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lunes, 28 de septiembre de 2026

                                                

                             El Eco de Oroel 


Una leyenda sobre el tiempo, los sueños y las promesas 

que el viento guarda entre las montañas de Jaca. 


Dicen que las montañas no tenemos alma ni voz, que solo observamos en silencio y dejamos que el viento hable por nosotras. 
Pero si te quedas conmigo un rato —aquí, entre mis pinos y mis senderos, o simplemente leyendo estas páginas— quizá descubras que no es del todo cierto. 
Porque yo, Oroel, montaña protectora y fiel guardiana de Jaca, guardo historias y secretos. 
He visto pasar siglos como quien ve pasar estaciones. 
He acompañado a pastores, viajeros, niños que soñaban despiertos y adultos que regresaban buscando algo que no sabían nombrar. 

He escuchado risas, recogido suspiros y albergado añoranzas, y he guardado confidencias que jamás repetí… hasta ahora. 


 

A veces, cuando cae la tarde y el sol se esconde detrás de mis rocas, me gusta recordar historias que nacieron espontáneas y a su modo, sublimes. 

Son relatos sencillos, humanos, de esos que caben en el corazón sin hacer ruido. 

Porque, al final, lo que importa casi siempre son esas pequeñas cosas. 

Hoy quiero contaros una de mis historias: la de un chaval que, desde niño, me miraba intrigado; que me hablaba como a una hermana mayor, convencido de que yo era una montaña mágica, capaz de escucharle y guardar sus secretos… 

y la de un deseo que dejó entre mis piedras antes de marcharse. 

Si te apetece escucharla, ponte cómodo. 

Prometo contártela despacio, sin prisa, como lo haría una abuela entrañable a su nieto en una tarde tranquila. 

Porque, aunque esté forjada de piedra, aún conservo memoria, paciencia… y un poco de poesía entre mis grietas. 


                                                            Ven. 

                                            Déjame que te cuente. 

Yo siempre he estado aquí, custodiando y protegiendo Jaca bajo mi sombra, como su propio himno recuerda. 

Quien pasea por sus calles o por mis alrededores, aunque sea solo un instante, levanta la vista y me ve allá arriba: quieta, fiel, como una vieja amiga inmóvil y vigilante. 

Para muchos soy solo una montaña; para otros, el símbolo que completa el paisaje cuando amanece o cuando el sol se esconde más allá de San Juan de la Peña. 

Pero para él… para aquel casi muchacho que creció bajo mi presencia, fui algo más: su confidente, su amiga, su protectora. 

Desde niño, desde cualquier lugar en el que estuviera, me buscaba con la mirada. 

A veces, después de jugar sin descanso, se tumbaba en la hierba y me hablaba. 

Lo hacía porque se sentía libre y feliz, y porque estaba seguro de que yo lo escuchaba de verdad. 

Y lo cierto es que sí lo hacía. 

Me confiaba sus ilusiones, sus sueños, sus pequeñas preocupaciones; ingenuidades de niño que ahora guardo como un tesoro. 

Cuando el viento se deslizaba por mis faldas y llegaba hasta él entre los pinos, siempre le sonreía: era mi manera de responderle en silencio. 

-------------------------------------------- 

Llegó el día en que tuvo que marcharse a otras tierras para escribir nuevas páginas de su vida. 

Sentí cómo la inquietud se le enroscaba en el pecho: dejar atrás su infancia, sus juegos, sus amigos y sus recuerdos le dolía más de lo que decía. 

Antes de irse, se detuvo unos instantes. 

Me miró despacio, como quien intenta abrazar con los ojos todo lo que quiere llevarse dentro para siempre. 

Y entonces, en silencio, me confió un deseo. 

Era pequeño y profundo, delicado como una verdad recién nacida. 

Lo acogí dentro de mí,  con la ternura de quien guarda algo frágil. 

Dejé que una brisa ligera rozara su mejilla como despedida. 

Una forma de decirle: 

“No temas. Yo cuidaré esto por ti.” 

Y así se fue, despacio, como se van las cosas que dejan huella: un chaval alejándose de su infancia y de todo lo que significaba tanto para él… y una promesa quedándose conmigo, respirando en silencio entre mi piedra y mi memoria.

 



El tiempo comenzó a desplegar sus páginas. 

Primero fueron los días veloces, luego los meses, los años… hasta que la vida se volvió un río incesante que lo arrastró sin permitirle mirar atrás. 

Ciudades nuevas, estudios, trabajos, proyectos. 

Todo parecía moverse con la prisa de quien teme detenerse. 

Y, sin embargo, en los rincones más quietos de su alma, algo permanecía inmóvil, intacto: 

la imagen de una cima familiar lejana, el rumor del viento entre los pinos, el perfil recortado de una montaña que lo había visto crecer. 

A veces, en medio del ruido de otras vidas, le bastaba cerrar los ojos para sentirme. 

Yo, desde la distancia, seguía reconociendo en él al niño que me 

hablaba. 

Había pasado tanto tiempo,  que él ya no sabía si aquel niño existió de verdad,  o si era solo un eco inventado por la nostalgia. 

Pero cuando regresaba a Jaca,  -en visitas breves, casi clandestinas- algo dentro de él se apaciguaba. 

Me miraba. 

Y en ese gesto sencillo encontraba la certeza de que yo aún lo recordaba. 

Tenía razón: yo nunca olvido a quienes me confían sus sueños. 

Él no lo sabía, pero yo también esperaba. 

En mis pinares, entre sombras que danzaban con el viento, tejía hilos invisibles como una araña paciente. 

Guardaba los sonidos del pasado: risas, pasos, silencios de la infancia. 

Y en mi corazón de roca, el eco de un nombre dormía, aguardando el momento de despertar. 


Pasaron los años, como nubes que se deshacen en cuanto uno intenta  detenerlas 

El muchacho se hizo hombre, y la vida lo llenó de distancias, responsabilidades y soledades. 

Pero en las noches más largas, cuando todo parecía detenerse, una brisa sutil cruzaba su memoria. 

Era yo, recordándole en sus sueños,  que toda promesa verdadera acaba encontrando su camino para cumplirse. 

Los años siguieron cayendo como hojas de un viejo libro. 

Y aunque su vida transcurrió lejos de Jaca, cada regreso tenía algo de ritual secreto, como si una parte de sí mismo lo reclamara sin pronunciar su nombre. 

Bastaba elevar la mirada hacia la línea del horizonte,  para sentir que algo —no sabía qué— permanecía despierto. 

Aquella sensación, volvió en un encuentro de antiguos amigos. 

La comida transcurrió entre risas tranquilas y anécdotas deshiladas por el tiempo. 

Cuando la sobremesa empezó a diluirse en pequeños grupos, él se apartó unos pasos, buscando un respiro. 

Había en el ambiente una calma extraña, una quietud casi expectante. 

Entonces la vio. 

Ella caminaba con esa naturalidad discreta que no busca nada,  y aun así, lo transforma y lo ilumina todo. 

Había cambiado, claro, pero en su mirada persistía una luz suave, íntima, que él reconoció sin pensarlo: un brillo que pertenecía otro tiempo. 

Sus ojos se cruzaron apenas un instante. 

Bastó para que una vibración antigua, se encendiera en algún lugar que él creía dormido 

Hablaron poco, como si ambos temieran despertar un recuerdo demasiado frágil para nombrarlo. 

Él se acercó al ventanal y dejó que su mirada volara alta, hacia mi silueta; en su rostro se  dibujó  una sonrisa leve, enigmática, y cómplice, como quien agradece en silencio algo que empieza a cumplirse. 

Y entonces ocurrió.  

Mientras las conversaciones ajenas seguían como un murmullo lejano, ella se le acercó improvisando una ligera excusa, casi un roce, y rodeándole por detrás lo envolvió con sus brazos con la naturalidad y calidez de quien no necesita permiso. 

Fue un gesto acogedor, inesperado, que lo envolvió con la magia de una paz extraña, como si el tiempo diera un vuelco silencioso. 

El mundo no se detuvo. No hizo falta. 

Solo hubo un silencio pequeño, íntimo, que no compartió nadie más. 

Él no lo esperaba, aunque una parte de sí mismo, lo había deseado siempre. 

A partir de ese abrazo, algo comenzó a despertarse —no con estruendo-, sino con la delicadeza de un viento que apenas roza la piel y, sin saber por qué, lo reconoces. 

Un movimiento leve, profundo, imposible de contener. 

No necesitó explicaciones. 

Ninguno de los dos las necesitó. 

Y allá arriba —o quizá dentro de él— el susurro del viento pareció hacerse un poco más consciente, como si supiera que acababa de cumplirse algo que llevaba mucho tiempo dormido. 



Tras aquel día, la vida siguió como si nada, aunque algo silencioso había empezado a moverse. 

Los primeros mensajes llegaron despacio, casi con pudor, evocando rincones compartidos: senderos, brisas, luces y sonidos que ambos recordaban sin preguntarse por qué volvían. 

Cada recuerdo era un leve eco que me alcanzaba desde sus vidas, como un latido que regresa sin anunciarse. 

Luego las palabras se hicieron más cálidas; las risas, más fáciles; los silencios, más hondos.

Sin pretenderlo, volvieron a abrir una puerta que nunca terminó de cerrarse. 

Entre frases sencillas se deslizaba una corriente antigua, algo que ni buscaban ni se atrevían a nombrar. 

Él comprendió entonces que aquella promesa no fue solo un impulso de infancia, sino una semilla que yo había custodiado durante décadas, esperando la estación adecuada. 

Desde lo alto, los observaba con la calma de quien conoce impasible los ciclos del tiempo. 

Cuando la duda rozaba sus voces, dejaba caer un soplo de viento: apenas un impulso, pero suficiente para que surgiera otra frase, otro “¿recuerdas?”, otra grieta por donde asomaba la complicidad guardada. 

Entre palabra y palabra, sus almas se reconocían. 

No necesitaban decir nada. 

Lo que había dormido durante años, despertaba como despiertan las cosas inevitables: sin ruido, pero con luz. 

Mi magia no se anuncia. 

Se desliza. Habita los surcos del día, el roce tenue de una brisa, la sombra que pasa sin dejar nombre. 

Desde mis laderas guardo historias que duermen durante años, a veces durante vidas enteras, esperando un gesto imperceptible que las despierte. 

Las promesas verdaderas no desaparecen: descienden a un lugar donde el tiempo no alcanza. 

Allí reposan, silenciosas, hasta que algo —una mirada, un abrazo, una palabra suspendida— las llama de vuelta. 

Y cuando llega ese instante, soplo. 

Muy despacio. 

Lo justo para abrir la puerta de lo que estaba dormido. 

Después, la vida se encarga. 

Dos almas que se rozaron en la infancia, regresan la una a la otra, no para recuperar lo perdido, sino para despertar lo que nunca dejó de latir. 

Y así, sin disonancias, lo inevitable toma forma. 

Porque hay historias que no terminan: se desvanecen en mis laderas y aguardan el momento exacto para volver a respirar. 

Y si alguna vez pasas por Jaca, mira hacia arriba cuando baje la tarde. 


Tal vez me encuentres susurrando, como ahora, y si te quedas a escuchar con el corazón abierto, puede que Oroel te cuente también la tuya 





                                        “Leyendas de Oroel”                                              
 


              Jorge de Aragón  

           Recuerdos de Jaca 
                                                                                                                            

lunes, 22 de junio de 2026

JACA: La playa del Rio Aragón

   

 


La playa del Rio Aragón


Aquellos veranos en la playa del río Aragón

Hoy, mientras veo jugar a mis nietos en una piscina hinchable, un recuerdo se abre paso sin pedir permiso.

 Me lleva a los veranos de mi infancia en Jaca, a una playa sin mar, a las aguas frías y claras del río Aragón, y a mis padres enseñándonos a amar una tierra que nunca se olvida.

Hoy, muchos años después

Hoy, cincuenta y pico años después, en un pequeño pueblo de Tarragona donde resido, hojeo distraídamente un libro, mientras observo a mis nietos bañarse y juguetear en la piscina hinchable instalada en el pequeño jardín de mi casa.

 Sus risas, los chapoteos y esa alegría despreocupada propia de la infancia consiguen que, por unos instantes, el compartimento estanco de mi memoria —donde duermen tantos recuerdos— se abra sin previo aviso.

 Y de pronto rescata una época muy lejana, casi olvidada: la de mi infancia y aquellos veraneos en el río Aragón, en Jaca, con mis padres y mis hermanos.

 Julios y agostos de los años sesenta

Calor.

El sonido persistente y chillón de cigarras y grillos mezclándose en el aire.                                      

Los veranos de Jaca solían ser —y creo que lo siguen siendo— bastante cálidos, pero de un calor seco y soportable. Muy distinto de ese otro calor estival, húmedo y pegajoso, del litoral mediterráneo, al que nunca he terminado de acostumbrarme y que llevo años soportando desde que me fui de Jaca.

 La promesa de una playa especial

Recuerdo bastante bien, la primera vez que fuimos a bañarnos a “la playa” de Jaca.

 Papá nos había hablado muchas veces de ella. Decía que en verano nos llevaría a una playa especial, rodeada de montañas, prados de hierba y árboles, con aguas cristalinas y frescas.

 Una playa que no existía en ningún otro lugar.

Solo allí.

 A las siete y un minuto

Un sábado de julio de aquel verano, papá nos anunció que al día siguiente nos despertaría a las siete de la mañana para preparar, con tiempo, todos los trastos necesarios para pasar el día en la “playa”.

 A las siete y un minuto en punto, y al toque de diana de papá, saltamos como gatos de las literas al suelo para coger turno para el lavabo.

 Siendo tantos hermanos, (SIETE),  había que espabilarse para no ser el último; a veces incluso entrábamos al WC de dos en dos.

 Las tareas eran inmediatas: asearse, peinarse, colocarse el bañador.

Después, en fila hacia el comedor-cocina para un desayuno rápido y frugal.

 Mamá llevaba ya una hora en pie y lo tenía todo bajo control.

 

Un desayuno de otros tiempos

Una taza de café de puchero y una tostada de pan untada con aceite para cada uno.

Puedo decir, con cierta satisfacción, que aquel era el desayuno más rico que se podía tomar entonces. Eran otros tiempos —como solía decir papá mirando hacia atrás—:

 “Éramos muy pobres, sí, pero muy felices.”

 Y qué bueno estaba todo, Dios mío.

 Cestos, bártulos y camino al río

En la puerta de casa aguardaban apilados los cestos de mimbre y alguna mochila con la comida preparada por mamá, agua y todo lo necesario para sobrevivir en la “playa” durante el día entero.

 No podía faltar nada: gorras, flotadores, la colchoneta hinchable para navegar…

 Era la primera vez que íbamos. Mis hermanos y yo estábamos fascinados e ilusionados con aquella aventura.

 Hasta entonces, nuestros únicos chapuzones habían sido en el canal que pasaba junto a las casas militares. Y claro, si Jaca no tenía mar… ¿a qué playa nos llevaban papá y mamá?


"La familia Ulises"

Papá y mamá se repartieron los cestos más voluminosos.

Mis hermanos y yo cargábamos con el resto de bártulos.


Caminamos hacia el paseo, lo cruzamos y tomamos una pista forestal, en descenso hacia Asieso.

 Éramos un tropel, avanzando en masa. Imagino a quienes nos veían pasar,  preguntándose acaso, si no nos habíamos escapado de algún cuento, como aquella divertida familia "Ulises del TBO".

 

En Jaca apenas había coches por entonces. Quizá media docena. Grandes, negros y muy cuadrados. 

Desde luego, disponer de uno era un lujo impensable.


El primer encuentro con el río Aragón

Al final de la cuesta, en un recodo, apareció de pronto un puente.

 Y a sus pies, el enorme río Aragón.

 Mis hermanos y yo quedamos sobrecogidos. Nunca habíamos visto un río tan grande de cerca. La realidad superó cualquier idea que nos hubiéramos hecho.

 La corriente, en aquella época del año, era mansa y serena.

A la derecha, la presa retenía el agua y rugía suavemente, acompasando el murmullo del paisaje.


"La playa de Jaca"

—Aquí está la playa —dijo papá—.

Esta es la playa especial de la que os hablé.

 Fuimos bajando por el sendero escarpado que serpenteaba junto al río, entre maleza y zarzamoras, hasta llegar a un prado de hierba rodeado de árboles y flores silvestres, cerca de un viejo molino.

 Allí, el río formaba una badina de aguas frías, claras y tranquilas, perfecta para nadar.

 Otras familias, vecinos de las casas militares, ya estaban allí. Habían quedado con papá y mamá para pasar el día juntos.

 Aprendiendo a nadar sin saber nadar

Una vez instalados, nos lanzamos al agua sin pensarlo.  Ninguno sabíamos nadar.




Con aquellos flotadores arcaicos ajustados al pecho, desafiamos una y otra vez las frías aguas del Aragón.

 Papá y mamá nos observaban sonriendo. Papá no tardó en unirse a nuestras travesuras: era el primero en tirarse, nadar y darnos los primeros consejos. 




Por turnos, nos subíamos a la única colchoneta hinchable y nos dejábamos llevar por la suave corriente, remando con las manos.

Con los ojos fijos en la superficie, intentábamos distinguir bajo el agua las siluetas de las truchas acompañándonos en la travesía.

 



El sabor irrepetible del verano

Entre baños, juegos y búsquedas de madrillas y renacuajos, las horas pasaron volando.

 El rugido inequívoco del estómago nos avisó de que era la hora de comer.

Papá llamó y nos reunimos en la pradera, sentados en improvisadas sillas de piedra.

Mamá había preparado una ensaladilla de tomate con atún y un bocadillo de tortilla de patatas cocinado la noche anterior.

 Estaba de miedo.

 Nunca supe —ni aún sé— por qué aquellas ensaladillas y aquellos bocadillos, comidos en el campo, sabían infinitamente mejor que en casa, teniendo los mismos ingredientes.

 Todavía hoy sigo viendo, oliendo y saboreando aquellas comidas campestres de los domingos de verano junto al río.


La digestión, los juegos y las cartas

Después venían las horas de digestión. Tres si habías comido tomate. Dos si no.

Nunca entendí esa regla, y papá tampoco se molestó en explicarla: ¡era así,  y punto!.

 Mientras tanto, buscábamos renacuajos, o mirábamos como jugaban los mayores al remigio o al guiñote.

 Así aprendí yo a jugar. Me fijé tanto,  aprendí tan rápido, e insití aún más, que acabaron dejándome jugar "una partida".

 Una hora después,  los había dejado a todos pelados. Dijeron que fue suerte. Yo también lo he creído siempre…

 Aunque hoy mi nieto Albert, con seis años, también me gana al dominó, al parchís y a la oca.

¿Me pregunto si también será solo suerte?.

 

El último baño y la vuelta a casa

El día terminaba con el último baño, cuando el sol empezaba a filtrarse entre las copas de los árboles.

 


Recogíamos los bártulos y emprendíamos el regreso, cruzando el puente y subiendo el sendero hasta la carretera.

La vuelta se hacía tranquila, comentando las peripecias del día, mientras el sol se despedía en tonos rojizos, dibujando mil colores en el cielo jaqués.

 



Lo que mi padre quiso enseñarnos

Por la noche, papá nos preguntó:

 —¿Os ha gustado la playa?

 —¡Claro! —respondimos al unísono.

 Entonces nos dijo que, aunque no fuera una playa de mar como las de las postales, sí éramos unos privilegiados, por bañarnos en aquellas aguas claras  y cristalinas que nacían en el corazón de los Pirineos.

 

Que siempre las recordaríamos, estuviéramos donde estuviésemos.

Su mirada decía más que sus palabras.

 Fue siempre un enamorado de Jaca, de sus montañas, de la Escuela Militar de Montaña, de Candanchú, de Ordesa, del esquí y de toda la naturaleza que se respira en ese entorno único .

 Y, sobre todo, fue un gran padre que nos inculcó ese amor y respeto por esos valores, que nos han acompañado toda la vida.

 Gracias

Hoy, al escribir uno de mis recuerdos más entrañables,  desde lo más íntimo de mi corazón y de mi memoria, solo puedo decir a mis padres: muchas gracias.

 Gracias por compartir con nosotros ese sentimiento tan vuestro.

Gracias por dejarnos en herencia esa forma de amar esta tierra.

 El río Aragón, sus aguas claras, su murmullo constante, los prados verdes y los árboles que nos cobijaron siguen conversando, a vuestro lado, en silenciosa complicidad, de todos los momentos felices compartidos juntos.

 Un beso, papá.

 Un beso, mamá.

 Gracias por aquellos inolvidables veranos en la playa de Jaca, disfrutados a vuestro lado.


 Jorge de Aragón 

Recuerdos de Jaca 

martes, 26 de mayo de 2026

Buscándote en Jaca

 

Buscándote en Jaca... 
Tras tus pasos.



Quiero añadir esta historia a mi blog de recuerdos de Jaca;  algo que creo digno y justo  de incluir y relatar tal y como sucedió por ser una historia bonita sencilla y real.

Es increíble  lo que se puede lograr con el entusiasmo de una amistad sincera noble  y absoluta cuando es compartida incondicionalmente y se llega a alcanzar  gradualmente, la complicidad total…

¿Es posible  amar, enamorarse,  o sentir algo sorprendentemente mágico y especial por un lugar, por un  paraje, o por unas tierras o una comarca extraña para ti,  sin haber estado jamás  allí?..¿Sin conocerlo?… ¿sin ni siquiera haber sido tu cuna de nacimiento ni tener vínculo alguno,  y además estar situada a cientos de kilómetros de dónde vives? 


Y más sorprendente aun, ese cariño que poco a poco ha ido creciendo y fortaleciéndose   y ese afecto tan especial...   ¿tan  solo por lo que te han contado,  y has escuchado hablar de ese lugar en largas charlas vespertinas?... ¿es posible?

La respuesta coherente seria obviamente que no; y aunque en este relato me aparto un poco de mis experiencias jacetanas y no narro una de mis aventuras,  ni es uno de mis recuerdos de Jaca, si guarda relación con ellas, toda vez que la persona que protagoniza este  “post”,  -buena amiga y mejor persona-,  con la que he compartido horas y horas en la  distancia,  hablando de muchas cosas en común, pero en especial de Jaca y de Aragón).


 Las conversaciones derivaban siempre hacia mi vida en Jaca... 

Mis recuerdos, mis episodios en la Peña Oroel, las aventuras en el río Aragón, mi vida en el instituto, mis correrías por Ordesa y en general de toda mi niñez en  plena naturaleza de aquellos tiempos; Sin pretenderlo, le transmití tanto apego y cariño por mi tierra, su naturaleza, sus gentes y su filosofía, que sin saber ni entender la razón,  se quedó hechizada y atraída inexorablemente por esa tierra de la que nunca había oído hablar antes.

Pues bien, un buen día de verano me  sorprendió;   sin decirme nada, se embarcó en una aventura kilométrica;  se subió a varios trenes y autobuses  para  realizar un largo viaje, desde el mismísimo corazón de Francia, pasando por Barcelona y Zaragoza hasta Jaca  -como su único objetivo-, con la única y precisa  ilusión  tan solo,  de hacer realidad, -durante unas cortas horas- esos sueños e ilusiones que poco a poco, fueron creciendo y anidado en su corazón después de escuchar y compartir mis recuerdos

No sabia hasta que punto esos sueños  que tantas veces  habíamos compartido los “vivía” tan intensamente como  para realizar  lo que  ella designó como  un “viaje en el tiempo”, desde mi  presente actual  a mi  pasado,  “buscándome” en todos esos sitios,     que yo le había descrito y narrado,   pasando por los lugares mas emblemáticos   y sitios  por los que yo había estado  o  vivido cuando era un niño décadas atrás..




Quiso después  regalarme este  relato, escrito por ella misma (como una crónica),  tal y como  percibió  las sensaciones y emociones de cada momento de su experiencia y lo tituló  
"tras “mis pasos”…

Este fué su relato,  que yo considero también parte de uno de mis momentos mas especiales dentro de mis recuerdos y de un valor añadido por ser algo infrecuente como he manifestado al principio de este post y como mi homenaje particular y especial para tan singular persona y mejor amiga.

Las fotos  de este relato  fueron tomadas por ella en su fugaz recorrido 

                                                           
Esta es su -crónica-relato- de su viaje "relámpago"  a Jaca y de sus impresiones personales:

 Julio 2008

--Seguro que con tu imaginación "marciana"  has supuesto que voy a recorrer y conocer  tus tierras y gozar de sus montañas, de sus ríos  y de sus paisajes pero……¡no!, --no será eso,  que es lo que deseo desde hace tiempo, pero te prometo que será « algo »

En este momento, voy dirección a Zaragoza,  sóla y en un autobús de línea. Salí esta mañana de casa dirección Barcelona y es justamente durante ese trayecto, que he leído  tu relato « Ordesa una gran aventura »; una vez más, me he metido en tu piel y de ahí ese deseo de darte un fuerte abrazo y mi SMS para ti.

Voy a la Expo2008 y con el ordenador de mi cabecita, los deseos de mi corazón y los poderes  mágicos que aporta mi  imaginación   pues…… ¡¡salió el plan!!


¡¡Un  día a Jaca!! -
Puedes imaginar que a pie no haré gran cosa, pero aun así lo deseo desde hace mucho,  y espero un día de esta semana poder oler y ver tu tierra a la que he adoptado con mi corazón porque tú, y tus recuerdos me habéis  contagiado tu pasión por ella.
Quiero ver "tu casa" y « verte » a ti cruzar esa puerta...
Quiero ver el instituto al que ibas,  y verte en el patio del mismo,   lo que hoy es un parking,  como jugabas al balón e imaginar como charlabas y compartías   con tus amigos.



Quiero ver el puente de San Miguel, la calle Mayor, la Ciudadela y sobre todo la peña OROEL. ¿Cuantas veces habrás mirado hacia esa peña y cuantas veces habrás soñado desde lejos volverla a ver?

No será la aventura a Ordesa pero si mi  "aventura a Jaca".





La Estación de  las Delicias en Zaragoza es impresionante de grande, aquí una se pierde pero bueno, hablando, leyendo las indicaciones y con tiempo por delante, no hay problema.

A pesar de tener ya los horarios con bastante antelación, el problema surge cuando a cada conexión de  Internet los horarios cambian.

Veo la taquilla de la compañía que me llevara al destino tan deseado y el horario es el que tenía más tardío, es decir a las 11,30.                                                                                                   


 
Con mi billete en la mano me instalo en la sala de espera muy fresquita por cierto y escribo en mi « carnet de ruta »

Más de dos horas para recorrer 148 kilómetros, es decir unas cinco horas en total para poder ver, oler,  sentir y saborear  tu tierra .








A veces me pregunto si mis deseos de viajar aquí  hubiesen sido los mismos de ser otra persona diferente a ti,  quien me hubiese hablado de ese pedazo de Aragón, y francamente siempre saco la misma conclusión y es que NO;  el interés no hubiese sido el mismo.

 Tú me has transmitido con tus palabras tu pasión,  y el cariño tan grande que te tengo,  hace que desee conocerte y comprenderte mejor para compartir tu sueños, y eso espero encontrarlo en los rincones de tu pasado.


Falta un ratito para la salida voy a ver por donde esta ese autobús.

Voy camino de realizar un pedacito de mi sueño, estoy impaciente, mi corazón late rápido y solo tú puedes entender lo que siento.

 Mi familia con la que estoy en Zaragoza no puede comprender mi capricho; (son sus palabras) de este viajecito, han intentado disuadirme por todos los medios, pero ya ves que sin éxito. 
« ¿Cómo es posible venir tan pocos días en un viaje tan largo y pesado(14/16 horas)en autobús y tener aun ganas de pasarte un montón de horas más para una visita relámpago a Jaca ?.¿ Pero que crees que vas a ver en Jaca ?» 

-Ya pueden hablar, mi decisión estaba tomada y no han logrado cambiarla.


Tú y yo no nos veremos nunca, pero esta  es mi forma personal  de estar con mi amigo, de estar  cerca de ti y de sentir esa amistad tan especial que hemos sembrado y que nos ha unido. 

Nuestros destinos y la distancia no han permitido que nos conozcamos físicamente pero nuestros corazones y sueños caminan de la mano... compartimos muchas ideas y pasiones y algunas se pueden cumplir..conocer esta parte alto aragonesa, es uno de esos sueños.

--Cuando dejas salir al marciano que hay en ti,  y como cuando pones todo tu sentimiento  y pasión cuando describes y hablas de tu tierra, me digo que nuestra relación es especialmente diferente, mágica y mi deseo es que siempre estemos en la misma onda, y que nada lo rompa, creo que tú también piensas igual. 

--Parada en Huesca, un montón de gente agrupada espera para subir al autobús, yo los miro y dejo vagabundear mi imaginación…….Aquel hombre parece de la edad de Jorge, ¿será algún conocido de él ?..¡¡¡huyyyyyyy!!!  -aquel tiene cara de militar -(no conozco a ninguno... jajajaja...)


¿Será su amigo Vicente, el mejor amigo que tuvo en su infancia,  el hermano de María ?……..aquella mujer podría ser Mari...y así -divagando-  imagino una y otra historia relacionadas con tus narraciones de Ordesa..

Veo Huesca de paso y por un momento pienso que tú también viviste aquí, pero no llego a recordar si fue antes o después de Jaca.

Solo veo la parte nueva e impersonal, sin alma, muchos paneles de abejas y mucho campo desierto . La carretera circunvala y bordea la ciudad sin apenas poder apreciarla poniendo rápido rumbo hacia las montañas que veo al norte.

El paisaje ha cambiado totalmente , subimos un puerto, creo que se llama  “Monrepos”  hay varias curvas y después unos túneles, empiezo a notar la presión de la altura en mis oídos. 
La carretera está entre montañas de poca altura pero ya con vegetación diferente. Abetos o de esta familia, flores amarillas pequeñas como bolitas en gran cantidad. 

Nada más cambiar el paisaje he visto a pocos metros una ave rapaz volar majestuosamente ¿sería un quebrantahuesos? De esos de los que me hablabas de Ordesa?


Llego a Jaca y bajo del autobús... recojo mi cámara y rápidamente comienzo a vagabundear por Jaca; no conozco nada y me dejo llevar por intuición.

 Hago fotos a edificios que me parecen interesantes, comienzo a pensar que todo esto  fué tu "casa" que  lo debes conocer como tu palma de la mano,  que lo has recorrido miles de veces y cuando veas mi reportaje fotográfico te identificaras con casi todo y me explicaras que son cada uno de ellos.

Entro en un paseo muy grande lleno de jardines  enormes y frondosos  árboles, también paso al lado de un kiosco de música que he visto en algunas fotos que tú me enviaste, y sin buscarlo me doy de bruces con las casas militares, saco fotos y miro y reconozco el balcón de tu casa desde el que veías esas tormentas tan formidables...(me lo has explicado tantas veces).

Ahora hay casas y edificios de apartamentos en todo alrededor, y ya no está el canal,  pero cierro por un momento los ojos e imagino  perfectamente como sería el paisaje entonces, por cómo me lo  describías.


Después de ver tu casa y oírte (conversación con el móvil) siento que la emoción me desborda y me siento por unos breves momentos en el jardín del kiosco de música mientras  un nudo en la garganta hace que unas lágrimas de emoción desborden  mis mejillas...

Es increíble estar en el mismo sitio, casi sin cambios, en e que tú estuviste tantos años atrás  y que lo reconozca perfectamente por tus explicaciones en nuestras charlas informales... si cerrara los ojos, casi podría ver los músicos que tocaban alguno de los domingos  de las fiestas patronales..

En tus maravillosos años aquí, no estuve contigo, desconocíamos la existencia el uno del otro, pero el caminar ahora sobre tus pasos, me hace sentir bien y compartir más y mejor aún, lo que sientes por esta tierra. Es un orgullo sentirlo y te comprendo muy bien. 

Paseo por la calle Mayor… hace mucho calor, son las horas centrales de un día de julio y está desierta a estas horas; El Ayuntamiento me llama mucho la atención y entro dentro del recinto; curioseo un poquito y veo una enorme campana a la que fotografío también (seguro que tú conoces su historia, ¿a qué si?)


Sigo callejeando y sacando fotos para comentarlas contigo cuando te las envíe, me hará mucha ilusión que me hables de cada una de ellas, yo lo estoy haciendo con todo mi cariño y casi “viéndote” en cada una de ellas (imaginándolo, mejor dicho), serán un pequeño tesoro que me llevaré conmigo y recordaré siempre de esta visita inesperada,  increíble y original .






Me has preguntado por Ordesa…-qué más quisiera yo que poder hablarte de ella-, pero espero encontrar un día otra oportunidad como la de hoy para poder seguir «  tu ruta « más allá de esta preciosa ciudad.

Han sido sólo horas, muy poco tiempo pero muy intenso y lleno de emoción. Ni siquiera he podido visitar el interior de la Ciudadela porque abría muy tarde,¡¡ pero qué importa!! ¡¡Lo conseguí!! Conseguí ver un pedacito de lo que llevas en tu corazón.

Oroel………..Oroel………tanto tiempo nombrándola y viéndola en la pequeña pantalla de mi ordenador, y hoy estaba ahí, imponente ante mí…¿Cuántos secretos guardará de ti y como me gustaría que pudiera hablar para contármelos?



Todo ha pasado muy rápido… No sé cuántas fotos he tirado; he fotografiado todo lo que se ha puesto por delante para llevármelo conmigo y así tener  atrapado en mi cámara a “tu querida Jaca”, que me ha seducido incondicionalmente y   a la que sin remisión he adoptado también para siempre en mi corazón.. 
Ahora puedo decir que soy también jacetana de adopción.

Me voy de Aragón, me voy de España y siento una infinita tristeza. ¿Para qué soñar? ¿Para qué sirve imaginar? Quizá la sabiduría seria buscar en la realidad la felicidad, posiblemente por el camino del conformismo, no sé, la verdad no lo sé.

 Cuando sueñas y deseas cosas que sabes que jamás se realizaran,  es duro seguir soñando despierto. 


Sabiduría….madurez, es un camino con tropiezos, decepciones, dudas y caídas.

 Mientras haya fuerza para levantarse y mirar donde hay luz (creo que todos tenemos pero no siempre la vemos) es la esperanza a la sonrisa. 

Buscar la paz y la felicidad en uno mismo es algo que me parece muy difícil pero que puede que se aprenda,  aunque eso es egoísmo, ¿no?  

Esto es pura filosofía,  y sale del tema de este escrito destinado a ti.



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El viaje llega a su fin y con él este escrito para ti.

Ha sido una estancia muy corta y muy cansada,  debido a tantísimas horas en autobús y al calor, pero he pasado unos días con momentos muy gratos e intensos y me llevo conmigo muchos recuerdos que serán energía para “tirar p´a  lante”.

Zaragoza, una ciudad en la que me siento bien, buenos momentos con los familiares y con mi entrañable y viejo amigo, la EXPO y sobre todo algo que deseaba desde hacía tanto tiempo, el visitar tu pasado que aunque fue  cortísimo estuvo cargado de mucha emoción. Al menos de alguna manera me sentí muy cerca de ti.

Mi querido amigo, no olvides nunca al marciano que hay en ti que es excepcional, y aunque la vida, la rutina, las obligaciones, la realidad de cada día te alejen de él, que sea solo temporal, porque si no,  perderías  ese poder que tienes de transmitir tan bien tus sentimientos y pasiones que conservas en tu corazón  por tu tierra.

Quisiera poder darte ahora mismo un abrazo largo, fuerte, muy fuerte y a través de él mostrarte y hacerte sentir cuanto te aprecio mi querido amigo.

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Mi abrazo fuerte y cálido también para ti, mi querida amiga.. estuviste poco tiempo en Jaca, pero te llevaste contigo un "cachito" de mi historia y de esa magia de Jaca,  y eso siempre será algo que compartiremos y que nos unirá  todavía un poquito más, porque esa magia  "atrapa", "enamora", "seduce" y "embruja"  para siempre,  a todo el que la pisa y compartirla contigo es todo un privilegio.


Jorge de Aragón
Recuerdos de Jaca