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lunes, 22 de junio de 2026

JACA: La playa del Rio Aragón

   

 


La playa del Rio Aragón


Aquellos veranos en la playa del río Aragón

Hoy, mientras veo jugar a mis nietos en una piscina hinchable, un recuerdo se abre paso sin pedir permiso.

 Me lleva a los veranos de mi infancia en Jaca, a una playa sin mar, a las aguas frías y claras del río Aragón, y a mis padres enseñándonos a amar una tierra que nunca se olvida.

Hoy, muchos años después

Hoy, cincuenta y pico años después, en un pequeño pueblo de Tarragona donde resido, hojeo distraídamente un libro, mientras observo a mis nietos bañarse y juguetear en la piscina hinchable instalada en el pequeño jardín de mi casa.

 Sus risas, los chapoteos y esa alegría despreocupada propia de la infancia consiguen que, por unos instantes, el compartimento estanco de mi memoria —donde duermen tantos recuerdos— se abra sin previo aviso.

 Y de pronto rescata una época muy lejana, casi olvidada: la de mi infancia y aquellos veraneos en el río Aragón, en Jaca, con mis padres y mis hermanos.

 Julios y agostos de los años sesenta

Calor.

El sonido persistente y chillón de cigarras y grillos mezclándose en el aire.                                      

Los veranos de Jaca solían ser —y creo que lo siguen siendo— bastante cálidos, pero de un calor seco y soportable. Muy distinto de ese otro calor estival, húmedo y pegajoso, del litoral mediterráneo, al que nunca he terminado de acostumbrarme y que llevo años soportando desde que me fui de Jaca.

 La promesa de una playa especial

Recuerdo bastante bien, la primera vez que fuimos a bañarnos a “la playa” de Jaca.

 Papá nos había hablado muchas veces de ella. Decía que en verano nos llevaría a una playa especial, rodeada de montañas, prados de hierba y árboles, con aguas cristalinas y frescas.

 Una playa que no existía en ningún otro lugar.

Solo allí.

 A las siete y un minuto

Un sábado de julio de aquel verano, papá nos anunció que al día siguiente nos despertaría a las siete de la mañana para preparar, con tiempo, todos los trastos necesarios para pasar el día en la “playa”.

 A las siete y un minuto en punto, y al toque de diana de papá, saltamos como gatos de las literas al suelo para coger turno para el lavabo.

 Siendo tantos hermanos, (SIETE),  había que espabilarse para no ser el último; a veces incluso entrábamos al WC de dos en dos.

 Las tareas eran inmediatas: asearse, peinarse, colocarse el bañador.

Después, en fila hacia el comedor-cocina para un desayuno rápido y frugal.

 Mamá llevaba ya una hora en pie y lo tenía todo bajo control.

 

Un desayuno de otros tiempos

Una taza de café de puchero y una tostada de pan untada con aceite para cada uno.

Puedo decir, con cierta satisfacción, que aquel era el desayuno más rico que se podía tomar entonces. Eran otros tiempos —como solía decir papá mirando hacia atrás—:

 “Éramos muy pobres, sí, pero muy felices.”

 Y qué bueno estaba todo, Dios mío.

 Cestos, bártulos y camino al río

En la puerta de casa aguardaban apilados los cestos de mimbre y alguna mochila con la comida preparada por mamá, agua y todo lo necesario para sobrevivir en la “playa” durante el día entero.

 No podía faltar nada: gorras, flotadores, la colchoneta hinchable para navegar…

 Era la primera vez que íbamos. Mis hermanos y yo estábamos fascinados e ilusionados con aquella aventura.

 Hasta entonces, nuestros únicos chapuzones habían sido en el canal que pasaba junto a las casas militares. Y claro, si Jaca no tenía mar… ¿a qué playa nos llevaban papá y mamá?


"La familia Ulises"

Papá y mamá se repartieron los cestos más voluminosos.

Mis hermanos y yo cargábamos con el resto de bártulos.


Caminamos hacia el paseo, lo cruzamos y tomamos una pista forestal, en descenso hacia Asieso.

 Éramos un tropel, avanzando en masa. Imagino a quienes nos veían pasar,  preguntándose acaso, si no nos habíamos escapado de algún cuento, como aquella divertida familia "Ulises del TBO".

 

En Jaca apenas había coches por entonces. Quizá media docena. Grandes, negros y muy cuadrados. 

Desde luego, disponer de uno era un lujo impensable.


El primer encuentro con el río Aragón

Al final de la cuesta, en un recodo, apareció de pronto un puente.

 Y a sus pies, el enorme río Aragón.

 Mis hermanos y yo quedamos sobrecogidos. Nunca habíamos visto un río tan grande de cerca. La realidad superó cualquier idea que nos hubiéramos hecho.

 La corriente, en aquella época del año, era mansa y serena.

A la derecha, la presa retenía el agua y rugía suavemente, acompasando el murmullo del paisaje.


"La playa de Jaca"

—Aquí está la playa —dijo papá—.

Esta es la playa especial de la que os hablé.

 Fuimos bajando por el sendero escarpado que serpenteaba junto al río, entre maleza y zarzamoras, hasta llegar a un prado de hierba rodeado de árboles y flores silvestres, cerca de un viejo molino.

 Allí, el río formaba una badina de aguas frías, claras y tranquilas, perfecta para nadar.

 Otras familias, vecinos de las casas militares, ya estaban allí. Habían quedado con papá y mamá para pasar el día juntos.

 Aprendiendo a nadar sin saber nadar

Una vez instalados, nos lanzamos al agua sin pensarlo.  Ninguno sabíamos nadar.




Con aquellos flotadores arcaicos ajustados al pecho, desafiamos una y otra vez las frías aguas del Aragón.

 Papá y mamá nos observaban sonriendo. Papá no tardó en unirse a nuestras travesuras: era el primero en tirarse, nadar y darnos los primeros consejos. 




Por turnos, nos subíamos a la única colchoneta hinchable y nos dejábamos llevar por la suave corriente, remando con las manos.

Con los ojos fijos en la superficie, intentábamos distinguir bajo el agua las siluetas de las truchas acompañándonos en la travesía.

 



El sabor irrepetible del verano

Entre baños, juegos y búsquedas de madrillas y renacuajos, las horas pasaron volando.

 El rugido inequívoco del estómago nos avisó de que era la hora de comer.

Papá llamó y nos reunimos en la pradera, sentados en improvisadas sillas de piedra.

Mamá había preparado una ensaladilla de tomate con atún y un bocadillo de tortilla de patatas cocinado la noche anterior.

 Estaba de miedo.

 Nunca supe —ni aún sé— por qué aquellas ensaladillas y aquellos bocadillos, comidos en el campo, sabían infinitamente mejor que en casa, teniendo los mismos ingredientes.

 Todavía hoy sigo viendo, oliendo y saboreando aquellas comidas campestres de los domingos de verano junto al río.


La digestión, los juegos y las cartas

Después venían las horas de digestión. Tres si habías comido tomate. Dos si no.

Nunca entendí esa regla, y papá tampoco se molestó en explicarla: ¡era así,  y punto!.

 Mientras tanto, buscábamos renacuajos, o mirábamos como jugaban los mayores al remigio o al guiñote.

 Así aprendí yo a jugar. Me fijé tanto,  aprendí tan rápido, e insití aún más, que acabaron dejándome jugar "una partida".

 Una hora después,  los había dejado a todos pelados. Dijeron que fue suerte. Yo también lo he creído siempre…

 Aunque hoy mi nieto Albert, con seis años, también me gana al dominó, al parchís y a la oca.

¿Me pregunto si también será solo suerte?.

 

El último baño y la vuelta a casa

El día terminaba con el último baño, cuando el sol empezaba a filtrarse entre las copas de los árboles.

 


Recogíamos los bártulos y emprendíamos el regreso, cruzando el puente y subiendo el sendero hasta la carretera.

La vuelta se hacía tranquila, comentando las peripecias del día, mientras el sol se despedía en tonos rojizos, dibujando mil colores en el cielo jaqués.

 



Lo que mi padre quiso enseñarnos

Por la noche, papá nos preguntó:

 —¿Os ha gustado la playa?

 —¡Claro! —respondimos al unísono.

 Entonces nos dijo que, aunque no fuera una playa de mar como las de las postales, sí éramos unos privilegiados, por bañarnos en aquellas aguas claras  y cristalinas que nacían en el corazón de los Pirineos.

 

Que siempre las recordaríamos, estuviéramos donde estuviésemos.

Su mirada decía más que sus palabras.

 Fue siempre un enamorado de Jaca, de sus montañas, de la Escuela Militar de Montaña, de Candanchú, de Ordesa, del esquí y de toda la naturaleza que se respira en ese entorno único .

 Y, sobre todo, fue un gran padre que nos inculcó ese amor y respeto por esos valores, que nos han acompañado toda la vida.

 Gracias

Hoy, al escribir uno de mis recuerdos más entrañables,  desde lo más íntimo de mi corazón y de mi memoria, solo puedo decir a mis padres: muchas gracias.

 Gracias por compartir con nosotros ese sentimiento tan vuestro.

Gracias por dejarnos en herencia esa forma de amar esta tierra.

 El río Aragón, sus aguas claras, su murmullo constante, los prados verdes y los árboles que nos cobijaron siguen conversando, a vuestro lado, en silenciosa complicidad, de todos los momentos felices compartidos juntos.

 Un beso, papá.

 Un beso, mamá.

 Gracias por aquellos inolvidables veranos en la playa de Jaca, disfrutados a vuestro lado.


 Jorge de Aragón 

Recuerdos de Jaca 

jueves, 28 de mayo de 2026

CHARLIE CHAPLIN EN JACA (aquellos tiempos)

 

Ignoro si alguna vez Charlie Chaplin, “Charlot,"  llegó  a pisar o visitar Jaca alguna vez  en su larga y dilatada carrera como actor de cine mudo…ni siquiera sé si tuvo algún motivo o impulso  para hacerlo,   es posible que si… o que no… pero en mi imaginación y en mis  utopías,  existe una magia especial intangible en la que cabe cualquier evento.

Llegada a la estación de Jaca, la "Perla del Pirineo"

Explorando por las esquinas

Un rato entretenido en el "Árbol de la Salud"

-Ahora mismo estoy desorientado-

Una visita a la castañera de la calle Mayor

Un momento romántico en el Paseo

Entrevista en Radio-Jaca
"La Voz del Pirineo"

Conociendo la Emisora de Radio-Jaca

 En el escenario de Radio-Jaca

Paseando por el "Rompeolas"

Visita al puente romano "San Miguel" 
sobre el río Aragon 

 Siesta a la sombra de Oroel

Una pausa en la visita al Puente Nuevo a orillas del río Aragón 

Con mi mascota en el paseo de la Cantera

En la  cima del monte  Oroel

Paseo por la Avenida de Zaragoza

 visita  literaria a la librería Oroel

En "La Campanilla"

Junto al "Templete de Santa Orosia"

Una vuelta por la Universidad de Verano

Junto a la Catedral de Jaca

En la entrada de la "Ciudadela"

Una vuelta por el exterior de la pentagonal ciudadela

Situándome en el interior de la Ciudadela 

Invitado a la Conmemoración de la recuperación de 
Jaca el 5 de Diciembre de 1813


Visita a la "Torre-cárcel" 

En los porches de la Catedral

Encaramado en lo alto, disfrutando de  la Fiesta 
del Primer Viernes de Mayo

En el Convento de las Benedictinas

Desde un ventanal con vistas a la iglesia
de los Escolapios y la Peña Oroel

Un paseo por las antiguas Murallas de Jaca

En plena calle mayor

Preguntando por mi gran amigo
y maestro Marcelino Orbés

Frente al Paseo de la Constitución

Una vista muy "romántica" desde Rapitan

En los jardines frente al Grand Hotel

En el monumento a lo Caidos y Correos

¡¡¡Uff que frío!!! hay días imposibles...

Una vuelta por la fortaleza de "Rapitan"

En el Pórtico de la Iglesia del Carmen

Junto al Hotel Mur, y entrada de la Ciudadela

Un paseo por los fueros de jaca, y las Casas Militares

Junto a la oficina de Turismo y Unión Jaquesa

¡¡Que desastre!! ¿Porque destruyen las murallas?

Con mi pala ya puede nevar...

En la plaza Biscos y el monumento a la Jacetania

Cerca del Ferial

 Visita al Instituto Domingo Miral

Junto a la entrada de la Iglesia de Los Escolapios"

 Creo que sin bañador no se puede estar aquí...

Mi amigo "Marianico" me va a regalar un melón

Una Empresa con mucha  solera y tradición 

A mi espalda (de fondo) la Escuela Militar de Montaña

En el Tanque de piedra del Regimiento

Invitado al concierto dominical del Kiosko del Paseo

Recordando mis tiempos infantiles 
jugando a las canicas
En el coche de la caravana de la Vuelta ciclista

Fin de mi fantástica y mágica visita a Jaca...
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Mi homenaje
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Al principio, cuando se me   paso por la cabeza la peregrina idea de  crear estos foto-montajes sobre Charlie Chaplin,  -ambientados en los  lugares más emblemáticos y representativos  de mi querida y añorada  Jaca,- no podía ni imaginar la sorprendente coincidencia y la importancia de lo acontecido  en  Jaca,  a principios del siglo pasado, y  en especial la leyenda de un  jacetano  muy singular; Marcelino Orbes Casanova, relacionada paralelamente con el personaje protagonista de mis foto montajes, "Charlot".

Hasta hoy era una historia  totalmente desconocida para mi,  -como creo que para  la mayoría de jacetanos.- Alguien de mi círculo de amigos,  al ver publicado uno de estos foto-montajes, -no recuerdo en estos momentos quién,  en una red social (Facebook)- y conocedor de este hecho,  la compartió conmigo, rescatándola del  arrinconado y oscuro ingrato túnel  del olvido.

En el enlace del pie de pagina está su historia, -breve historia,- de un jacetano singular y muy especial;  sin embargo, ésta figura del mundo del espectáculo, aún por reivindicar y por ubicar en su justo lugar en la historia de las artes escénicas, era un aragonés y un jacetano  por los cuatro costados,  y aunque semidesconocido en su país y casi en su tierra, es mi deseo que estos  renglones  sirvan como epílogo para esta serie especial de  foto montajes,  y a la vez rendirle mi modesto homenaje -a través de esta serie de  Charlie Chaplin en la patria chica de Marcelino Orbes, considerado una vez,  el mejor payaso del mundo.