza, si uno se detiene lo suficiente, puede escuchar el eco de aquella infancia feliz, susurrándonos en voz baja, recordándonos que alguna vez fuimos invencibles. 

Quizá —solo quizá— seguimos siéndolo cada vez que regresamos a ese lugar, no con los pies, sino con el corazón.


Foto propia: mi visita a "mi patio" de suboficiales en 2014


Cuando vuelvo hoy a ese patio ya no entro corriendo.

Camino despacio, casi en silencio, como si temiera despertar algo que aún sigue latente en su memoria  

Las Casas Militares me observan con una calma antigua y familiar, pero algo es distinto.

 Sin embargo, al cruzar el umbral, algo reconoce el lugar antes incluso que mi memoria.

Aquí aprendí a inventar.

A transformar lo cotidiano en extraordinario, sin esfuerzo ni permiso.

Éramos exploradores, héroes improvisados, habitantes de mundos que nacían y morían en una sola tarde. 

No sabíamos que aquello era felicidad; simplemente ocurría.

Ahora el patio parece más pequeño, como si se hubiera recogido en sí mismo.

El cielo queda más lejos, los edificios más bajos.

Pero sé que no es el lugar el que ha cambiado.

Bajo este suelo —lo presiento— siguen enterrados mis primeros sueños.

Intactos.

Esperando no ser rescatados, sino recordados.

En el silencio del patio, nuestros juegos permanecen vivos.

Porque hay lugares que no desaparecen: solo se repliegan.

Y ese tiempo, sigue vivo cada vez que lo miramos con los ojos de entonces.


Foto Tere Castán: Mismo patio, actual, totalmente remodelado y modernizado, 2026

Este recuerdo no es solo mío.

Pertenece a todos los que crecimos en aquellos patios de las Casas Militares durante los años 50 y 70, compartiendo juegos, ilusiones y una forma sencilla de ser felices.

Fuimos parte de una generación que aprendió a imaginar sin pantallas y a convivir sin prisas.

Si estas líneas despiertan una sonrisa en alguno de vosotros, entonces el patio habrá vuelto a latir una vez más.

Porque en el fondo, nunca terminamos de irnos.

 


 



Jorge de Aragón

Recuerdos de Jaca 

 

                                artículo publicado también en "Jacetania Express" 

 Un paseo por los recuerdos de Jaca: los patios donde la infancia aún late. Por Jorge de Aragón


AVENTURA EN ASIESO

                                               Aventura en Asieso

 La noche que nunca se fue


Hay noches que no buscan explicación. Solo quedarse.



 “El misterio de aquella noche en Asieso” 

Hay recuerdos que no se disipan con los años. Permanecen ahí, quietos, esperando. Basta una mirada en la dirección adecuada para que regresen con toda su fuerza.

Asieso,  desde Jaca en 1969
Asieso, visto hoy desde Jaca, es un lugar tranquilo. 

Pero cada vez que mis ojos se posan en ese punto del paisaje, vuelve una noche sin luna, una oscuridad cerrada y tres muchachos convencidos de que podían con todo.

Esta es la historia de aquella noche. O, mejor dicho, del recuerdo que nunca se terminó de disipar.

Se nos ocurrió de repente, como se les ocurren las cosas importantes a los quince años: con mucha ilusión, sin medir consecuencias.

Fue Lorenzo quien lanzó la idea, casi como un reto arrojado al aire: acampar en la montaña, cerca del pueblecito de Asieso, pasar la noche solos, sin luna, sin adultos, sin más compañía que nuestra temeridad. O nuestra supuesta valentía.

Nunca habíamos montado una tienda de campaña. No sabíamos leer el campo, desconocíamos todo, pero con nuestro arrojo y mucha ignorancia,  creíamos saberlo todo.

Vivíamos los tres en las casas militares de Jaca. Éramos amigos inseparables. Vicente consiguió la tienda de campaña, por aquellos medios que solo funcionan cuando uno es joven y no hace demasiadas preguntas. Lorenzo y yo aportamos los víveres, obtenidos a hurtadillas de las alacenas de nuestras casas. No había otra manera de hacerlo, cualquiera le explicaba a nuestro padres lo que pretendíamos hacer 

Salimos a media tarde, cargados como podíamos; contentos y riendo, emocionados y la intriga por compañera 

 Rellenamos las cantimploras en la fuente del Rompeolas, donde el agua brotaba fría y clara de un caño oxidado. Vicente llevaba la tienda a la espalda. Yo cargaba un cesto con pan, queso, chorizo pamplonica, un par de tortitas más dos paquetes de galletas María.

Lorenzo y Jorge montando la tienda (1969)

Lorenzo caminaba delante,  orgulloso, con sus armas improvisadas: cañas afiladas  a modo de lanzas, un arco fabricado a base de  ramas de fresno, tres flechas recién acabadas y una navaja enorme para nuestras manos adolescentes.

 Repetía una y otra vez, que aquel armamento bastaría para ahuyentar lobos, jabalíes o cualquier bicho que se atreviera acercarse a nuestro “campamento”.

 Siempre creímos que el campo estaba lleno de aventura y peligros invisibles.

Atravesamos el Rio Aragón por el puente San Miguel, y en poco estábamos en la zona escogida.

Nos llamó la atención una pequeña explanada, cerca de Asieso, junto a una espesa arboleda y una tapia que separaba un huerto. Montamos la tienda como pudimos, ayudándonos más de la intuición que del escaso conocimiento. 

Al caer la tarde nos sentamos a su lado, orgullosos, contemplando el mundo como si fuera nuevo.

El río Aragón, a unos pocos cientos de metros, murmuraba sin pausa. Los grillos y las cigarras impregnaban el entorno. Los olores del campo y de la montaña nos envolvían. A lo lejos sobre la meseta, divisábamos Jaca, nuestras casas, nuestra seguridad.

Vicente y Jorge  reposando despues de montar la tienda (1969)
—Qué valientes somos —dijo Vicente riendo—. Nuestra primera noche fuera de casa, solos y sin que nadie nos mande.

Reímos los tres. Aún no sabíamos.

La puesta de sol, desde esa ubicación, fue lenta y hermosa. El cielo se llenó de nubes rosadas que se diluían en tonos más suaves, y se deshacían poco a poco.

 Las sombras avanzaron sin prisa y las primeras estrellas aparecieron, tímidas.

Cenamos bocadillos improvisados, bebiendo a sorbos de la cantimplora. 


Las galletas y los sobrantes comestibles quedaron en el cesto, a un lado de la tienda,  por si antes de ir a dormir teníamos algún capricho, además de reservar algo para reponer fuerzas a la vuelta.  

La noche cayó de golpe. Y entonces nos quedamos a oscuras.

No había luna. Nada. Solo estrellas que apenas iluminaban. La oscuridad era tan espesa que no podíamos vernos las caras. Hablábamos intranquilos para no perdernos. Nos tocábamos las manos para asegurarnos de que seguíamos siendo tres.

El desasosiego llegó despacio, sin avisar. Una inquietud que crecía. Pensamos en encender las velas, pero queríamos guardarlas. Aguantar un poco más.

Entonces algo pasó.

Poco antes de anochecer, Vicente y Jorge (1969)
No sabemos a qué hora. Solo que el aire se movió con estrépito.

 Escuchamos ramas crujir. 

Un batir de lo que parecían alas sobre nuestras cabezas.

 Una sombra imponente cruzó la espesa penumbra. 

Y aquel sonido… un rugido grave, antiguo, imposible, que nos atravesó por dentro.

El campo ya no estaba vacío. Y nosotros lo supimos sin necesidad de ver nada.

No pensamos. Corrimos. 

Nos metimos en la tienda atropelladamente, uno sobre otro.

 Gritamos.

 Nos abrazamos con una fuerza desesperada. La tienda se convirtió en refugio, en trinchera, casi en un túnel donde escondernos del mundo.

Las horas pasaron lentas y muy largas. Afuera, la noche se llenó de ruidos, no se callaba: ramas crujiendo, jadeos irreconocibles, ladridos lejanos, grillos interminables. Cada sonido era una amenaza. 

Susurrábamos teorías: lobos, jabalíes, algo peor. Ninguno dormía. Esperamos el amanecer como quien espera una liberación.

Cuando la primera luz afloró, por las rendijas de la cremallera de la tienda, y un gallo cantó a lo lejos, el campo volvió a parecer tranquilo. Salí con cautela. Todo estaba en su sitio. O casi.

La comida, abandonada por las urgencias en el exterior de nuestra tienda, había desaparecido. Y aquel detalle, pequeño en apariencia, terminó de sellar el misterio.

Las galletas, el chorizo, el queso.

 Nadie tocó ni rozó la tienda. Nada dejó huellas claras. Nos miramos en silencio. No había explicación sencilla.

Recogimos todo atropelladamente, no queríamos estar más tiempo allí, De nuestra osadía y valentía no quedaba ni rastro. 

Regresamos a esas tempranas horas sin cruzarnos con nadie. A paso ligero.  La incógnita quedó para siempre.

Con el tiempo, las anécdotas de aquella noche se convirtieron en historia compartidas, repetidas y narradas ya sin miedo, entre nuestra cuadrila, pero con cierta reticencia. Pero el misterio nunca se fue.

Hoy sé que hay noches que no buscan respuestas. 

Aquella nos enseñó el valor de la amistad, el peso del miedo compartido y la forma en que algunos recuerdos, precisamente por no entenderse del todo, nos acompañan toda la vida.

Asieso ya no es solo un lugar. Es una noche que sigue caminando conmigo.

                                        ________________________________________

A Vicente Prieto Saturnino y a José Manuel Lorenzo Tato. Amigos, compañeros y hermanos de una noche que nunca se apagó.


Jorge de Aragón

        Recuerdos de Jaca