Seguidores

Mostrando entradas con la etiqueta aventuras infantiles. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta aventuras infantiles. Mostrar todas las entradas

viernes, 15 de mayo de 2026

JACA: OTOÑO Y SETAS

 


 JACA: Otoño y setas 

Un recuerdo de infancia en Jaca (1960)

Hay recuerdos de la infancia que permanecen intactos con el paso del tiempo.
No se borran, no se desgastan. Permanecen ahí, como si hubieran ocurrido ayer.

Uno de los más entrañables comienza en el otoño de 1960, en Jaca, y todavía hoy huele a bosque húmedo, a pino y a setas recién recogidas.


 

 El paisaje empezaba a adquirir sus característicos colores otoñales.

Las montañas se teñían de tonos dorados y pardos, y las últimas lluvias de septiembre y octubre habían empapado profundamente sus laderas, dejando los bosques con la humedad perfecta para que, entre la frondosidad del suelo, volvieran a brotar las setas y los hongos que permanecían ocultos durante el resto del año.

Era el momento ideal para salir a buscarlas.

Hasta entonces yo, con apenas ocho años, nunca había ido a coger setas. Mi padre y mi hermano Sergio eran quienes lo hacían cada otoño, y siempre regresaban a casa con enormes cestones llenos. Casi siempre,  las recogían en la ladera norte de Repitan, cerca de Castiello de Jaca.

 Después mi madre, las aliñaba y las cocinaba con su toque especial, en el viejo y achacoso fogón de leña de nuestras cocina de las casas militares.

Recuerdo que aquel día mi hermano Sergio me llamó:

—Tote, ¿quieres venir a buscar setas?

Yo estaba jugando con unas canicas de barro que había comprado el día anterior en “la Casita”, y ni me lo pensé.

—¿Dónde me llevas, Tate? ¿Vamos a la montaña?

Para mí aquello era toda una aventura, y también un orgullo salir con mi hermano mayor a buscar setas. Lo más lejos que había ido yo por entonces,  era al río Aragón, cuando íbamos a bañarnos con mis padres y el resto de la familia.

Me puse las botas de agua, cogí una mochila y me subí de paquete en el asiento trasero de nuestra seminueva bicicleta azul, que por aquel entonces era casi un lujo.

 Sergio pedaleaba con soltura entre las calles de Jaca.

Pasamos junto al Gran Hotel, seguimos por la carretera de Francia y luego hacia el Árbol de la Salud. El trayecto no se me hizo largo.

 Enseguida comenzamos la subida hacia el puerto de Somport y empezamos a adentrarnos entre montañas.

Cerca ya de Castiello, mi hermano dejó la bicicleta apoyada en una pequeña caseta al lado de la carretera. Cruzamos hacia la montaña y, de pronto, nos vimos metidos en un oscuro túnel.

 

Apenas se distinguía la boca de salida al otro lado.

Yo iba temblando. Abría los ojos todo lo que podía, casi se me salían de las órbitas, mientras buscaba la mano de mi hermano a tientas.

 Sergio caminaba tranquilo, seguro de sí mismo, hablándome de animalejos que vivían por allí, criaturas de las que yo nunca había oído hablar. Pero me aseguraba que, estando él a mi lado, ninguno se atrevería a atacarme.

Eso me tranquilizaba un poco.

A mi edad, sin embargo, la imaginación volaba. En mi cabeza aparecían los bichos más extraños y temibles revoloteando por aquella caverna. Yo solo quería atravesar cuanto antes ese túnel que no esperaba encontrarme.

 

Además, a nuestro lado discurría el cauce de un ríahuelo que no podíamos ver, pero sí escuchar. Su rumor constante hacía que todo resultara aún más misterioso.

Cuando por fin salimos por la otra boca, el paisaje me dejó sobrecogido.

Hoy sé, que aquel túnel no era especialmente largo ni peligroso, pero para un niño de ocho años parecía la entrada a otro mundo.

Nos adentramos en un frondoso bosque de pinos, cubierto de musgo y de hierba alta. Apenas veía dónde ponía los pies.

 Caminábamos en una especie de semipenumbra. No había sendas ni pisadas. Yo seguía las huellas que Sergio iba aplastando en la hierba mientras subíamos la ladera en busca de la luz.

 

A veces, tenía que ayudarme a subir los repechos que yo no podía superar. Él avanzaba con decisión, como si supiera perfectamente a dónde iba.

—Venga, Tote, que ya falta poco…

—Un poco más y ya verás…

Por la seguridad con la que caminaba, estaba claro que se dirigía a un lugar que conocía bien. Ni siquiera se detenía a mirar si nos dejábamos alguna seta atrás.

De pronto llegamos a una parte del monte más abierta y casi llana. Allí el sol entraba con más facilidad. Los pinos estaban más separados y la vegetación era menos densa.

Entre la hojarasca parduzca del suelo empecé a ver pequeñas manchas grises de distintos tamaños.

—¡Quieto! —me dijo de golpe—. No pises ahí.

Se agachó y apartó un poco las hojas.

—¿Ves? Todo eso son setas… y eso… y aquello también.

Me quedé boquiabierto.

 Estábamos rodeados de un auténtico vergel de setas.

Decenas, quizá cientos. Formaban un manto gris oscuro sobre el suelo del bosque.

Yo nunca había visto ni imaginado algo parecido. El suelo estaba cubierto de agujas de pino húmedas que crujían suavemente bajo las botas.

Hasta entonces, pensaba que las setas se encontraban de una en una, junto a cada pino. Pero aquello parecía casi un pequeño bosque de setas dentro del bosque.

 

Sergio me enseñaba a recogerlas.

—Mira —me decía—. Levantas la hojarasca así, las cortas con cuidado por la base y luego las colocas con suavidad en la mochila.

Cada metro que avanzábamos aparecía otro grupo.

 Era como una mina inagotable. Aquel debía de ser un lugar perfecto donde siempre crecían, y mi hermano y mi padre lo conocían bien.

Sin prisa, poco a poco, con paciencia y mucha satisfacción, fuimos llenando la mochila hasta que ya no cabía ni una más.

Si hubiéramos llevado más mochilas, habríamos llenado tres o cuatro sin dificultad. Las setas parecían brotar por todas partes en aquel rincón de la montaña.

Aquel día —y muchos de los siguientes— tuvimos setas en nuestro menú.

Y debo decir que, tal como las cocinaba mi madre, con su toque especial y el calor del viejo fogón de leña, aún hoy siento su sabor en la memoria, como si hubiera sido ayer.

Aquel día descubrí por primera vez, cómo son las setas en su verdadero hábitat: el aroma del bosque impregnado en las manos al recogerlas, el silencio del monte, y la emoción de explorar aquellos parajes de la mano de mi hermano.

Y con el paso de los años, he comprendido que no solo descubrí las setas.

También descubrí algo más importante:la magia de los bosques de Jaca, la aventura de la infancia, y el valor de esos pequeños momentos compartidos con la familia, que, sin saberlo entonces, se quedan grabados para siempre.

 

A veces todavía recuerdo aquella bicicleta azul adentrándose por la carretera de Francia, camino de la montaña, mientras yo descubría por primera vez el mundo de las setas.

Uno de los recuerdos más bonitos de mi vida.


 

                      

       

En memoria y homenaje a  mi hermano,  Sergio Ochando Fernández.”


     

        Jorge de Aragón 

       Recuerdos de Jaca 






AVENTURA EN ASIESO

                                               Aventura en Asieso

 La noche que nunca se fue


Hay noches que no buscan explicación. Solo quedarse.



 “El misterio de aquella noche en Asieso” 

Hay recuerdos que no se disipan con los años. Permanecen ahí, quietos, esperando. Basta una mirada en la dirección adecuada para que regresen con toda su fuerza.

Asieso,  desde Jaca en 1969
Asieso, visto hoy desde Jaca, es un lugar tranquilo. 

Pero cada vez que mis ojos se posan en ese punto del paisaje, vuelve una noche sin luna, una oscuridad cerrada y tres muchachos convencidos de que podían con todo.

Esta es la historia de aquella noche. O, mejor dicho, del recuerdo que nunca se terminó de disipar.

Se nos ocurrió de repente, como se les ocurren las cosas importantes a los quince años: con mucha ilusión, sin medir consecuencias.

Fue Lorenzo quien lanzó la idea, casi como un reto arrojado al aire: acampar en la montaña, cerca del pueblecito de Asieso, pasar la noche solos, sin luna, sin adultos, sin más compañía que nuestra temeridad. O nuestra supuesta valentía.

Nunca habíamos montado una tienda de campaña. No sabíamos leer el campo, desconocíamos todo, pero con nuestro arrojo y mucha ignorancia,  creíamos saberlo todo.

Vivíamos los tres en las casas militares de Jaca. Éramos amigos inseparables. Vicente consiguió la tienda de campaña, por aquellos medios que solo funcionan cuando uno es joven y no hace demasiadas preguntas. Lorenzo y yo aportamos los víveres, obtenidos a hurtadillas de las alacenas de nuestras casas. No había otra manera de hacerlo, cualquiera le explicaba a nuestro padres lo que pretendíamos hacer 

Salimos a media tarde, cargados como podíamos; contentos y riendo, emocionados y la intriga por compañera 

 Rellenamos las cantimploras en la fuente del Rompeolas, donde el agua brotaba fría y clara de un caño oxidado. Vicente llevaba la tienda a la espalda. Yo cargaba un cesto con pan, queso, chorizo pamplonica, un par de tortitas más dos paquetes de galletas María.

Lorenzo y Jorge montando la tienda (1969)

Lorenzo caminaba delante,  orgulloso, con sus armas improvisadas: cañas afiladas  a modo de lanzas, un arco fabricado a base de  ramas de fresno, tres flechas recién acabadas y una navaja enorme para nuestras manos adolescentes.

 Repetía una y otra vez, que aquel armamento bastaría para ahuyentar lobos, jabalíes o cualquier bicho que se atreviera acercarse a nuestro “campamento”.

 Siempre creímos que el campo estaba lleno de aventura y peligros invisibles.

Atravesamos el Rio Aragón por el puente San Miguel, y en poco estábamos en la zona escogida.

Nos llamó la atención una pequeña explanada, cerca de Asieso, junto a una espesa arboleda y una tapia que separaba un huerto. Montamos la tienda como pudimos, ayudándonos más de la intuición que del escaso conocimiento. 

Al caer la tarde nos sentamos a su lado, orgullosos, contemplando el mundo como si fuera nuevo.

El río Aragón, a unos pocos cientos de metros, murmuraba sin pausa. Los grillos y las cigarras impregnaban el entorno. Los olores del campo y de la montaña nos envolvían. A lo lejos sobre la meseta, divisábamos Jaca, nuestras casas, nuestra seguridad.

Vicente y Jorge  reposando despues de montar la tienda (1969)
—Qué valientes somos —dijo Vicente riendo—. Nuestra primera noche fuera de casa, solos y sin que nadie nos mande.

Reímos los tres. Aún no sabíamos.

La puesta de sol, desde esa ubicación, fue lenta y hermosa. El cielo se llenó de nubes rosadas que se diluían en tonos más suaves, y se deshacían poco a poco.

 Las sombras avanzaron sin prisa y las primeras estrellas aparecieron, tímidas.

Cenamos bocadillos improvisados, bebiendo a sorbos de la cantimplora. 


Las galletas y los sobrantes comestibles quedaron en el cesto, a un lado de la tienda,  por si antes de ir a dormir teníamos algún capricho, además de reservar algo para reponer fuerzas a la vuelta.  

La noche cayó de golpe. Y entonces nos quedamos a oscuras.

No había luna. Nada. Solo estrellas que apenas iluminaban. La oscuridad era tan espesa que no podíamos vernos las caras. Hablábamos intranquilos para no perdernos. Nos tocábamos las manos para asegurarnos de que seguíamos siendo tres.

El desasosiego llegó despacio, sin avisar. Una inquietud que crecía. Pensamos en encender las velas, pero queríamos guardarlas. Aguantar un poco más.

Entonces algo pasó.

Poco antes de anochecer, Vicente y Jorge (1969)
No sabemos a qué hora. Solo que el aire se movió con estrépito.

 Escuchamos ramas crujir. 

Un batir de lo que parecían alas sobre nuestras cabezas.

 Una sombra imponente cruzó la espesa penumbra. 

Y aquel sonido… un rugido grave, antiguo, imposible, que nos atravesó por dentro.

El campo ya no estaba vacío. Y nosotros lo supimos sin necesidad de ver nada.

No pensamos. Corrimos. 

Nos metimos en la tienda atropelladamente, uno sobre otro.

 Gritamos.

 Nos abrazamos con una fuerza desesperada. La tienda se convirtió en refugio, en trinchera, casi en un túnel donde escondernos del mundo.

Las horas pasaron lentas y muy largas. Afuera, la noche se llenó de ruidos, no se callaba: ramas crujiendo, jadeos irreconocibles, ladridos lejanos, grillos interminables. Cada sonido era una amenaza. 

Susurrábamos teorías: lobos, jabalíes, algo peor. Ninguno dormía. Esperamos el amanecer como quien espera una liberación.

Cuando la primera luz afloró, por las rendijas de la cremallera de la tienda, y un gallo cantó a lo lejos, el campo volvió a parecer tranquilo. Salí con cautela. Todo estaba en su sitio. O casi.

La comida, abandonada por las urgencias en el exterior de nuestra tienda, había desaparecido. Y aquel detalle, pequeño en apariencia, terminó de sellar el misterio.

Las galletas, el chorizo, el queso.

 Nadie tocó ni rozó la tienda. Nada dejó huellas claras. Nos miramos en silencio. No había explicación sencilla.

Recogimos todo atropelladamente, no queríamos estar más tiempo allí, De nuestra osadía y valentía no quedaba ni rastro. 

Regresamos a esas tempranas horas sin cruzarnos con nadie. A paso ligero.  La incógnita quedó para siempre.

Con el tiempo, las anécdotas de aquella noche se convirtieron en historia compartidas, repetidas y narradas ya sin miedo, entre nuestra cuadrila, pero con cierta reticencia. Pero el misterio nunca se fue.

Hoy sé que hay noches que no buscan respuestas. 

Aquella nos enseñó el valor de la amistad, el peso del miedo compartido y la forma en que algunos recuerdos, precisamente por no entenderse del todo, nos acompañan toda la vida.

Asieso ya no es solo un lugar. Es una noche que sigue caminando conmigo.

                                        ________________________________________

A Vicente Prieto Saturnino y a José Manuel Lorenzo Tato. Amigos, compañeros y hermanos de una noche que nunca se apagó.


Jorge de Aragón

        Recuerdos de Jaca