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domingo, 3 de mayo de 2026

ODISEA EN ORDESA



                                          ODISEA  EN  ORDESA





 El Valle de Ordesa no empieza cuando pones el primer pie en el sendero. Empieza mucho antes, en algo difícil de explicar: una mezcla de inquietud, expectativa y una sensación extraña de que ese lugar tiene algo guardado para ti.

Había leído sobre rutas, desniveles y paisajes del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido. Sabía que estaba en pleno corazón de los Pirineos, que era uno de los entornos más espectaculares de España. Pero nada de eso te prepara para lo que realmente ocurre cuando te adentras en él.

Porque llega un momento en el que la caminata deja de ser solo senderismo.

El esfuerzo empieza a pesar, el silencio se vuelve más profundo, y sin darte cuenta, algo dentro de ti también empieza a moverse. Recuerdos, pensamientos, incluso viejas conversaciones que creías olvidadas… todo aparece mientras avanzas entre montañas que parecen observarte.

Aquella ruta por Ordesa no fue solo una excursión.

Fue una especie de odisea.

Una en la que no solo había que avanzar entre piedras, desniveles y cansancio, sino también atravesar todo lo que uno lleva dentro.

Y eso… no venía en ningún mapa.


                                         



 

                   Capítulo 1 — El inicio de una aventura

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Una idea que no debía haber pasado de ser un sueño.

No recuerdo con exactitud cómo, ni de quién partió aquella descabellada idea.

Al principio no fue más que una fantasía, una de tantas que surgen y se desvanecen sin dejar rastro.

 Pero, poco a poco, como por arte de magia y empujada por la más pura imaginación juvenil, fue tomando cuerpo hasta convertirse en algo tangible, casi inevitable… algo realmente pintoresco y, visto con perspectiva, bastante temerario.

No sabría explicarlo de otra manera: acabamos haciendo realidad aquella ingenua excursión-aventura con un grupo de improvisados y osados novatos, en un paraje natural de alta montaña, santuario de vida salvaje, amplio, exigente, a ratos peligroso, y dotado de una belleza tan desbordante como indómita.

Aquel lugar tenía nombre propio.

Ordesa.

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El escenario: un mundo aparte

Situado en pleno corazón del Pirineo aragonés, entre valles profundos y cumbres que superan con holgura los tres mil metros —el gran macizo de las Tres Sorores, Monte Perdido, Posets, la Maladeta con el Pico Aneto, el más alto de la cordillera—, se abre, majestuoso, el cañón del antiguo glaciar de Ordesa.

 Un mundo en sí mismo.

Entre nieves eternas y glaciares persistentes, entre frondosos bosques de hayas, robles, abetos, abedules y pinos, coronados por crestas rocosas y peladas serraladas, se extiende ese valle arqueado que parece suspendido en el tiempo.

Un santuario de naturaleza en estado puro. Un lugar que, sin saberlo todavía, nos iba a poner a prueba.

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Los protagonistas de la locura

Los “novatos” en cuestión éramos seis.

Cinco de nosotros formábamos parte del equipo de fútbol “Modestic”.

 El sexto, Germán, se incorporó a la expedición en el último momento, amigo de estudios de Martín, aunque no recuerdo muy bien cómo ni por qué acabó sumándose a la aventura.

Su aspecto no pasaba desapercibido. De complexión atlética pero aparentemente frágil, y con una piel extraordinariamente blanca, contrastaba con nuestros cuerpos curtidos por el sol. Aquello despertó, aunque nadie lo dijera en voz alta, alguna duda razonable:

¿aguantaría el ritmo de lo que pretendíamos hacer?

Martín, Ramón, Tony, Germán, mi hermano Pablo … y yo, (Jorge)

Todos rondábamos los quince años, menos yo, que era algo mayor que ellos.

Era finales de agosto. Plenas vacaciones de verano. Y además, el parón entre temporadas futbolísticas.

El contexto perfecto para una idea que, en condiciones normales, nunca habría pasado del terreno de la imaginación.

Pero pasó.

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Una excursión “como quien va a dar un paseo”

Nos “inventamos” una excursión al Pirineo aragonés como si se tratase de ir a dar un paseo a la fuente de Canaletas, en Barcelona.

Así, sin más.

Con mochilas, eso sí. Y con algunos alicientes añadidos para darle un aire más real a la empresa. Pero en el fondo, con la misma inconsciencia.

Desde el momento en que surgió la idea, todos quedamos atrapados por ella.

Enganchados.

Ensimismados.

Era como si hubiésemos abierto una puerta y ya no supiéramos —ni quisiéramos— cerrarla.

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La Conspiración de la buhardilla: donde nacen las aventuras

Durante los días previos a la partida, organizábamos reuniones en una vieja buhardilla situada en la terraza de uno de nuestros bloques de pisos.

Era un lugar destartalado, sí, pero también sorprendentemente acogedor.

Allí, entre risas, discusiones, camaradería y enormes dosis de imaginación, fuimos dando forma a todo aquello que, sin darnos cuenta, se convertiría en nuestra primera gran aventura.

Sobre aquel improvisado cuartel general nacieron ideas, proyectos e ilusiones.

Se hablaba de recorridos, de paradas, de pueblos, de regiones… y, por supuesto, de campings donde, en teoría, deberíamos hacer noche.

Digo “en teoría” porque, en la total osadía en la que estábamos inmersos, ignorábamos por completo lo que era y representaba Ordesa como parque natural.

 Un espacio protegido, con restricciones claras, donde acampar estaba prohibido y donde, además, existían riesgos evidentes que ni valorábamos… ni queríamos valorar.

No entonces.

Ni probablemente después.

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Una época distinta

La época en la que transcurre esta historia —finales de agosto, principios de septiembre de 1972— aún conservaba algo difícil de explicar hoy.

Ordesa seguía siendo, en gran medida, una región casi virgen.

No estaba masificada.

No era un destino al alcance de cualquiera.

Solo los más experimentados —boyscouts curtidos, excursionistas de largo recorrido— se atrevían a internarse durante días en aquellos senderos boscosos, perdiéndose entre hayas gigantes, montañas imponentes y ríos que descendían bravos entre gargantas profundas.

Aquello no era un parque.

Era otra cosa.

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La logística (o lo que nosotros creíamos que lo era)

Carlos Benítez, uno de los más serios cuando la situación lo requería, fue uno de los grandes impulsores de la idea.

Paradójicamente, no pudo participar en la expedición.

Pero gran parte de la organización recayó en él.

Durante los días previos, entre todos, fuimos dando forma a lo que considerábamos un plan logístico digno de tal empresa.

Carlos, Pablo y Tony se encargaron de confeccionar las listas de material.

Y ahí empezó todo.

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El equipo

La tienda de campaña fue alquilada.

Recuerdo perfectamente su aspecto: descolorida, bastante usada, con algún que otro remiendo… una tienda de cinco plazas que, en condiciones normales, habría generado más de una queja.

Pero no en nosotros.

A nosotros nos parecía perfecta.

Sugestiva.

Casi épica.

La ilusión era muy superior a cualquier posible reproche.

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El “arsenal”

Las mochilas comenzaron a aparecer como por encantamiento.

Botas heredadas de hermanos que habían terminado la mili.

Calcetines de lana.

Pañuelos montañeros.

Jerséis de invierno.

Cinturones.

Mantas sacadas de los más profundos y olvidados baúles.

Todo acabó amontonado en la buhardilla.

A eso se sumaron hornillos de gas, bombonas, cacerolas, paquetes de arroz, fideos, macarrones, sopas de sobre… junto a tubos de leche condensada, tomate, sobrasada y foie-gras.

Aquella era nuestra intendencia.

Nuestro “avituallamiento”.

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Entre la aventura y el juego

También había espacio para lo que considerábamos imprescindible:

Linternas.

Farolillos de gas.

Gafas de sol.

Mapas.

Cuerdas.

Un martillo.

Clavos.

Y, cómo no, alguna pelota.

Porque, aunque no lo supiéramos del todo, aquello seguía siendo una mezcla entre aventura… y juego.

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El plan de ruta

Mientras tanto, Martín, Ramón y yo nos encargábamos de revisar el recorrido en unos mapas antiguos y bastante rudimentarios que habíamos conseguido.

Ahí es donde, en cierto modo, todo tomaba una apariencia más seria.

Para mí, además, aquello tenía un significado especial.

Era como retroceder en el tiempo, conectar con mis raíces altoaragonesas, aún muy presentes en mi memoria.

El itinerario previsto era el siguiente:

Primero, tren hasta Zaragoza.

Después, enlace hacia Huesca, Jaca y Sabiñánigo.

Finalmente, llegada a Torla, atravesando la sierra pre pirenaica y el puerto de Cotefablo.

Todo en etapas de varios días.

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El primer objetivo

El primer punto clave era Jaca.

Allí debíamos empezar a tomar contacto real con la montaña.

En nuestros mapas aparecía señalado un camping con nombre propio:

“Victoria”.

Un lugar cargado de recuerdos para mí.

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Más allá de Jaca: la improvisación

Dos días después, el plan era continuar hacia Sabiñánigo y, desde allí, llegar a Torla en autobús.

Ese era el punto crucial de la aventura.

La antesala de Ordesa.

Y, a partir de ahí… nada.

No había plan.

No había estrategia.

No había experiencia.

Solo intuición.

Y muchas ganas.

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La gran incógnita

Una vez en Torla, actuaríamos “en consecuencia”.

Así lo habíamos decidido.

Es decir: improvisar.

Sobre la marcha.

Sin saber realmente qué haríamos.

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El regreso (teórico)

El regreso estaba previsto por el mismo camino.

Lo lógico.

Lo sencillo.

Pero la vida, como pronto comprobaríamos, no entiende de planes perfectos.

Y menos aún cuando los hacen seis chavales sin experiencia en plena montaña.

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Lo que no sabíamos

No éramos conscientes de dónde nos metíamos.

No sabíamos de qué era capaz la naturaleza en esas latitudes.

Éramos, en esencia, lo más frágil que puede ser un ser humano frente a la montaña:

confiados, ingenuos… y completamente inexpertos.

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Mi única “experiencia”

Si había algo que pudiera parecer experiencia, era lo que yo aportaba.

Pero ni siquiera lo era realmente.

Eran recuerdos.

Historias escuchadas.

Relatos de mi padre y de mi hermano mayor, hablando de sus marchas y acampadas con la Escuela Militar de Montaña.

Tormentas brutales.

Truenos retumbando en todo el valle.

Tiendas de campaña resistiendo el temporal.

Café caliente mientras el cielo descargaba con violencia.

Yo los escuchaba embobado.

Y lo vivía como si fuera mío y estuviera dentro del relato.

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El niño que imaginaba héroes

En mi imaginación, todo cobraba vida.

Me veía atravesando bosques, cabalgando entre tormentas, rescatando a compañeros en peligro.

Era una mezcla imposible entre el Guerrero del Antifaz, el Capitán Trueno, el Jabato… incluso Superman.

Aquellos eran mis héroes.

Y, sin saberlo, también eran el combustible de esta aventura


 Capítulo 2 — RUMBO A LA ESTACIÓN (Y PRIMEROS CONTRATIEMPOS)

Llegó el momento de partir.

No recuerdo qué día de la semana era, pero sí la hora: las ocho de la tarde de un tórrido y húmedo final de agosto.

 Hasta entonces, mochilas, tienda, comida y todo tipo de enseres habían permanecido amontonados en la vieja buhardilla, como si aquello fuera un cuartel general improvisado.

Esa misma mañana habíamos repartido el material: tienda, comida, utensilios… intentando equilibrar cargas.

 Aun así, cada mochila rondaba fácilmente los treinta kilos. En eso y en conseguir los billetes de tren se nos fue medio día, entre nervios, risas y últimos ajustes.

Después de comer, comenzamos a bajar todo al portal.

 Al verlo junto, apilado, nos quedamos en silencio unos segundos. Aquello no parecía una excursión… parecía una expedición al África profunda. Cualquiera que lo hubiese visto habría pensado que necesitábamos porteadores.

Pero claro… las ganas podían con todo.

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                    Cinco kilómetros de bautismo

Decidimos, como prueba inicial —y también como gesto casi simbólico— hacer andando el trayecto hasta la Estación de Francia, cargados con todo el equipo. Unos cuatro o cinco kilómetros.

 Las despedidas fueron rápidas, pero intensas. Vecinos asomados a las ventanas, amigos riéndose de nuestras pintas, comentarios, bromas… y entre todo eso, la mirada de Carlos mezcla de tristeza y sana envidia, por no poder venir.

Nuestra indumentaria no pasaba desapercibida: vaqueros, camisas oscuras ajustadas, botas militares y sombreros tejanos.

 Más que excursionistas, parecíamos sacados de una película del oeste. Algo entre pioneros, buscadores de oro… o figurantes perdidos de una película de John Wayne.

 

Y claro, por donde pasábamos, llamábamos la atención.

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 El desastre de las botas

Pero la aventura decidió empezar con aviso.

Nada más llegar a las inmediaciones de la estación, empecé a notar un dolor insoportable en los talones. Me quité las botas —del 40, cuando yo siempre he sido del 41— y lo que vi me dejó helado: dos ampollas enormes, una en cada pie.

Aquello podía acabar con la expedición antes de empezarla.

No había tiempo. Martín y Tony salieron corriendo en busca de una zapatería abierta. Fueron minutos de auténtica tensión. Yo, sentado, intentando no pensar en lo peor.

Volvieron con unas “chirucas” del 41. Aquello fue casi un milagro. Con calcetines de lana y las nuevas botas, el dolor seguía ahí… pero al menos podía caminar.

Respiré.

La aventura seguía en pie.

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 Una escena “de película”

Ya dentro de la estación, aún con el pulso acelerado, vivimos una escena curiosa.

Un tipo de aspecto extraño se nos acercó preguntando si íbamos a Murcia.

 Le dijimos que no y se marchó. Apenas unos segundos después, otro individuo distinto se nos acercó para preguntarnos qué nos había dicho el primero.

Nos miramos entre nosotros.

Aquello parecía sacado de una película. Traficantes, policía, espionaje… quién sabe. Lo cierto es que, por unos instantes, nuestra aventura ya tenía hasta trama secundaria.

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 El tren y el inicio real

En la vía cinco nos esperaba el convoy.

Viejos vagones de madera, casi de otra época, arrastrados por una locomotora de vapor que soltaba grandes bocanadas de humo y olor a carbonilla.

Aquello no era solo un tren… era el escenario perfecto para lo que estábamos viviendo.

Todo tenía un aire cinematográfico.

Podría haber sido perfectamente una escena firmada por Sergio Leone, con nosotros como protagonistas… aunque, eso sí, bastante menos experimentados.

A las siete y media nos dejaron subir. Ocupamos el compartimento con todo nuestro equipo, organizamos como pudimos las mochilas y, ya instalados, nos dedicamos a asomarnos por la ventana, a bromear, a comentar… a vivir ese momento.

Parecíamos niños con zapatos nuevos.

Faltaba media hora para la salida, pero por dentro ya estábamos en marcha. Entre la emoción y una extraña calma aparente, notaba algo difícil de explicar: una sensación íntima, casi silenciosa, de estar regresando a algo mío.

No podía compartirlo con los demás.

Pero dentro de mí, sin poder evitarlo, revoloteaban —una y otra vez— esas mariposas invisibles que habitan en el recuerdo, en ese valle imaginario donde empieza, sin saberlo, toda aventura.

 Capítulo 3 — LA NOCHE, EL TREN Y ZARAGOZA

Por fin, dejando atrás los nervios y el bullicio del andén, el tren arrancó.

Al principio casi sin darse cuenta, con ese traqueteo lento y acompasado de las viejas locomotoras, como si también él necesitara coger impulso para la aventura.

  Poco a poco fue ganando velocidad, alejándonos de la estación y atravesando las oscuras entrañas de Barcelona, hasta que, al cabo de unos minutos, emergimos de nuevo a la superficie, envueltos ya en la luz crepuscular de la tarde.

El paisaje empezó a transformarse cuando dejamos atrás El Prat y nos adentramos en la costa. Como no podía ser de otra manera, nos apiñamos en la ventanilla, casi unos encima de otros, observando a las últimas bañistas del día, que apuraban las horas en el Mediterráneo.

Aquello, claro, dio pie a lo inevitable: comentarios, risas, comparaciones… que si la rubia, que si aquella morena del bañador azul… En fin, conversaciones propias de la edad, tan inocentes como inevitables.

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 La noche cae… y empieza el viaje de verdad

Poco después, el tren dejó atrás el litoral. Pasada Tarragona, giró hacia el noroeste y la noche terminó por envolverlo todo.

El cielo, limpio, se llenó de estrellas. Recuerdo distinguir claramente las constelaciones de Sagitario y Capricornio, brillando con una intensidad especial, como si quisieran acompañarnos en aquel primer tramo del viaje.

Sacamos los bocadillos, algo ya aplastados, y entre chistes repetidos y risas constantes, improvisamos nuestra primera cena. Nada especial… pero en aquel momento sabía a gloria.

Había una sensación difícil de describir: una mezcla de emoción, incertidumbre y esa libertad absoluta de saber que todo estaba por delante.

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 Pablo y la “francesita”

Y entonces, casi sin que nadie lo buscara, apareció la primera historia paralela de la expedición.

Pablo.

Sin disimular demasiado —o quizá sin saber hacerlo— empezó a fijarse en una chica que viajaba un par de filas más adelante.

 Al principio fueron miradas sueltas, casi casuales. Luego sonrisas. Después gestos… y en cuestión de minutos, aquello se convirtió en un pequeño juego silencioso entre ambos.

Nos dimos cuenta enseguida.

Y como buenos compañeros, nos volcamos en la causa. Consejos improvisados, empujones discretos, bromas en voz baja… Pablo pasó a ser nuestro particular Don Juan, mientras nosotros hacíamos de improvisado equipo de apoyo.

Las miradas se transformaron en risitas cómplices, en gestos difíciles de interpretar… pero perfectamente entendibles en aquel lenguaje universal de la juventud.

El “romance” se mantuvo vivo durante todo el trayecto.

Hasta Zaragoza.

Fue justo en ese momento, casi cuando ya no había tiempo, cuando la chica se decidió a acercarse. Una francesita simpática, guapa, con ese aire desenfadado que a nosotros nos dejaba medio descolocados.

Hablaron. En francés, claro. Pablo hizo lo que pudo. Ella le dio una dirección… quizá un teléfono también, nunca lo tuvimos claro.

Y ahí quedó todo.

Nos dio hasta pena que no hubiese ocurrido antes. Habríamos aprendido más francés en una noche que en todo el colegio. Pero nos tuvimos que conformar con ese idioma internacional hecho de gestos, sonrisas y miradas.

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 Zaragoza: sombras en la madrugada

No hubo tiempo para mucho más.

Nada más llegar, bajamos del tren y nos vimos obligados a reaccionar rápido. Tocaba cargar con todo el equipo y cruzar Zaragoza en plena madrugada para alcanzar la estación del Santo Sepulcro, desde donde saldría nuestro siguiente tren hacia Jaca.

Aquel paseo fue, sin exagerar, uno de los momentos más especiales del viaje.

Seis sombras cruzando una ciudad dormida.

Calles vacías, avenidas silenciosas, pasos que resonaban más de lo normal en la quietud de la noche. Parecía que la ciudad nos observaba en silencio, como si no terminara de entender qué hacíamos allí a esas horas.

El momento más mágico llegó al cruzar el puente sobre el Ebro.

La luz de las estrellas se reflejaba en el agua con un brillo plateado, creando pequeños destellos que se movían al ritmo de la corriente. Durante unos segundos, todo parecía detenerse.

Pero no podíamos quedarnos.

Había que seguir.

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 El andén, la sopa… y la “operación”

Después de un buen rato caminando, llegamos por fin a la estación del Santo Sepulcro. Debían de ser alrededor de las tres de la madrugada.

El cansancio empezaba a notarse, pero el hambre apretaba más.

Sin pensarlo demasiado, improvisamos una cena en pleno andén. Antonio, Ramón y Pablo sacaron el hornillo y, allí mismo, ante la mirada atónita de algunos empleados, se pusieron a calentar una sopa de champiñones.

Aquello era surrealista.

Pero lo mejor —o lo peor— estaba por venir.

Mis pies seguían dando guerra.

Las ampollas no habían desaparecido, ni mucho menos. Así que, mientras la sopa se calentaba, decidimos que había que actuar.

Me tumbé boca abajo en un banco.

Martín, con una aguja de coser previamente calentada al rojo vivo, asumió el papel de cirujano improvisado. Con una mezcla de decisión y sangre fría, fue vaciando una a una las ampollas de ambos talones.

No fue agradable.

Pero fue efectivo.

Mientras tanto, los empleados de la estación seguían observándonos, comentando entre ellos qué hacía aquella pandilla de chavales montando semejante escena a esas horas de la madrugada.

¿La sopa?

Deliciosa.

Especialmente después de aquel sufrimiento.

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 Dormir como se pueda

Al final, el cansancio pudo con todo.

Durante las horas siguientes, cada uno encontró su manera de dormir: en bancos, en el suelo, apoyado en mochilas… como fuera.

No había comodidad. Ni silencio absoluto. Ni orden.

Pero sí había algo más fuerte que todo eso: la sensación de estar viviendo algo único.

Y así, entre posturas imposibles, respiraciones profundas y sueños desordenados, pasamos nuestra primera noche real como expedición.

Sin saber que lo mejor… aún estaba por llegar

Capítulo 4 — EL CANFRANERO Y LA ENTRADA EN EL PIRINEO

A las siete de la mañana, los primeros y pálidos rayos de sol comenzaron a filtrarse a través de la vidriera de la enorme sala de espera.

 Poco a poco, el movimiento de gente fue en aumento, y aquel ir y venir terminó por sacarnos del sueño.

Nos desperezamos sin muchas ganas, todavía medio aturdidos, mirándonos unos a otros como preguntándonos en silencio qué demonios hacíamos allí… y si realmente íbamos a seguir adelante.

Fue solo un instante.

Bastó que alguien dijera:

—¡En media hora sale el tren a Jaca!

Para que todo volviera a cobrar sentido. En cuestión de minutos, recogimos nuestras cosas y nos plantamos en el andén, listos para continuar.

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 El “Canfranero”

Allí nos esperaba.

Un tren que daba la impresión de ser cualquier cosa… menos un tren. Aquel TAF que cubría la línea Zaragoza–Huesca–Jaca–Canfranc —el famoso “Canfranero”— parecía una mezcla extraña entre autobús y tranvía, lejos del romanticismo del convoy de vapor que habíamos dejado atrás.

Nada que ver.

Desaparecían el olor a carbonilla, los silbidos, el traqueteo hipnótico… y en su lugar, una sensación más práctica, más fría, menos épica.

Íbamos sentados en fila en un banco largo, con las mochilas a los pies, apenas espacio para movernos. La incomodidad empezaba a hacerse notar, pero el cansancio acumulado hacía que tampoco protestáramos demasiado.

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 De la llanura al asombro

Durante el primer tramo, todavía en tierras zaragozanas, el paisaje era plano, monótono, casi hipnótico. Entre bostezos y silencio, más de uno cabeceaba.

El hambre volvió a hacer acto de presencia, así que sacamos algo de comida de los macutos para engañar al estómago mientras el tren avanzaba.

Pero todo cambió de golpe.

Al llegar a Ayerbe y encarar la sierra de Guara, el paisaje dio un giro radical. De pronto, comenzaron a aparecer formaciones rocosas, barrancos, túneles… y entonces, como si se levantara un telón, surgieron ante nosotros los Mallos de Riglos.

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 Riglos: el primer impacto

Aquello nos dejó sin palabras.

Las enormes moles de roca se alzaban desafiantes, verticales, imponentes.

 El tren serpenteaba entre montañas, entrando y saliendo de túneles, mientras abajo, muchos metros más abajo, el río Gállego corría encajonado entre gargantas, rápido, bravo, casi salvaje.

Nos pegamos a las ventanillas.

Boquiabiertos.

Nadie hablaba con sentido. Solo salían exclamaciones sueltas, comentarios atropellados, alguna que otra palabra mal dicha fruto de la impresión. Era imposible no sentir algo parecido al respeto… o incluso al miedo.

Aquello ya no era una excursión.

Era otra cosa.

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 El primer “canguelo”

Recuerdo perfectamente esa sensación.

Una mezcla de admiración y de inquietud que se iba metiendo poco a poco en el cuerpo. Lo que hasta entonces había sido juego, ilusión, fantasía… empezaba a transformarse en algo real.

Muy real.

Y nosotros, en el fondo, no éramos más que una pandilla de chavales sin experiencia enfrentándonos, por primera vez, a la grandeza de la naturaleza.

Aquel era solo el prólogo.

Pero ya imponía.

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 Hacia Jaca: el regreso emocional

Tras dejar atrás Sabiñánigo, el tren enfila por fin hacia Jaca. Eran cerca de las doce del mediodía.

El paisaje se abre.

Una amplia llanura aparece entre dos cadenas montañosas, atravesada por dos ríos bien distintos. A la izquierda, el río Gas, tranquilo, de aguas verdosas, bordeando la base de la Peña Oroel. A la derecha, el río Aragón, más vivo, más caudaloso, serpenteando con fuerza antes de relajarse en los llanos.

Y entonces… me pasó.

No lo pude evitar.

Un nudo en el estómago. El pulso acelerado. La piel erizada. Una emoción difícil de controlar empezó a crecer dentro de mí.

 Los recuerdos comenzaron a aparecer uno tras otro, a toda velocidad, como si alguien hubiese abierto de golpe una puerta que llevaba años cerrada.

Volvía.

Volvía a un lugar que era parte de mí.

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 El peso del pasado

A medida que el tren avanzaba, reconocía los paisajes… pero al mismo tiempo los sentía distintos. Como si hubieran envejecido ligeramente, como si el tiempo hubiese pasado también por ellos.

La Peña Oroel seguía ahí, majestuosa, pero me pareció menos verde, menos viva que en mis recuerdos. Tal vez no había cambiado tanto… tal vez era yo.

En silencio, como si no quisieran molestar, aquellos lugares iban despertando en mí escenas de infancia: amigos, juegos, carreras por el campo, tardes interminables junto al río Aragón, persiguiendo mariposas o trepando por rocas imaginando ser héroes.

Durante unos instantes, tuve la sensación de que el tiempo se había detenido.

De que, en cualquier momento, alguien aparecería para decirme que todo seguía igual.

Pero no.

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 Llegada a Jaca

El calor, el sonido de las cigarras y la luz intensa del mediodía me devolvieron a la realidad.

El tren entraba lentamente en la estación de Jaca.

Era casi la una de la tarde.

Sin apenas decir nada, bajamos rápidamente y empezamos a amontonar todo el equipo en el andén.

 Sabíamos que no había mucho margen: todavía nos quedaba caminar unos cinco kilómetros hasta el camping Victoria.

No era una distancia exagerada… pero el calor apretaba, y llevábamos muchas horas encima.

Aun así, todos teníamos ganas de movernos, de estirar las piernas, de empezar por fin a sentir que estábamos dentro de la aventura.

Porque ahora sí.

Ahora ya estábamos allí.

Capítulo 5 — LLEGADA AL CAMPING VICTORIA

Con todo el equipo a cuestas y el sol cayendo con fuerza sobre nuestras cabezas, abandonamos la estación de Jaca entre bromas y comentarios, mientras a nuestras espaldas el “Canfranero” se despedía con su característico silbido, camino de las profundidades del Pirineo.

Nosotros, en cambio, iniciábamos nuestra primera marcha “seria”.

Las mochilas pesaban, el calor apretaba, pero las ganas podían con todo. Entre risas, empujones y algún que otro comentario sobre lo que nos esperaba —y sobre nuestras dudosas capacidades— fuimos avanzando por las calles periféricas de la ciudad.

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Atravesando Jaca

Entramos en Jaca poco a poco, dejándonos llevar casi sin darnos cuenta.

A nuestra derecha dejamos la Escuela Militar de Alta Montaña, al pie del monte Rapitán.

 Seguimos avanzando y atravesamos el barrio del Ferial hasta desembocar en San Pedro, donde se alza la imponente catedral románica.

Sin detenernos demasiado —aunque más de uno se habría quedado mirando— cruzamos la carretera general de Francia y nos adentramos en los glacis de la Ciudadela, aquel fortín de tiempos de Felipe II, con sus fosos y su estructura perfectamente conservada.

Aquel paseo, sin saberlo, era ya una pequeña lección de historia… aunque en ese momento nuestra prioridad era otra muy distinta: llegar, soltar peso y comer algo.

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 Primer objetivo cumplido

Tras dejar atrás la parte oeste de la ciudad, alcanzamos por fin nuestro destino.

El camping “Victoria”.

Después de los trámites correspondientes, nos asignaron una parcela doble.

 No perdimos ni un segundo: soltamos todo el equipo casi de cualquier manera y nos dejamos caer a la sombra de unos frondosos álamos.

No estábamos especialmente cansados… pero sí hambrientos.

Y cuando manda el estómago, no hay discusión.

Sacamos lo que teníamos más a mano: pan algo duro, tubos de foie-gras, sobrasada… y en cuestión de minutos estábamos devorando bocadillos como si lleváramos días sin comer.

Aquello sabía a gloria.

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 El entorno: primeras impresiones

Era plena tarde de verano.

El calor seco se dejaba notar, pero no nos resultaba molesto. El entorno compensaba con creces cualquier incomodidad.

El camping nos pareció, desde el primer momento, un lugar privilegiado: rodeado de campos de trigo y alfalfa, con manzanos y perales dispersos, y dominado por la imponente presencia de la Peña Oroel, que nos observaba desde lo alto.

Más allá, el río Aragón serpenteaba formando suaves meandros, y al fondo, hacia el norte, entre una ligera bruma, se intuían los gigantes: los Pirineos centrales.

Aneto. Monte Perdido. Ordesa. Candanchú. Canfranc. Somport…

Nombres que hasta entonces habían sido casi abstractos, lejanos, escuchados en telediarios o leídos en libros… y que ahora estaban ahí, delante de nosotros.

Reales.

Imponentes.

Desafiantes.

Y, por primera vez, al alcance de nuestra aventura.

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 El drama de la tienda

Entonces llegó el momento clave.

Montar la tienda.

Y aquello… fue un espectáculo.

Primero, encontrar todas las piezas. Luego, entender cómo encajaban. Después, decidir por dónde empezar. Cada uno tenía su teoría: que si primero la tela, que si los palos, que si los vientos…

El caos fue en aumento.

Tras varios intentos fallidos, discusiones absurdas y soluciones imaginativas, aquello empezó a parecerse —muy vagamente— a una tienda de campaña.

Torcida por un lado. Inclinada por otro. Con cierta tendencia a imitar a la torre de Pisa si la mirabas de frente. Eso sí, alguien aseguró que la inclinación era buena “por si llovía”.

Nadie supo explicar por qué.

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 Nuestra “casa”

Lo más llamativo era su aspecto.

Una tienda descolorida, azul celeste, gastada por mil batallas, con parches cosidos sin demasiado cariño. Claramente no éramos los primeros en usarla… ni los que más la habían cuidado.

Pero era la nuestra.

Y en ese momento, nos parecía perfecta.

Distribuimos el interior como buenamente pudimos, colocamos mochilas, sacos y mantas… y dimos por inaugurado nuestro campamento base.

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 Primer descanso… y nuevos planes

Después del esfuerzo, tocaba asearse un poco. Duchas, cambio de ropa… y de repente, volvimos a ser casi personas normales.

O eso parecía.

La tarde iba cayendo, y con ella surgió la siguiente idea: dar un paseo por Jaca. Conocer la ciudad, comprar algunas cosas… y, cómo no, explorar las posibilidades de ligar en territorio desconocido.

Porque al final, seguíamos siendo lo que éramos.

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 Atardecer en Jaca

Camino a la ciudad… y primeras risas

Retomamos la marcha por la carretera, esta vez sin mochilas, más ligeros, más sueltos.

Cantando, riendo…

—¡Temblad, mozas jacetanas, que llega el terror! —gritó Ramón.

—¡Si tú ligas, yo me meto a fraile! —respondió Martín.

Las risas estallaron.

—Aquí el único que liga es Pablo —sentenció Antonio.

—¡Pues lo tengo claro! ¡Si tengo que ligar seis, una para cada uno, voy listo! —contestó Pablo entre carcajadas.

Germán y yo, más prudentes, escuchábamos y sonreíamos. Sabíamos que aquello no era tan fácil… pero por si acaso, estábamos dispuestos a colaborar.

Nunca se sabe.

Cuando salimos del camping, el sol ya empezaba a esconderse.

El cielo se tiñó de tonos rosados y azules, dibujando una escena casi irreal. 

Hacia el oeste, las silueta del "Cuculo" recortaba el horizonte, mientras la Peña Oroel recibía de lleno la luz rojiza del atardecer, contrastando con las sombras más lejanas de San Juan de la Peña.

Durante unos instantes, todo parecía una postal.

Me detuve a observar a mis amigos.

Callados. Absortos. Sorprendidos.

Y en ese momento, sentí algo especial.

Había merecido la pena guiarlos hasta allí.

 Entre bromas sobre ligues y travesuras, subimos hacia el instituto Domingo Miral, donde estudié de niño e hice el bachillerato.

 Luego recorremos la calle Mayor, paseando entre turistas, terrazas y tiendas de souvenirs. Lo de ligar quedó para más tarde; yo tenía otra misión: visitar a la familia Prieto.

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 Capítulo 6 — REENCUENTRO CON MI AYER 

Las casas militares apenas habían cambiado a primera vista: portales acristalados, patios interiores, techumbres de tejas rojas y chimeneas ennegrecidas.

 Todo parecía igual, pero al recorrerlas sentí el vacío del tiempo: silencio total, viviendas desocupadas y un aire desolador.

 Cerré los ojos y, por un instante, volví a ver niños corriendo y jugando, padres charlando a la fresca, adolescentes en escarceos con chicas… y Serafín, el gato que había marcado mi infancia.

Recordé cómo nos esperaba al salir del colegio, cómo nos seguía en nuestras aventuras, saltaba desde pisos en construcción, nos ganaba en carreras y escondites.

 Pero un día fue víctima de la banda rival, dejándonos a todos desolados. Su muerte dio lugar a nuestra primera batalla épica: piedras, rudimentarios arcos y flechas, y una justa “venganza” que terminó con la incineración de Serafín en un improvisado homenaje militar.

Resignado y emocionado, subí los escalones hasta el portal de los Prieto. Pulsé el timbre y, tras unos segundos, la puerta se abrió: Mari, la hermana mayor de Vicente, apareció frente a mí. Su rostro, radiante, no podía ocultar la sorpresa y la alegría:

—¡Jorge! —exclamó, abrazándome con fuerza.

—¡No puede ser, eres tú! —respondí, aún incrédulo.

El abrazo se prolongó, mientras la sorpresa me dejaba casi inmóvil. 

Los demás miembros de la familia salieron a saludar, y pronto la casa se llenó de risas, recuerdos y charlas sobre tiempos pasados. 

Mari y yo compartimos momentos de complicidad: sus ojos avellanados, su risa nerviosa y los gestos que nos recordaban la cercanía de nuestra infancia.

 En un instante, un rápido beso en la mejilla y un roce de su mano despertaron sensaciones que creía dormidas.

Conversamos con la familia, conociendo cómo habían echado raíces en Jaca, adaptados a la vida tranquila y natural de la ciudad.

 Reconocían el cambio en comparación con nuestra época, pero no envidiaban la vida en Cataluña ni el estrés de nuestras rutinas.

 Sus vidas estaban ahí, y el equilibrio que habían logrado les daba felicidad.

Vicente, mi amigo de la infancia, volvería esa noche de unas maniobras en Zaragoza.

 Dejé la dirección de nuestro campamento y me despedí uno por uno de todos, con un abrazo especial para Mari, cuya sonrisa y palabras quedaron grabadas en mi memoria.

Mari me acompañó hasta el rellano.

Antes de irme, me miró fijamente.

—¿Volverás?

—No lo sé… pero me gustaría —respondí.

Hizo una pausa.

—¿Tienes novia?

Negué con la cabeza.

—No… no tengo ocasión.

Esbocé una sonrisa torpe.

Ella también sonrió.

Pero la suya tenía algo más.

le di un beso en la mejilla.

Sentí su mano rozar mi cara, eso me hizo sonrojar y me fui sin mirar atrás.

 Dejé el portal, el patio y las casas militares, y comprendí que mi pasado seguía vivo en cada rincón de Jaca, y que mis recuerdos, mis afectos y mis emociones formaban parte de mi identidad más profunda.

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Una duda que se queda

Mientras me alejaba, algo dentro de mí se removía.

Con fuerza.

Los recuerdos, los lugares, las sensaciones… todo parecía empujar en la misma dirección.

Como si me dijeran que aquel era mi sitio.

Que pertenecía allí.

Que algo había quedado pendiente.

No supe —ni sé— si era verdad.

Pero la duda…Se quedó conmigo.

Noche de estreno

Cuando regresé, encontré a mis compañeros tumbados en la hierba del rompeolas.

Estaban en lo suyo.

Observando —o más bien espiando— a las parejas que se abrazaban a la luz de las estrellas, acompañando la escena con comentarios de lo más variado, entre lo ingenuo y lo absolutamente disparatado.

—Bueno, ¿qué? ¿Vamos de ligue o qué? —me soltó Ramón, entusiasmado en cuanto me vio aparecer.

No me hizo falta pensarlo mucho.

—Esta noche, lo mejor que podemos hacer es descansar —respondí—. Dormir como Dios manda y mañana ya veremos con más claridad.

Hubo un pequeño murmullo de protesta.

Alguna cara larga.

Pero tras un breve debate —en el que tuve que hacer valer mi “veteranía”— acabaron aceptándolo. 

Les prometí que al día siguiente haríamos una intentona en serio… además, con la posible ayuda de Vicente.

Eso pareció calmar los ánimos.

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                     Capítulo 7 — REGRESO AL CAMPAMENTO  

Regreso al campamento

Volvimos al camping cerca de la medianoche.

La noche era clara, limpia, salpicada de estrellas. 

Las linternas dibujaban pequeños haces de luz que nos guiaban hasta nuestra parcela, como si estuviéramos regresando a un campamento base en mitad de una expedición.

Nuestra guarida.

Encendimos una lámpara de gas.

Y entonces empezó el verdadero espectáculo.

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El problema de dormir

Nadie —absolutamente nadie— había pensado en cómo íbamos a dormir.

Y eso, teniendo en cuenta que éramos seis y apenas teníamos tres sacos, empezaba a ser un detalle importante.

El caos fue inmediato.

Probamos una posición.

Desastre.

Los pies de Antonio acababan encima de Martín.

Probamos de lado.

Peor.

Ramón terminaba literalmente encima de Pablo.

Probamos en diagonal.

Un auténtico campo de batalla: pies contra caras, codos en costillas…

Imposible.

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La solución (o algo parecido)

Después de varios intentos fallidos, discusiones absurdas y risas incontrolables, tomamos una decisión:

Dormir todos en fila, pegados unos a otros, atravesados respecto a la tienda.

Era, objetivamente, la peor opción.

Pero fue la elegida.

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Daños colaterales

Como era de esperar, no todos salieron igual de bien parados.

Ramón y Pablo tuvieron el “honor” de dormir justo donde caían los palos de la tienda… incrustados prácticamente en la cintura.

Un lujo.

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Normas básicas de supervivencia

Aquella noche aprendimos rápidamente algunas reglas esenciales:

Primera:

Antes de entrar en la tienda, había que preguntar:

—¿Alguien no ha hecho pis?

Porque cualquier salida nocturna implicaba despertar a todo el mundo.

Segunda:

Darse la vuelta era una maniobra de alto riesgo. Si uno se movía, arrastraba a medio grupo.

Tercera:

Si alguien tenía gases… mejor contenerse.

O asumir las consecuencias colectivas.

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Una noche movida

Intentar encontrar una postura cómoda fue una misión imposible.

Yo tenía una piedra clavándose en la espalda que, por supuesto, no vimos al montar la tienda.

A Martín le molestaba una raíz traicionera.

Pablo se deslizaba lentamente cuesta abajo por la ligera inclinación del terreno.

Antonio no podía parar de reír.

Ramón estaba obsesionado con una araña que colgaba sobre su cabeza, balanceándose peligrosamente.

Y Germán…

Germán simplemente intentaba dormir.

Sin éxito.

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El recurso final

Ante la imposibilidad de conciliar el sueño, tiramos de lo único que nos quedaba:

Los chistes, malos y repetitivos.

Antonio y Martín se encargaron de amenizar la noche con su repertorio —cada vez menos fino y más “subido de tono”— mientras las risas se mezclaban con el sonido constante de los grillos.

Poco a poco, entre carcajadas, cansancio y resignación…

Fuimos cayendo.

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La diana natural

Sobre las seis y media de la mañana, algo nos despertó.

No fue un grito.

Ni un reloj.

Fue la vida.

El bullicio de los gorriones, las cardelinas, los verderones revoloteando entre los chopos y los álamos del camping.

Un concierto natural.

Nuestra particular diana.

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Un despertar distinto

Abrimos los ojos poco a poco.

Nos miramos unos a otros, aún medio dormidos.

Y empezaron a aparecer sonrisas.

Extrañas.

Cómplices.

Sin palabras.

Nadie quiso romper aquel momento.

Había algo especial en ese despertar.

Algo que ninguno de nosotros estaba acostumbrado a vivir.

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El hambre

Pero la magia dura lo que dura.

Y el estómago no perdona.

Pronto empezó a reclamar su protagonismo con bastante contundencia.

Así que tocaba lo importante:

Desayunar.

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Desayuno de cinco estrellas

Sacamos nuestras provisiones:

Sobrasada, foie-gras, mantequilla, leche condensada…

Todo untado generosamente sobre pan ya endurecido.

Y acompañado de un Cola-Cao calentado en el hornillo.

Aquello, en ese momento, era un desayuno de lujo.

Sin prisas.

Sin nadie vigilando.

Sin normas.

Solo nosotros.

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Preparados para lo que venga

Mientras comíamos, el aire fresco de la mañana nos envolvía.

La luz era limpia.

El día prometía.

Y, sin decirlo en voz alta, todos sabíamos que lo que venía a partir de ese momento…

Iba a ser aún más grande.

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 Capítulo 8 — UNA MAÑANA EN EL RIO ARAGÓN 

Primer día en Jaca

La partida hacia Ordesa aún tendría que esperar un par de días.

La idea para aquella mañana era sencilla: empezar a tomar contacto con la aventura desde el propio entorno montañés. Caminar por las sendas que rodeaban Jaca, descender hasta el río Aragón… y dejarnos llevar por pequeños adelantos de lo que vendría después.

Por la tarde, ya más tranquilos, les enseñaría la ciudad: la Ciudadela, los glacis, la Cantera, el casco antiguo… toda esa historia medieval que aún se respira en sus calles.

La propuesta les pareció perfecta.

Compramos pan en el propio camping y preparamos unos minibocadillos de sobrasada. Metimos todo en una única mochila, junto con dos cantimploras de agua, y en cuestión de minutos ya estábamos en marcha.

El sendero de la cantera

Rodeamos la parte trasera del camping y tomamos la ruta que conducía al camino del rompeolas. Desde allí enlazamos con el Paseo de la Cantera.

El sendero era especialmente hermoso: vegetación abundante, pinos, pequeños miradores naturales… Desde ellos se abría un paisaje espectacular. El río Aragón discurría al pie de la ladera sobre la que se asienta Jaca, y al otro lado, las montañas pre pirenaicas dibujaban el horizonte, con Collarada imponiendo su presencia.

Mientras caminábamos, fui dejándoles caer algunas de las cosas que tenía en mente enseñarles.

—Os voy a enseñar a pescar en el río —les dije—, pero no con caña… a uñeta.

Se detuvieron.

—¿Has dicho “uñeta” o “puñeta”? —preguntó Martín, entre extrañado y divertido.

—Uñeta —respondí—. Ya veréis. Es una técnica que aprendí de niño, cuando vivía aquí. Como muchas otras que nacían simplemente de la imaginación… y de las ganas de hacer cosas.

Sus caras eran una mezcla de incredulidad y curiosidad.

Continuamos caminando y, al poco, llegamos a Villa Hermosa, el chalet desde donde nace una empinada senda. Más que un camino, era un tramo empedrado que serpenteaba entre huertos y descendía hasta el Puente Nuevo.

Aquello era un buen aperitivo.

—Aquí empezamos a entrenar las piernas —les dije—. Id acostumbrándoos.

La bajada era exigente. Íbamos saltando entre piedras, resbalando en algunos tramos, incluso “culeando” en otros para no perder el equilibrio. Más que un sendero, parecía una torrentera.

A medida que descendíamos, el valle se abría ante nosotros con una fuerza casi escénica. El río Aragón comenzaba a imponerse, ensanchando su presencia y marcando el ritmo del paisaje.

Llegamos abajo sudados, resoplando, con las piernas ya cargadas.

Justo frente a nosotros, el Puente Nuevo y la carretera que conectaba con Asieso y otras pedanías, extendiéndose hacia los montes de la vertiente opuesta.

La vista era extraordinaria.

Las grandes moles pirenaicas asomaban en el horizonte, elevándose con contundencia. Collarada se alzaba como un gigante, mientras el río rugía con fuerza, arrastrando sus aguas cristalinas. Más allá, el muro de la presa retenía un embalse de un verde intenso.

La playa de Jaca

Aquello pedía a gritos un baño.

Y tal como estábamos… no hizo falta ni pensarlo demasiado.

Bajamos por un terraplén lateral del puente y seguimos una pequeña senda que nos condujo hasta una orilla del embalse, justo por encima de la presa. Aquel lugar tenía un significado especial para mí.

Años atrás, con mis padres, lo habíamos bautizado como “la playa de Jaca”. Y lo cierto es que, en ese punto, la acumulación de arena creaba una sensación sorprendentemente parecida.

No me di ni cuenta.

Mientras yo aún estaba observando el lugar, Pablo, Martín y Ramón ya se habían desnudado y, en calzoncillos, estaban dentro del agua.

No pidieron permiso.

El agua estaba helada, incluso en pleno agosto, pero eso no pareció importarles lo más mínimo.

Al final, uno tras otro, terminamos todos dentro. Chapoteando, riendo, dejándonos llevar por ese momento inesperado.

La lección de la uñeta

Fue entonces cuando Martín volvió a la carga.

—Oye… lo de la uñeta —dijo—. He visto peces. Tienes que enseñármelo.

Sonreí.

—Ven conmigo.

Nos acercamos hacia una zona de piedras, en la orilla contraria.

—Mira —le dije—. Haz lo mismo que yo. Acércate despacio, con las manos abiertas y los dedos separados. Sin hacer ruido.

Se inclinó, concentrado.

—Ahora ve cerrando el espacio… poco a poco… acorralándolos contra las piedras.

Los peces empezaban a moverse.

—Cuando intenten escapar, lo harán entre tus dedos. Ahí es cuando tienes que cerrar de golpe… y ayudarte con la otra mano.

Me miraba con escepticismo.

Lo intenté una vez. Nada.

Otra. Tampoco.

A la tercera, atrapé una madrilla de unos nueve centímetros.

Se quedó paralizado.

—No me lo puedo creer… —dijo casi balbuceando.

Los demás observaban en silencio, con media sonrisa de incredulidad.

—¿Y ahora qué haces con ese pez? —preguntó.

—Este lo suelto —respondí mientras lo devolvía al agua—. Pero si algún día necesitamos comida… es bueno saber hacerlo.

No hizo falta decir más.

En cuestión de segundos, los cinco estaban intentándolo.

El espectáculo era digno de ver.

Manotazos, risas, salpicaduras… y una concentración absoluta que contrastaba con el caos.

Tras varios intentos fallidos, Pablo y Ramón consiguieron capturar dos cada uno. Antonio llevaba ya tres. Martín se desesperaba sin lograr atrapar ninguno. Germán, en cambio, parecía más interesado en el paisaje que en la pesca.

Barcos de junco

Mientras tanto, yo me aparté un poco.

Empecé a arrancar juncos de la orilla y, con mi pequeña navaja, los fui cortando en tramos más o menos regulares.

Se me había ocurrido algo.

Cuando regresaron, agotados de tanto intentarlo, uno de ellos se fijó.

—¡Ostras! ¿Y eso?

Levanté lo que tenía entre manos.

—Un junco chino.

Me miraron sin entender.

—Un barco —añadí—. Hecho con juncos. Sirve para navegar… y para hacer carreras.

Las caras cambiaron al instante.

En menos de un minuto, todos estaban arrancando juncos.

Y yo, dando instrucciones como si aquello fuera un astillero improvisado.


 Capítulo 9 — REGRESO A  JACA 

Regreso a Jaca

Al cabo de un rato, todos estábamos jugando en el agua, cada uno con su maqueta de junco chino, animando a su pequeño barco como si se tratara de una auténtica regata.

—¡Hale, hale… el que llegue el último paga una cerveza esta tarde!

Las risas y el bullicio se mezclaban con el rumor constante del río.

Los barquitos de junco avanzaban empujados por la suave corriente, giraban sobre sí mismos, a veces quedaban atrapados en algún remanso y otras salían disparados entre los aplausos y los gritos de ánimo.

Aquellas actividades terminaron por abrirnos el apetito.

Abrimos la mochila y cada uno se apropió de su bocadillo de sobrasada, que con el calor estaba casi derretida. Precisamente por eso, el aroma resultaba aún más intenso y apetitoso.

Nos sentamos sobre la arena de nuestra ya bautizada “playa de Jaca”, dejando que el sol secara los slips mientras comíamos.

La conversación giraba todavía entre la uñeta, las madrillas escapistas y la construcción de los juncos chinos.

Mientras tanto, el murmullo del agua nos envolvía, y de vez en cuando algún pez rompía la superficie al saltar para cazar mosquitos.

Sin apenas darnos cuenta, se nos hizo la hora de regresar.

Recogimos nuestras cosas y emprendimos la vuelta, retrocediendo primero hasta el Puente Nuevo.

“El puente de la memoria”

Esta vez decidimos regresar por la carretera, por la otra margen del río. Era una ruta mucho más plana y llevadera, casi un paseo que nos conducía hacia el Puente de San Miguel, el histórico puente medieval que durante siglos sirvió de paso hacia los valles pirenaicos y a los peregrinos del Camino de Santiago.

Desde allí, la perspectiva era completamente distinta.

Jaca quedaba enfrente, allá arriba, recortada sobre la meseta, en la vertiente opuesta desde la que habíamos descendido por la mañana.

A un lado del camino, grandes matas de zarzamoras cargadas de fruto maduro nos salían al paso.

Aquello fue una tentación imposible de ignorar.

En pocos segundos, las manos de todos estaban teñidas de morado.

Íbamos comiendo y recogiendo al mismo tiempo, usando los propios juncos como improvisadas cestillas.

—Están riquísimas —decía Germán, llevándose otra a la boca.

Martín, sin perder la ocasión, soltó en tono burlón:

—Y estas no se cogen a uñeta…

Las carcajadas fueron inmediatas.

Seguía siendo, junto a Germán, el único que no había logrado atrapar ni un triste pececillo.

Poco a poco nos fuimos acercando al Puente de San Miguel.

Al llegar, nos detuvimos en la parte superior.

Su altura imponía.

Mirar hacia abajo producía una mezcla de vértigo y fascinación. El río Aragón discurría con fuerza bajo el gran arco apuntado, y la caída parecía mucho mayor de lo que en realidad era. El puente, con su perfil de lomo elevado, conserva ese aire medieval que impresiona incluso hoy.

Por un instante, mis recuerdos se escaparon hacia otro tiempo.

Me vi a mí mismo, de niño, correteando por aquellas piedras, bajando hasta las badinas y las pequeñas charcas que el río dejaba en verano cuando bajaba el caudal.

Allí habíamos pasado tardes enteras con mis amigos y con la familia Prieto.

Aquellas aguas también habían sido parte de mis primeras aventuras.

Regreso al campamento

Cruzamos el puente y comenzamos la ascensión por el camino empinado que conduce de nuevo hacia la meseta.

Poco a poco fuimos recuperando altura, acercándonos otra vez al rompeolas y cerrando así el círculo de la ruta que habíamos iniciado por la mañana.

El cansancio empezaba a notarse en las piernas, pero también esa agradable sensación de haber aprovechado la mañana al máximo.

Seguimos caminando hasta entrar de nuevo en el camping.

Era ya hora de comer.

Nos pusimos manos a la obra con nuestra pequeña intendencia y preparamos unos macarrones con tomate que, en aquel momento, nos supieron a gloria.

Después llegó el merecido descanso.

Una ligera siesta, algo de reposo… y la espera tranquila hasta salir más tarde a recorrer Jaca. 

Capítulo 9 — LA CIUDAD Y LOS RECUERDOS 

El reencuentro con Vicente

Mi amigo Vicente apareció sobre las cinco de la tarde.

El reencuentro fue entrañable.

Hacía mucho tiempo que no sabíamos nada el uno del otro y, cuando el día anterior fui a su casa, ni siquiera sabía si aún seguirían viviendo allí.

Habíamos sido grandes amigos en la infancia, quizá uno de mis mejores compañeros, tanto en los estudios como en tantas aventuras y travesuras vividas por los alrededores de Jaca.

Aquel momento se convirtió en la mejor ocasión para sentarnos a hablar, repasar viejos tiempos y ponernos al día de nuestras vidas.

Le invité a acompañarnos a pasear por Jaca.

Nadie mejor que él para enseñarnos las novedades de la ciudad y todo aquello que hubiera cambiado con los años.

Aceptó gustosamente.

La advertencia del veterano

Después de presentárselo a mis amigos, le enseñé todo el material que habíamos reunido para nuestra aventura.

A medida que le iba mostrando la tienda, las mochilas, las cantimploras, la navaja, las cuerdas y todos aquellos viejos utensilios, le fui explicando las peripecias que teníamos previstas para nuestra loca expedición a Ordesa.

Vicente, curtido ya como veterano militar —era sargento del Regimiento Galicia 64, heredero del antiguo Victoria— no pudo evitar una ligera sonrisa al contemplar nuestra “flamante” intendencia.

Se inclinó ligeramente hacia mí y, en voz baja, me dijo:

—¿En serio vais a ir a Ordesa con todos estos trastos?

Le respondí que era todo lo que habíamos podido reunir y que, en principio, creíamos que sería suficiente.

Esbozó otra media sonrisa, me pasó el brazo por encima del hombro y añadió:

—Tened mucho cuidado allí. Estáis ya fuera de temporada. Es posible que no veáis a nadie en el valle. Probablemente estéis solos… y a muchos kilómetros de cualquier lugar habitado.

Sus palabras, aunque dichas con calma, me dejaron un poso extraño.

Era la primera vez que alguien verbalizaba con tanta claridad la dimensión real de lo que íbamos a hacer.

Le agradecí el consejo y nos pusimos en marcha.

Fuimos bajando por la carretera hasta pasar frente al cuartel donde Vicente prestaba servicio.

Desde allí tomamos el camino de la izquierda, siguiendo la orilla del canal en dirección a las viviendas militares, donde el día anterior había visitado su casa.

La Ciudadela y la emoción del regreso

Al poco, atravesamos el Paseo de la Constitución y nos adentramos en los glacis de la Ciudadela.

La tarde era espectacular.

Ante nosotros se alzaba imponente el Castillo de San Pedro, la Ciudadela de Jaca, con su planta pentagonal, sus fosos y sus garitas. Una de las fortalezas mejor conservadas del Renacimiento español.

Mis amigos se quedaron boquiabiertos.

La inmensidad de la fortaleza, el doble foso, las almenas, los cañones asomando y el entorno verde que la rodeaba creaban una imagen impresionante.

Al fondo, dominándolo todo, se alzaba la inmensa mole de la Peña Oroel, eterna guardiana de Jaca.

No pude evitar sentir de nuevo ese pequeño nudo en la garganta.

Cada rincón de aquella ciudad despertaba algo dentro de mí.

Una mezcla de recuerdos, emoción y una extraña sensación de regreso.

Cuando logré serenarme, continuamos caminando hacia el norte.

También Collarada aparecía al frente, observándonos desde la distancia.

Oroel, Collarada y todas las montañas que rodeaban Jaca nos hacían sentir pequeños.

Muy pequeños.

Y, al mismo tiempo, nos recordaban la magnitud de la aventura que estábamos a punto de afrontar.

Al llegar a la entrada de la fortaleza, nos detuvimos frente a un viejo tranvía de exposición instalado allí, con el eslogan:

—Yo también iré a Jaca.

Aquello nos hizo gracia.

Fue una de las primeras fotografías de grupo que nos hicimos durante la aventura.

Hubo más.

Fotos frente a la entrada de la Ciudadela, con sonrisas de entusiasmo y esa energía propia de quienes aún no saben todo lo que les espera.

Paseo por la Jaca medieval

Desde allí nos dirigimos hacia el interior de la ciudad.

La primera parada fue la Catedral.

Martín y Germán no perdieron la ocasión de entrar a contemplarla por dentro.

Los demás, quizá más laicos, nos quedamos admirándola desde el exterior.

Aun así, impresionaba enormemente.

Era la primera gran catedral románica construida en Aragón y una de las joyas históricas de la ciudad.

Vicente sugirió entonces adentrarnos en el casco antiguo.

Aquel barrio aún conservaba el alma medieval de la antigua Jaca amurallada.

Era una lástima no coincidir con las fiestas medievales, porque entonces todo aquel lugar parecía transportarte directamente a otra época.

Nos internamos por callejuelas estrechas, empedradas, flanqueadas por edificios que aún conservaban la arquitectura tradicional.

Todo respiraba historia.

Al salir a la Calle Mayor, el ambiente cambiaba por completo.

La ciudad se volvía más urbana, más contemporánea, aunque seguía ensamblada de forma natural con su pasado.

Mis amigos observaban todo con asombro.

Para ellos, aquella ciudad parecía salida de un cuento medieval.

No dejaban de hacer preguntas.

Les sorprendió especialmente saber que Jaca fue la primera capital del Reino de Aragón.

Y la verdad, no me extrañaba.

Jaca tiene esa capacidad de fascinar.

La pista de hielo

Después paseamos por el Paseo de Invierno, bordeando lo que en otro tiempo fueron las murallas, hasta llegar al campo de fútbol y a la pista de hielo.

Por mayoría aplastante, decidimos entrar.

Justo se estaba celebrando un partido de hockey.

Nos quedamos embobados observando la velocidad con la que se deslizaban sobre las cuchillas.

Y también, cómo no, con los morrazos que se pegaban.

Aquello nos divirtió enormemente.

Las patatas de La Campanilla

Al salir, Vicente nos miró con una sonrisa cómplice.

—¿Tenéis hambre? —preguntó—. ¿Queréis comer algo bueno de verdad?

Por el guiño que me lanzó, supe enseguida de qué se trataba.

Pero no dije nada.

Preferí dejarme llevar.

Y ellos también.

Los macarrones del mediodía ya quedaban muy lejos.

Entre las callejuelas del casco antiguo nos condujo hacia la Plaza del Pilar.

A pocos metros entramos en un lugar mítico.

Bar La Campanilla

Famoso por sus patatas asadas, aliñadas con un condimento casi legendario.

A la entrada podía leerse el cartel:

—Patatas y cañas, las mejores de España.

Y, sinceramente, no le faltaba razón.

Quien pasa por Jaca y prueba aquellas patatas, difícilmente las olvida.

Nos pusimos las botas.

Repetimos varias veces.

Aquello hizo innecesaria cualquier cena posterior.

La víspera de la gran aventura

Ya de noche, regresamos paseando por la Calle Mayor, atravesamos de nuevo el Paseo de la Constitución y, por el mismo camino de la mañana, volvimos al camping.

Antes de despedirse, Vicente se ofreció a llevar en su coche todo el equipaje hasta Sabiñánigo a la mañana siguiente.

Nosotros iríamos en tren.

La aventura de verdad estaba a punto de comenzar.

Mañana empezaba Ordesa.

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                    Capítulo 10 — LA  VÍSPERA DE LA AVENTURA 

La víspera se convierte en camino

Mañana empezaba Ordesa.

Llegamos al camping sobre las diez de la noche.

Todo estaba en calma.

Apenas se veían algunas luces tenues en las tiendas vecinas, y alrededor reinaba un silencio casi absoluto, roto únicamente por algún murmullo lejano y el sonido apagado de la noche.

Nos metimos en nuestra tienda de campaña buscando acomodo para descansar lo mejor posible.

El día había sido largo y fructífero.

Las piernas empezaban a quejarse y el cansancio ya se dejaba sentir en cada músculo.

Aun así, no había prisa por madrugar demasiado, ya que el tren hacia Sabiñánigo partía a las doce del mediodía.

Eso sí, antes tocaba desmontar el campamento y preparar las mochilas con todo el equipaje.

Cada cual conocía ya su lugar.

Nos acomodamos con rapidez.

Los tres que teníamos saco de dormir nos intercalamos con los otros tres, que dormían envueltos en mantas.

A finales de agosto la temperatura era amable, así que no suponía ningún problema dormir algo más ligeros.

El sueño y el cansancio nos vencieron casi al instante.

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                   Capítulo 10 — RUMBO A SABIÑANIGO  

El despertar bajo Oroel

La noche debió de pasar velozmente, porque nuestro despertador natural no tardó en devolvernos a la realidad: el trino de los gorriones, el vuelo rasante de las golondrinas y ese despertar de la naturaleza tan propio de la montaña.

Miré el reloj.

Las siete y media.

Di unas palmadas sonoras.

Las protestas fueron inmediatas.

—¡Jope… ya!

—Espera diez minutos, que tengo agujetas en las piernas —se quejó uno.

—Ostras… yo las tengo dormidas —dijo otro.

Sonreí.

—Venga, tenéis diez minutos para desperezaros.

Mientras hablaba, abrí la cremallera de la tienda y asomé la cabeza al exterior.

Y allí estaba.

Mi gran amiga de la infancia.

La Peña Oroel.

El sol comenzaba a asomar por su lomo, regalándonos una panorámica magnífica.

Quise interpretar aquella imagen como un augurio.

Un precioso día para iniciar la aventura.

Le hice un guiño cómplice y sonreí para mí mismo.

Ella sabía mucho de mí.

Poco a poco fueron saliendo de la tienda, desperezándose, estirando piernas y espalda, todavía medio dormidos.

Al contemplar la panorámica, se quedaron unos instantes en silencio.

Parecía que, por un momento, también ellos habían comprendido algo de lo que aquella montaña significaba para mí.

Lo primero fue improvisar un desayuno ligero.

Galletas y café preparado con el hornillo.

Suficiente para arrancar.

Si el hambre apretaba más tarde, ya comeríamos algún bocadillo en la cantina de la estación.

El plan estaba claro.

Media hora hasta Sabiñánigo.

Y desde allí, conexión con el autobús que nos llevaría hasta Torla.

Esperábamos estar allí hacia las tres de la tarde, con tiempo suficiente para instalarnos en un camping antes de iniciar la expedición.

Desmontando el campamento

Después nos pusimos manos a la obra.

Desmontamos la tienda con rapidez, plegándola en los mismos tramos en que la habíamos transportado.

Cada uno fue organizando su mochila.

Cantimploras, mantas, cuerdas, comida, utensilios.

Todo tenía que quedar bien distribuido.

A las diez de la mañana estábamos ya junto a la carretera, esperando a Vicente.

No tardó en aparecer.

Cargamos el equipaje entre el maletero y el asiento trasero de su coche.

Hubo una breve charla.

Unas bromas.

Y, sobre todo, un agradecimiento sincero por su apoyo incondicional.

Finalmente arrancó rumbo a Sabiñánigo, llevándose a Pablo de copiloto.

Nos esperarían allí a nuestra llegada.

Camino a la estación

El resto emprendimos la caminata hacia la estación de Jaca.

Había que sacar los billetes y asegurarnos de que el Canfranero no se retrasara, para poder enlazar con el autobús a Torla.

Atravesamos de nuevo los glacis de la Ciudadela y encaramos la carretera de la estación.

Teníamos tiempo de sobra. 

Podríamos haber cogido el coche de enlace entre Jaca y la estación, pero preferimos seguir ejercitando las piernas.

Al fin y al cabo, íbamos a necesitarlas fuertes durante toda la aventura.

Llegamos con media hora de margen.

Sacamos los billetes y aún nos dio tiempo a tomar otro café con alguna pasta en la cantina.

El Canfranero

El Canfranero llegó puntual.

Y esta vez sí.

Era un tren de verdad.

La locomotora de vapor, los vagones de madera, el olor a carbón y el pitido metálico nos devolvieron de golpe a esa emoción casi infantil del viaje.

Nos miramos.

Y nos echamos a reír.

Fue como una descarga de adrenalina.

Subimos al tren mientras el silbido agudo de la locomotora anunciaba la salida.

Poco a poco comenzó a alejarse de Jaca.

Mi mirada permaneció fija en esa montaña que aparecía y desaparecía entre los árboles.

Oroel.

Mi montaña.

Mi hermana mayor.

Años después le dedicaría un texto muy especial: Oroel, mi dama.

Llegada a Sabiñánigo

En menos de media hora llegamos a Sabiñánigo.

Vicente y Pablo nos esperaban ya en el andén.

Recogimos el equipaje.

Le di a Vicente las gracias con un abrazo de los de allí.

Un abrazo bien apretado.

Él respondió con la misma fuerza.

Nos prometimos seguir en contacto.

Sin perder tiempo, nos dirigimos a la estación de autobuses.

Sacamos los billetes.

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                   Capítulo 11 — RUMBO A ORDESA    


 Rumbo a Ordesa

Quince minutos después, abordamos el autobús.

Recolocamos las mochilas y, casi sin darnos cuenta, todos buscamos con prisa un asiento junto a la ventanilla, llevados por esa mezcla de alegría y expectación que despertaba el viaje hacia aquel lugar mítico.

La aventura de Ordesa acababa de comenzar.

Al salir de Sabiñánigo, el paisaje comenzó a acompañarnos en silencio.

Los prados se abrían a ambos lados de la carretera, de un verde fresco y radiante, sobre el que descansaba la luz tranquila de la tarde.

De vez en cuando aparecía alguna granja, una casa de campo con la chimenea humeando, vacas dispersas en la hierba… y el valle parecía ensancharse ante nuestros ojos.

Al principio hablábamos y reíamos.

Comentábamos el viaje, nos cambiábamos de asiento, señalábamos cualquier detalle que llamara nuestra atención.

Pero poco a poco la conversación fue cediendo terreno a la contemplación.

Había algo en aquellas montañas que empezaban a dibujarse al fondo que nos iba dejando mudos.

El valle se estrecha

La carretera, ancha hasta entonces, giró a la derecha y se convirtió en otra más estrecha.

Al pasar por Biescas y continuar hacia Gavín, tuve la sensación de que el valle se recogía de pronto, como si comenzara a conducirnos hacia otro mundo.

La carretera se acercaba al río y las choperas dejaban pasar una luz vaporosa, casi líquida, como filtrada por el agua.

El río corría casi en paralelo, reluciendo entre los árboles, mientras la montaña se hacía cada vez más presente.

La voz silenciosa de la montaña

Algunos pegamos la cara al cristal.

El autobús avanzaba despacio, acompañado por el traqueteo grave del motor, un sonido constante que parecía acompasarse con el curso del río.

Nadie decía gran cosa.

Mirábamos hacia fuera con una atención nueva, como si la montaña estuviera tratando de enseñarnos algo que aún no sabíamos nombrar.

Por la ventanilla desfilaban choperas, prados, laderas y pequeños pueblos de piedra con tejados de pizarra, detenidos en el tiempo.

Éramos adolescentes.

Y quizá por eso todo nos parecía más grande, más intenso, casi sublime.

A medida que nos acercábamos a Broto y, después, a Torla, las montañas comenzaron a levantarse con una solemnidad que nos impresionó profundamente.

El paisaje ya no era solo hermoso.

Tenía algo de majestuoso.

Algo casi sagrado.

Parecía anunciarnos que nos aproximábamos a un lugar mágico.

Sentíamos una mezcla extraña de entusiasmo y silencio, como si nos acercáramos a un lugar del que habíamos oído hablar muchas veces y que, al verlo aparecer poco a poco, resultara infinitamente mayor de lo imaginado.

Torla, la puerta de Ordesa

Y entonces apareció Torla.

Abrazada a la ladera, con la inmensidad de Mondarruego al fondo, se alzaba como la verdadera puerta de Ordesa.

Durante unos segundos nadie dijo nada.

—Madre mía… —murmuró Martín, casi en un susurro.

Aquellas palabras resumían exactamente lo que todos sentíamos.

 Recuerdo el silencio que se hizo entre nosotros.

Un silencio denso.

Emocionado.

Aquel valle del que tanto había oído hablar, se mostraba delante de nuestros ojos.

Y, de algún modo, también la puerta de una aventura que, con el paso del tiempo, sigue viva en mi memoria.

Para mí, acostumbrado a escuchar los relatos fascinantes de mi padre y de mi hermano cuando hablaban de Ordesa, aquello superaba cualquier imagen que hubiera podido imaginar.

Sus historias se quedaban cortas.

La realidad que teníamos delante era aún más impresionante.

En ese instante comprendí que lo que estaba a punto de comenzar nos acompañaría para siempre.

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                      Capítulo 12 —LLEGADA Y ACAMPADA EN CAPING ORDESA


Llegada a Torla

Casi las tres de la tarde.

El autocar nos dejó en la parada de la carretera que conduce hacia Ordesa, algo alejados todavía de nuestro objetivo: el camping.

Bajamos con los macutos y mochilas cargados al hombro, entre la impaciencia y la intriga.

A esa hora caía un calor seco y machacante que hacía que las piernas, ya castigadas por el viaje, se volvieran pesadas y perezosas.

Pero nada de eso logró distraernos del espectáculo que teníamos ante los ojos.

Alzamos la vista.

Y nos quedamos literalmente con la boca abierta.

Delante de nosotros, la montaña se elevaba con una fuerza casi sobrecogedora.

Por unos segundos fuimos incapaces de reaccionar con coherencia.

Para todos era una experiencia nueva.

Y, al mismo tiempo, extrañamente adictiva.

Aquello parecía demasiado grande para nosotros.

Demasiado hermoso.

Demasiado imponente.

Nos pusimos en marcha en dirección al camping.

Quedaba algo más de un kilómetro desde la parada y el pueblo.

Aun así, el deseo de instalarnos cuanto antes y poder comer algo sólido —más allá de los bocadillos del trayecto desde Jaca— nos hizo avanzar con ganas.

El camping entre montañas

Llegamos acalorados.

Después de registrarnos, nos adjudicaron una parcela preciosa.

El césped, todavía húmedo, se extendía bajo unos árboles frondosos, y el entorno era casi de película.

Nos encontrábamos rodeados de montaña por todas partes.

Esta vez montar la tienda resultó mucho más rápido.

La práctica ya se notaba.

Aquel camping era de primera categoría.

Tenía todo tipo de comodidades y facilidades, incluso una piscina que, curiosamente, se encontraba completamente vacía a pesar de que todavía había bastantes visitantes en esas fechas.

Aquello fue una provocación imposible de ignorar.

Veníamos acalorados, con las piernas rígidas de tantas horas sentados en el autobús.

Pedían a gritos un baño.

La trampa de la piscina

Una vez instalada la tienda y todo en su sitio, fuimos directos al asalto de la piscina.

Nos pusimos los pantalones cortos —no habíamos tenido la previsión de traer bañador— y allí nos presentamos, decididos a remojarnos.

Había cierta tensión.

Nadie quería ser el primero.

Ni siquiera habíamos probado el agua.

Pero la piscina parecía estar llamándonos.

Ramón fue el valiente inaugural.

Se lanzó de cabeza, recorrió los cuatro metros de la piscina bajo el agua… y salió disparado como una foca fuera de ella.

—¿Cómo está el agua, Ramón? —preguntamos.

Guardando la compostura como un actor consumado, respondió:

—Está de miedo. Buenísima.

Pablo no tardó en imitarlo.

Mismo salto.

Mismo recorrido.

Mismo despegue inmediato fuera del agua, como si llevara un muelle incorporado.

—¿Qué tal, Pablo? —le pregunté a mi hermano.

—Tírate, Jorge… está buenísima.

Le creí.

Me lancé con todas las ganas.

Y apenas salí a la superficie, también salí disparado como un pingüino escapando del hielo.

¡Dios mío!

Aquello era un congelador.

Imposible que estuviera más fría.

Parecía agua recién bajada de un glaciar.

Pero mantuve la compostura.

Y decidí seguir la broma.

—Venga, animaos… está buenísima. ¡Os va a abrir el apetito!

Tony fue el siguiente.

Más serio y observador, algo se olía.

Se lanzó, salió con mucha más calma y nos miró con una media sonrisa.

Más tarde confesaría que estuvo a punto de soltar un alarido que habría resonado en todas las montañas del valle.

Pero se contuvo.

Martín no quiso ser menos.

Haciéndose el valiente, se lanzó de cabeza.

A mitad de piscina emergió bruscamente, todavía a varios metros del borde.

Tuvo que nadar como un delfín desbocado mientras soltaba gritos, maldiciones y protestas.

—¡Sois unos capullos! ¡Eso no se hace! ¡Me las pagaréis!

Las carcajadas fueron inevitables.

Germán, viendo el panorama, optó sabiamente por abstenerse del baño.

Eso sí, se unió a las risas con entusiasmo.

Terminada la aventura de la piscina —y sin que a nadie le quedaran ganas de un segundo baño— nos acercamos al restaurante del camping.

                    Estrategia bajo los árboles

En la terraza, a la sombra y con aquel paisaje impresionante delante, nos dimos el verdadero homenaje del día.

Patatas fritas con chorizo.

Un par de huevos fritos para cada uno.

Y unas cervezas bien frías.

Aquello nos supo a gloria.

Después nos tumbamos en el césped, junto a la tienda, a la sombra de los árboles.

Allí, entre risas y comentarios sobre la piscina, comenzamos también a pensar en la estrategia de los próximos días.

Quedaba toda la tarde por delante.

Tiempo suficiente para descansar, planificar y disfrutar de las comodidades de aquel improvisado hotel de cinco estrellas.

 Capítulo… tercer día

Un día más antes del valle

La jornada de reconocimiento

El primer asunto que tratamos aquella tarde fue decidir si debíamos esperar un día más en el camping antes de adentrarnos en el Parque Nacional de Ordesa.

La montaña que teníamos delante imponía demasiado.

Después de sopesarlo, decidimos darnos veinticuatro horas.

La idea era aclimatarnos a la altura y realizar una primera expedición de reconocimiento hasta la entrada misma del valle, llegando a la pradera donde comienzan las primeras sendas a través del hayedo.

Necesitábamos tomar conciencia real de lo que nos esperaba.

Calcular distancias.

Valorar posibles inconvenientes.

Y, sobre todo, serenarnos.

Todos estuvimos de acuerdo.

Aquello que teníamos delante era demasiado grande como para lanzarnos sin haberlo respirado primero.

Fue entonces cuando alguien propuso bajar al río Ara.

Lo teníamos prácticamente al lado.

No para bañarnos, desde luego —la experiencia de la piscina aún estaba demasiado reciente—, pero sí para refrescarnos y dejarnos llevar un rato por el entorno.

La idea fue bien recibida.

El río Ara

El murmullo del río sonaba cerca y el calor de la tarde seguía apretando.

El espíritu aventurero seguía intacto.

Martín, por si acaso, advirtió:

—Yo no pienso meterme en esa agua helada para hacer lo de la uñeta.

Las carcajadas fueron inevitables.

Ramón no tardó en provocarle.

—No tienes narices.

Tomamos el sendero que descendía desde la carretera.

Era estrecho, pero perfectamente transitable.

A ambos lados, los prados, insultantemente verdes, parecían sacados de una película.

Antes de llegar al río escuchamos voces femeninas.

Risas.

Salpicaduras.

Al desembocar en la orilla, las vimos.

Dos chicas en bañador jugaban en un remanso del Ara, metidas hasta las rodillas, lanzándose agua y riendo.

Al vernos, se quedaron calladas por un instante.

Nosotros pasamos sonriendo.

Ellas devolvieron la sonrisa.

La guerra de agua

Y entonces ocurrió.

Nunca sabremos si fue accidental o completamente premeditado.

Toni, justo al pasar delante de ellas, resbaló… o quizá decidió tirarse de bruces al río con ropa incluida.

El chapoteo fue monumental.

Las salpicó por completo.

Lejos de enfadarse, las dos respondieron riendo y devolviéndole el ataque con más agua.

Aquello fue la chispa.

En cuestión de segundos, todos estábamos inmersos en una guerra de salpicaduras.

Risas.

Chapoteos.

Gritos.

Agua por todas partes.

Terminamos completamente empapados, riéndonos como auténticos niños.

Cuando la batalla acuática se calmó, comenzamos a hablar con ellas.

Se llamaban Sophie y Helen.

Estaban alojadas en el mismo camping con sus padres y al día siguiente regresaban a Francia.

Por suerte contábamos con nuestro intérprete particular.

Germán.

Su francés chapurreado, mezclado con gestos, palabras sueltas y muchas risas, resultó más que suficiente para entendernos.

El partido improvisado

La conversación derivó pronto hacia el fútbol.

Cuando les contamos que formábamos parte de un equipo y que nuestra excursión a Ordesa era casi una aventura improvisada, sus ojos se iluminaron.

Ellas también jugaban en el equipo de su universidad.

Y no tardaron en lanzarnos un reto.

—¿Un partido en el camping?

Helen fue todavía más allá.

—Os vamos a ganar y dar una paliza.

Aquello era una provocación en toda regla.

Aceptamos sin pensarlo.

Regresamos al camping, nos cambiamos y, poco después, aparecieron con un equipamiento casi profesional.

Nos dejaron impresionados.

Germán no jugó.

Martín ocupó su puesto natural de portero.

El resto improvisamos equipos.

Durante casi una hora corrimos, reímos y chutamos hasta la extenuación.

Al final, más que un partido, aquello terminó siendo una especie de todos contra Martín, que acabó harto de recoger balones.

Terminamos agotados.

Las duchas posteriores supieron a gloria.

Ya eran casi las nueve cuando nos disponíamos a preparar una cena ligera.

Fue entonces cuando Sophie y Helen aparecieron frente a nuestra tienda.

Germán tradujo la invitación.

Sus padres querían que fuéramos a su parcela a tomar una sangría y algo de picar.

La sorpresa fue mayúscula.

Aceptamos encantados.

Al llegar, nos recibieron con una cordialidad exquisita.

Unas manos tendidas.

Sonrisas.

Y una sangría fresquísima que nos supo a gloria.

Había también patatas fritas, sobrasada y pequeñas tapas de atún.

Charlamos un buen rato.

De dónde veníamos.

De la excursión.

De la montaña.

Y, curiosamente, sus padres nos dieron el mismo consejo que ya nos había dado Vicente.

Prudencia.

Mucha prudencia.

Nos recomendaron no ir más allá de la Cola de Caballo en esas fechas ya avanzadas de temporada.

Ellos llevaban una semana en el valle y partían al día siguiente.

Canciones bajo las estrellas

Al poco, Sophie apareció con una guitarra.

Junto a Helen comenzó a cantar unas canciones suaves en francés.

No entendíamos las palabras.

Pero daba igual.

Aquella música se fundía con la noche, con las estrellas y con el silencio de la montaña.

Fue uno de esos momentos que se quedan grabados.

Una pequeña anécdota que, con el tiempo, termina convirtiéndose en recuerdo imborrable.

Nos despedimos con educación y agradecimiento.

Unos besos.

Unas sonrisas.

Y regresamos a nuestra tienda profundamente satisfechos.

Había sido un primer día inolvidable en Torla.

Nos acomodamos de nuevo en nuestra ya habitual liturgia nocturna.

Intercalados.

Sacos y mantas.

Y dejamos que la noche hiciera el resto.

Mañana empezará otra historia

 Capítulo… Cuarto día

La primera exploración

Despertamos pronto.

El día amaneció brumoso.

Un denso velo de nubes descendía lentamente por las laderas de las montañas, envolviendo el valle en una atmósfera de misterio que parecía hecha a medida para nuestra aventura.

Aquella mañana se respiraba cierta inquietud.

Era nuestro primer contacto real con Ordesa.

Entre movimientos torpes y alguna protesta medio dormida, comenzamos a hacer malabares para salir de la tienda.

Ir al baño.

Lavarse la cara.

Preparar el desayuno.

Todo parecía formar parte de un pequeño ritual previo a la expedición.

Desayunamos rápido.

Café, galletas y leche condensada.

Después preparamos unos bocadillos con los tubos de sobrasada, llenamos las cantimploras y revisamos los utensilios que ya formaban parte inseparable de nuestro equipo.

Todo estaba listo.

La meta era clara:

explorar los primeros kilómetros hasta la puerta misma del valle.

Desde Torla-Ordesa hasta la pradera había unos ocho kilómetros.

Germán decidió quedarse en el campamento.

La senda de Turieto

El resto, ya con el plan acordado, nos pusimos en marcha en fila de a dos, avanzando por la carretera en dirección a aquellas moles de piedra que teníamos delante.

Caminábamos de frente hacia la inmensa pared de Mondarruego Mondarruego.

Levantar la cabeza imponía respeto.

Aquella muralla caliza parecía tocar el cielo.

El río Ara nos acompañaba junto al camino con su murmullo constante, como si quisiera darnos la bienvenida.

A cada paso, el valle se abría un poco más.

Las paredes de roca ascendían a ambos lados con una grandiosidad que empezaba a hacernos sentir pequeños.

Muy pequeños.

Pronto cruzamos el río por el puente de la Glera y continuamos por la margen derecha, hasta la zona de la ermita de Santa Ana.

A medida que remontábamos, el sendero se adentraba en un bosque cada vez más denso.

La bruma matinal todavía se agarraba a los árboles.

Los rayos del sol comenzaban a filtrarse entre las hojas, dibujando sombras caprichosas y destellos dorados sobre el suelo húmedo.

El ambiente tenía algo casi mágico.

Más adelante dejamos atrás la senda que seguía recta hacia Ordesa por Turieto y, sin apenas preverlo, llegamos al punto donde confluyen el río Arazas Río Arazas y el Ara.

Aquello nos desvió hacia el puente de los Navarros.

Nos detuvimos a descansar un rato.

La marcha había sido rápida, impulsada por la impaciencia de descubrir qué se escondía tras cada curva.

Los pies empezaban a protestar.

El paisaje, sin embargo, era sobrecogedor.

Un auténtico laberinto de montañas, gargantas y barrancos.

Fue Ramón, siempre el más sensato, quien nos hizo volver a la realidad.

—Por aquí podríamos perdernos —dijo mirando el entorno—. No tenemos una referencia clara.

Tenía razón.

Retrocedimos hasta recuperar la senda de Turieto, la que realmente teníamos marcada como ruta hacia la pradera.

El bosque que respira

El bosque se hizo entonces aún más espeso.

La luz se volvía tenue entre las ramas.

Había algo en aquel silencio que imponía.

Se oía el viento moviendo las copas.

El crujido repentino de alguna ardilla.

El canto lejano de un pájaro que ninguno supo identificar.

Durante unos instantes caminamos casi sin hablar.

—Parece que el bosque respira —susurró Martín.

Aquella frase, dicha casi en broma, resumía exactamente lo que todos estábamos sintiendo.

Toni, observándolo todo con los ojos muy abiertos, añadió:

—Esto es como estar dentro de una postal.

Nos sentamos unos minutos.

Sin prisa.

Dejando que la vista y el silencio recargaran el ánimo.

Las cascadas del valle

La montaña allí tenía una presencia especial.

Como si guardara historias antiguas.

Como si observara nuestros pasos.

Tras superar la subida que rodea la quebrada de los Navarros, comenzaron a aparecer las primeras cascadas.

Primero la cascada de Molinieto.

Después el salto de Tamborrotera.

Y, más adelante, el salto de los Abetos.

Fue allí donde, a lo lejos, vislumbramos por primera vez la impresionante silueta del Tozal del Mallo.

La visión nos dejó literalmente inmóviles durante unos segundos.

Parecía una fortaleza natural.

Una mole gigantesca levantándose sobre el valle.

Poco después nos detuvimos frente al monumento a Lucien Briet Lucien Briet, cuya figura parecía velar todavía por aquellos parajes.

Continuamos.

Cruzamos el puente del Fresno.

La pradera de Ordesa

Y entonces, por fin, apareció ante nosotros la Pradera de Ordesa Pradera de Ordesa.

El valle se abrió como un inmenso anfiteatro natural.

Prados verdes.

Flores diminutas que parecían pintadas a mano.

El aire más frío.

Más limpio.

Al fondo, la imponente pared de Cotatuero Circo de Cotatuero cerraba la escena con una majestuosidad difícil de describir.

—Hemos llegado —dijo Pablo.

Pero ninguno necesitaba escucharlo.

Todos lo sentíamos.

Caímos rendidos sobre la hierba.

Mirando el cielo, profundamente azul.

Después de unos segundos de silencio, murmuré:

—Creo que este sitio te cambia por dentro.

Nadie respondió.

No hacía falta.

Todos lo sabíamos.

La vuelta al camping

En la pradera apenas había movimiento.

Algunos montañeros regresaban ya del interior de Ordesa y descansaban sobre la hierba antes de emprender el camino de vuelta.

Ni siquiera sabíamos bien la hora.

El sol estaba en lo más alto, el calor apretaba con fuerza y el estómago empezaba a reclamar atención.

Agradecimos aquel descanso tras la dura caminata de la mañana.

Sacamos los bocadillos de las mochilas y, bajo la amplia sombra de un pino, nos sentamos a comer.

Frente a nosotros, la aguja del Tozal del Mallo parecía vigilarnos desde lo alto, como un centinela pétreo.

A nuestra derecha se abría el valle majestuoso, cubierto de vegetación y silencio.

Mañana lo afrontaríamos de lleno.

Solo pensarlo imponía respeto.

La prospección del primer tramo había concluido.

Era hora de regresar al camping y preparar el asalto definitivo al valle.

La tarde comenzaba a caer lentamente sobre la Pradera de Ordesa cuando decidimos emprender la vuelta.

—¿Regresamos por el mismo camino? —preguntó Martín.

—Podemos probar por carretera —respondí—. Así vemos qué recorrido sería mejor para Germán.

Nos pareció buena idea.

Avanzamos un par de kilómetros por la carretera ancha, todavía bajo un sol de justicia.

Por las laderas caían pequeños torrentes de agua fresca que aprovechábamos como duchas improvisadas.

Aquello nos devolvía algo de vida.

El sendero equivocado

Fue entonces cuando Toni divisó un sendero a la izquierda.

—Mirad, por aquí sale otro camino. Seguro que recorta y enlaza más abajo con el de esta mañana.

No hubo votación.

Lo tomamos sin pensarlo demasiado.

Al principio parecía una buena decisión.

La senda avanzaba entre hayas y abetos, estrecha pero clara.

Sin embargo, poco a poco el terreno comenzó a cambiar.

El sendero se bifurcaba entre zarzas y maleza.

A ratos desaparecía.

Volvía a surgir unos metros más adelante.

Empezó a darnos la sensación inquietante de estar girando sobre nosotros mismos.

—¿Estamos seguros de que esto baja hacia Torla? —preguntó Toni.

—Seguro —respondió Ramón.

Pero incluso su voz sonó menos convencida de lo habitual.


El mirador que surgió de la nada

De pronto, el bosque se abrió.

Y allí apareció.

El Mirador del Rey Mirador del Rey.

Un balcón natural suspendido sobre el vacío.

El valle se extendía bajo nosotros en una caída vertiginosa de roca, bosque y barranco.

Y, al frente, mucho más abajo, distinguimos claramente el camping.

Tan cerca a la vista.

Tan imposible de alcanzar desde allí.

El viento soplaba con fuerza.

Martín se quedó inmóvil.

—¿Cómo hemos llegado aquí?

Nadie supo responder.

Nos acercamos con cautela al borde.

La mezcla de vértigo, fascinación y desconcierto nos revolvió por dentro.

—Es como si el valle nos hubiera traído hasta aquí —murmuró Pablo.

Y, por primera vez, nadie se rió.


Perdidos en el bosque

El sol comenzaba ya a descender.

La situación empezaba a inquietarme.

No tanto por mí.

Por ellos.

Por la responsabilidad.

Intenté mantener la calma.

—Tenemos dos opciones:

volver por donde hemos venido…

o buscar la cuenca del río y seguirla hasta la carretera.

Decidimos retroceder por el bosque.

Pero algo había cambiado.

O quizás era solo nuestra percepción.

Los árboles parecían más cerrados.

Las raíces sobresalían como trampas.

La luz empezaba a espesarse entre las ramas.

—Ese tronco ya lo hemos visto —dijo Martín.

Nos miramos.

Lo supimos sin decirlo.

Nos habíamos perdido.

Fue Ramón quien se detuvo de repente.

Levantó la mano pidiendo silencio.

Todos callamos.

Entonces lo oímos.

Agua.

Un murmullo lejano.

—¡El río! —gritamos casi al unísono.

Aquello fue como encontrar una salida en medio del desconcierto.

Seguimos el estrecho sendero que descendía en fuerte pendiente.

Y allí apareció.

El río.

Una oleada de alivio nos recorrió por dentro.

Estábamos salvados.

O casi.

El problema era que la carretera estaba al otro lado.

Había que cruzarlo.


El agua helada

La cuenca era ancha.

No parecía demasiado profunda.

Quizá medio metro.

Muchas piedras.

La corriente no parecía fuerte.

Decidimos cruzar.

Nos descalzamos.

Las botas, atadas y colgadas al cuello.

Improvisamos bastones con ramas largas.

Toni y yo fuimos los primeros.

En cuanto metimos los pies…

—¡Madre de Dios!

El agua estaba helada.

No fría.

Helada.

Parecía cortar las piernas.

Como si el hielo te subiera desde los tobillos hasta las rodillas.

Cada paso era un esfuerzo.

Las piernas se entumecían.

La corriente empujaba.

No había vuelta atrás.

Solo avanzar.

Uno a uno fuimos pasando.

Martín, entre dientes, no dejaba de maldecir.

—Dos veces en agua helada en dos días… esto no me lo pagáis.

Aun así, todos cruzaron.

Cuando por fin estuvimos en la otra orilla, nos dejamos caer sobre la hierba.

Nos frotamos las piernas durante un buen rato hasta recuperar la sensibilidad.

La luz comenzaba a apagarse.

Seguimos por la carretera.

En silencio.

Con el cansancio ya pesando sobre todo el cuerpo.

La víspera del asalto

Y entonces apareció el camping.

Entre claroscuros.

Como una visión salvadora.

Germán salió a recibirnos.

—Estaba preocupado. Ya pensaba avisar para que os vinieran a buscar.

Durante la cena tomamos la decisión definitiva.

A la mañana siguiente iríamos al pueblo a comprar provisiones para varios días.

Después levantaríamos el campamento.

Y entonces sí.

Comenzaría de verdad el asalto a Ordesa.

Aquella noche me costó dormir.

No sé si llegué a hacerlo.

Sentía mariposas revoloteando dentro.

No sabía si eran impaciencia, miedo… o el peso silencioso de la responsabilidad.


 

Sexto día

Día D: preparativos para la conquista de Ordesa

Una mañana gris

Llegó el día.

Y amaneció completamente gris.

Una llovizna fina caía sobre el camping, empapando la hierba y cubriendo el valle con un velo plomizo.

No esperábamos aquella adversidad.

Sin embargo, la decisión ya estaba tomada.

Hoy comenzaba de verdad nuestra incursión en Ordesa.

Con más sueño que palabras, comenzamos el pequeño desfile matinal hacia los aseos, entre mochilas abiertas, ropa húmeda y el nerviosismo que ninguno terminaba de reconocer en voz alta.

La tienda la desmontaríamos al regreso de Torla-Ordesa.

Antes teníamos una misión prioritaria:

aprovisionar nuestra intendencia.

La idea era permanecer en el valle unos tres días, siempre que todo saliera como habíamos planeado.

Repartimos parte del equipaje entre varias mochilas y dejamos dos semivacías para llenarlas con víveres.

No desayunamos.

La urgencia de la jornada y la tensión podían más que el hambre.

Cerramos la tienda con el resto de nuestras pertenencias y emprendimos el camino hacia Torla.

Apenas dos kilómetros.

Sin embargo, aquella mañana parecían más largos.

Todo tenía un aire casi otoñal.

Cielo encapotado.

Olor a musgo y hierba mojada.

La lluvia fina calaba poco a poco los anoraks.

El aire fresco nos despejaba mientras caminábamos por el borde de la carretera.

Quizá para rebajar mi propia tensión, me salió del alma tararear una vieja canción de la infancia:

—Que llueva, que llueva, la Virgen de la Cueva…

Pablo se sumó enseguida entre risas.

Los demás nos miraron con esa mezcla de diversión y resignación.

Hasta que Martín, con su voz grave y su tono entre serio y burlón, soltó:

—¿Qué quieres, que llueva todavía más?

Las carcajadas aflojaron la tensión del momento.

Poco después entrábamos ya en las calles de Torla.

El desayuno de Torla

En una esquina vimos un pequeño bar-cafetería de pueblo.

De esos que parecen prometer refugio.

Entramos sin pensarlo.

Necesitábamos calor.

Y algo que llevarnos al cuerpo.

El dueño acababa de abrir.

Aún estaba colocando algunas mesas cuando nos vio aparecer, empapados, con aspecto de expedición improvisada.

Su cara fue de sorpresa.

Pero enseguida nos invitó a entrar al interior.

—Pasad, pasad… quitaos esos anoraks, que vais chorreando.

Nos preguntó qué hacíamos por allí.

Le explicamos, a grandes rasgos, nuestra intención de adentrarnos en Ordesa.

Nos miró con una mezcla de curiosidad y ternura.

—¿Queréis desayunar algo?

Antes de que pudiéramos responder añadió:

—Tengo chocolate recién hecho… y os preparo unos churros ahora mismo.

La palabra churros resonó como música celestial.

—¡¡Sí!!

No hizo falta consultar.

El hombre sonrió como lo haría un padre complacido y desapareció hacia la cocina.

Lo que llegó unos minutos después fue poco menos que un banquete.

Tazones enormes de chocolate humeante.

Dos bandejas rebosantes de churros crujientes.

Aún hoy recuerdo aquel momento como un auténtico festín.

Después de tantos días de café de sobre y desayunos improvisados, aquello nos supo a gloria.

Mojábamos los churros una y otra vez, manchándonos hasta las cejas de chocolate.

Pero también sabíamos que aquello era energía pura para la jornada que nos esperaba.

Ni un tazón quedó sin rebañar.

Ni una miga en las bandejas.

El hombre nos observaba con una sonrisa casi paternal.

Al pagar, apenas quiso cobrarnos una de las bandejas.

—Parecéis buenos chicos. Ya volveréis por aquí.

Aquel gesto nos llegó dentro.

Antes de marcharnos nos indicó dónde podíamos comprar provisiones.

La intendencia de la expedición

Un par de calles más arriba encontramos una tienda de ultramarinos donde tenían prácticamente de todo.

Compramos víveres para varios días:

tubos de foie gras, sobrasada, leche condensada, atún, pasta, macarrones, garbanzos, lentejas, sopas de sobre, café instantáneo y embutidos.

Enfrente, la panadería.

Solo tenían ocho barras de pan a aquellas horas.

Nos llevamos todas.

Regreso al camping

Con las mochilas ya bien cargadas emprendimos el regreso al camping.

La lluvia comenzaba a remitir.

Los nubarrones se abrían lentamente.

Como si el día, por fin, nos diera tregua.

Eran algo más de las once cuando regresamos.

Hicimos los trámites de despedida.

Ya solo quedaba desmontar la tienda.

Y entonces sí.

A las puertas del valle

Enfilar el camino hacia la Pradera de Ordesa.

La verdadera aventura estaba a punto de comenzar.


 Séptimo día

A las puertas del valle

El campamento quedó desmontado en apenas quince minutos.

La tienda plegada.

Las mochilas repartidas.

Todo el equipaje bien distribuido.

Y, por encima de todo, intactas las ganas y el ánimo para afrontar aquella primera etapa.

Era casi la una del mediodía.

Decidimos hacer la ruta hasta la Pradera de Ordesa por carretera.

La marcha por carretera

Aquellos tres kilómetros por asfalto resultaban mucho más razonables cargados con las mochilas que repetir las sendas del día anterior, más hermosas, sí, pero también más tortuosas.

Avanzábamos poco a poco.

La carretera discurría junto al río Ara Río Ara, ascendiendo suavemente antes de nivelarse.

Nuestros pasos acabaron acomodándose a ese ritmo monótono y casi hipnótico.

El eco del día anterior

Fue Toni quien rompió la cadencia.

—¡Mirad!

Señaló hacia la derecha, hacia lo alto.

Todos nos giramos.

Allí estaba.

Reconocible al instante.

El Mirador del Rey 

La misma pared vertical que el día anterior nos había cortado el paso.

Ramón soltó un silbido entre dientes.

—Ostras… si ayer daba vértigo desde arriba, visto desde aquí da verdadero pavor.

No exageraba.

Aquella muralla rocosa parecía un monstruo dominando el valle.

Una presencia casi amenazante.

Seguimos caminando.

Poco antes del cartel de bienvenida al parque, volvimos a distinguir la zona por donde habíamos cruzado el río el día anterior.

A todos nos recorrió un pequeño escalofrío.

Aún parecía subirnos por las piernas el recuerdo de aquella agua helada y cortante.

Unos metros más adelante apareció también la senda por donde Ramón nos sugirió “recortar”.

En cuanto la vimos, varios nos giramos hacia él.

Ramón, disimulando, comenzó a silbar mirando hacia otro lado.

La escena provocó las primeras risas.

—Ni una palabra, ¿eh? —dijo entre sonrisas.

Martín no desaprovechó la ocasión y le dio un pescozón amistoso.

Aquello alivió la tensión.

El regreso a la pradera

Tras casi una hora de marcha, bordeando el río entre laderas boscosas, la carretera desembocó finalmente en la pradera.

Nada que ver con la caminata del día anterior.

Aquella vez llegamos por la puerta grande.

El espacio se abrió de pronto ante nosotros.

La Pradera de Ordesa se extendía como una inmensa alfombra verde, rodeada de paredes de roca y montañas que parecían custodiar el valle.

Nos cobijamos bajo la sombra del mismo pino del día anterior.

Aquello casi nos hizo sonreír.

Como si ya empezáramos a sentirlo familiar.

Descargamos todo el equipaje.

Por la posición del sol debían de ser mas de las dos.

La energía del desayuno ya se había evaporado.

No estábamos especialmente cansados, pero sí hambrientos.

Era imprescindible llenar el estómago antes de adentrarnos definitivamente en el valle.

Bajo la mirada del Tozal

Y fue allí, mientras me sentaba sobre la hierba, cuando empecé a sentir el verdadero peso del momento.

A partir de ese punto dejábamos atrás la comodidad del camping.

La carretera.

El pueblo.

La seguridad.

Me vinieron a la memoria las palabras de Vicente:

“allí estaréis solos”

Aquello dejó de sonar como una advertencia lejana.

Ahora era real.

Solo contaríamos con nosotros mismos.

Con el grupo.

Con la camaradería.

Y con la montaña.

Levanté la vista hacia el imponente Tozal del Mallo.

En silencio, casi como un gesto íntimo, le pedí que nos guiara.

Que desde su atalaya nos sirviera de faro dentro del valle.

Durante unos instantes me asaltó una mezcla extraña de emoción y recelo.

Una especie de nudo en el estómago.

La duda ante lo desconocido.

La responsabilidad.

La certeza de que, a partir de ahí, ya no habría nadie para indicarnos el camino.

Fue Ramón quien me sacó de aquella abstracción.

—Jorge… como no te des prisa, tu bocadillo de chorizo se lo van a merendar las hormigas.

Miré alrededor.

Todos habían terminado ya de comer.

Estaban tumbados sobre la hierba, a la sombra del pino negro.

Toni y Pablo se incorporaron.

—¿Cuándo empezamos a caminar hacia el valle?

Los miré.

Respiré hondo.

—En cuanto reposemos un poco… y el sol baje algo más.

La respuesta era sencilla.

Pero la realidad también.

Sin más plan que seguir adelante

No había plan más allá de caminar hasta la Cola de Caballo.

Después…

ya decidiríamos.

Y quizá esa incertidumbre era, precisamente, la esencia de nuestra odisea

 Capítulo:

 Hacia lo desconocido: primeros pasos en el valle

Tras comer aquellos bocadillos y descansar un rato para coger resuello, nos cargamos de nuevo las mochilas a la espalda.

 Con un optimismo que rozaba la ingenuidad, y esa mezcla de ilusión y respeto que nos provocaba lo desconocido, comenzamos a enfilar la senda que conducía hacia la Cola de Caballo.

La puerta de Ordesa

El valle se abría ante nosotros bajo las paredes imponentes del Tozal del Mallo como una postal en policromía: un verde eléctrico cubriendo el suelo y un azul casi cobalto en el cielo, de esos que solo parecían existir en las fotografías antiguas, limpias, sin contaminación ni artificio.

Recordaba, por las referencias de mi padre, que desde la pradera hasta el umbral del bosque de hayas habría unos cuatro kilómetros, quizá una hora de marcha.

                    Pero a partir de allí, todo era nuevo para nosotros.

Todo estaba aún por descubrir.

El sonido del río Arazas nos acompañaba como un murmullo constante mientras el sendero, verde y todavía húmedo, comenzaba una ligera ascensión.

Nada más iniciar la marcha desde la Pradera, a pocos metros y a mano derecha, apareció el puente de madera que cruzaba el río hacia la Senda de los Cazadores.

Sabíamos que aquella ruta era dura y peligrosa, más aún cargados con nuestras mochilas, así que descartamos enseguida esa opción y seguimos por la senda de la izquierda, la que intuíamos más segura.

La Virgen del camino

Apenas llevábamos diez minutos de marcha, con los pulmones todavía acostumbrándose al aire puro y nuestras voces resonando entre los pinos, cuando nos topamos con una pequeña hornacina de madera.

Dentro, protegida de la intemperie, estaba la Virgen de Ordesa.

Parecía observarnos con una paciencia infinita, contemplando aquel desfile de chavales casi niños que se adentraban en la montaña con más ilusión que experiencia.

—¡Eh, mirad! La jefa del lugar —soltó Ramón, haciendo una reverencia exagerada que casi le hace perder el equilibrio.

Yo, con mi cámara Werlisa colgada al cuello, no dejé escapar el momento.

—Poneos al lado, hombre. Que la Virgen bendiga estos bocadillos, porque a este paso arriba llegamos solo con las migas.

Las risas volvieron a estallar mientras nos agrupábamos para inmortalizar aquella escena.

Quizá sin saberlo, era el último gesto despreocupado antes de que el valle empezara a mostrarnos su verdadera dimensión.

Bajo la mirada del Arazas

Seguimos avanzando junto al río Arazas, que descendía con un color turquesa casi irreal, como si alguien hubiera derramado pintura entre las piedras.

—¡Mirad esas rocas! ¡Parecen castillos! —gritó Pablo, señalando las enormes paredes que encajonaban el valle.

Por encima de ellas, dos aves planeaban en círculos.

—Son águilas —dijo alguien.

Yo alcé la vista un poco más.

—No… creo que son quebrantahuesos.

No hubo consenso, pero aquella imagen quedó grabada en mi memoria como una señal de que ya estábamos entrando en otro mundo.

Poco a poco el sendero se fue estrechando.

La luz empezó a filtrarse de otra manera.

La llamada del bosque

Las primeras hayas, altas y silenciosas, comenzaron a extender sus ramas como brazos plateados sobre nosotros.

El aire cambió de golpe.

Atrás quedaba el calor seco de la pradera.

Allí dentro todo olía a humedad, a musgo, a piedra mojada y a sombra antigua.

Fue en ese instante cuando sentí, quizá por primera vez, que estábamos cruzando un umbral fascinante.

A partir de allí, se mostraría la realidad de Ordesa.

 HACIA LO DESCONOCIDO: PRIMEROS PASOS EN EL VALLE

EL UMBRAL VERDE

La entrada al hayedo

El sendero giró suavemente hacia la derecha.

Y entonces ocurrió.

Sin previo aviso, sin transición, sin señales, el hayedo surgió ante nuestros ojos como si alguien hubiera descorrido una gigantesca cortina.

Un muro de árboles altos, rectos, de troncos plateados.

Un túnel verde que parecía tragarse la luz.

El aire cambió de golpe: más fresco, más húmedo, más… vivo.

Y ese silencio.

Un silencio que casi pesaba.

Los seis nos quedamos quietos durante unos segundos, como si hubiéramos llegado al umbral de otro mundo.

—¿Pero esto… estaba aquí? —preguntó Martín, con los ojos muy abiertos.

—Pues claro —respondió Toni—. ¿Dónde querías que estuviera?

—No sé… pero no lo he visto venir.

—Eso es porque ibas pensando en las Batuecas.

—Mis Batuecas son importantes. Me hacen reflexionar.

—Más importante es esto —dije yo, dando un paso hacia la sombra del primer corredor de hayas que marcaba la continuación del sendero.

Ramón levantó la cantimplora como si fuera un trofeo.

—Yo digo que hoy llegamos hasta donde haga falta.

—Tú llegas hasta donde te dejemos, que luego nos pierdes —respondió Pablo con sorna.

—Mi orientación es perfecta.

—Sí, sí… ya hemos comprobado tu sentido de la orientación —añadió Toni.

Las risas aligeraron el momento, pero todos sabíamos, aunque no lo dijéramos, que algo había cambiado.

Habíamos dejado atrás la pradera.

Ahora empezaba la montaña de verdad.


DENTRO DEL BOSQUE

La senda interminable

Al cruzar el límite, el sonido cambió.

El valle quedó atrás como si alguien hubiera cerrado una puerta invisible.

Dentro del hayedo, el silencio era profundo, casi sagrado.

El aire olía a tierra húmeda, a hojas viejas, a madera viva.

La luz descendía desde lo alto en haces dorados, formando columnas de polvo luminoso entre las ramas.

El suelo era una alfombra espesa de hojas color cobre y tabaco, acumuladas durante años, que amortiguaban nuestros pasos hasta volverlos casi irreales.

—Tío… esto impresiona —susurró Martín.

—Impresiona y da un poco de cosa —añadió Pablo.

—¿Cosa de qué? —preguntó Toni.

—No sé… parece que nos observan.

—¿Quién?

—Las hayas… o alguien escondido.

—Pues que miren —dijo Ramón—. Nosotros también miramos.

La senda comenzó a serpentear en interminables zetas que remontaban la ladera.

Cada curva nos hacía creer que la subida terminaría allí.

Pero al girarla aparecía otra.

Y luego otra.

Como si la montaña jugara con nuestra impaciencia.

A veces, llevados por la juventud y la falsa ilusión de ahorrar tiempo, atajábamos por el centro de aquellas zetas, subiendo casi a gatas entre raíces húmedas y hojas resbaladizas.

El bosque parecía no terminar nunca.

Todo se repetía: troncos grises, sombra fresca, olor a humedad, crujido de hojas bajo las botas.

Era como avanzar dentro de un laberinto antiguo.

—Tíos… parece que el tiempo se ha quedado atrapado aquí dentro —susurró Pablo.

Martín resopló.

—Si lo sé, no vengo.

—Ya no te puedes volver atrás —contestó Toni entre risas.

—Respirad, chavales —dijo Ramón, abriendo los brazos—. Esto es aire de verdad.

—Sí —replicó Martín—. Aire que huele a humedad.

—A naturaleza —le corregí.

—Mira hacia delante y disfruta —añadió Ramón—. No verás algo así muchas veces.

Y tenía razón.

Había algo en aquel lugar que imponía respeto.

Como si Ordesa no fuera solo un paisaje, sino un templo.


EL CLARO DE LUZ

La antesala del agua

Tras otro tramo oscuro, la senda subió ligeramente.

Y de pronto, como si el bosque hubiera decidido premiarnos, se abrió un claro luminoso.

Un círculo perfecto de luz.

El río brillando al fondo.

Y el rumor lejano del agua, cada vez más presente.

La primera cascada anunciándose antes de mostrarse.

El hayedo la rodeaba como un anfiteatro natural.

Ramón se quedó quieto.

Sin bromas esta vez.

—Vale… esto es increíble.

—Esto ya parece una entrada triunfal —dijo Toni.

—Esto es Ordesa —añadió Pablo, con una sonrisa que no le cabía en la cara.

Nos quedamos allí unos instantes, respirando hondo, dejando descansar las piernas y sintiendo que habíamos cruzado un umbral invisible.

A partir de ese punto, la excursión dejaba de ser un paseo.

Se convertía en descubrimiento.

EL REINO DEL AGUA

Las primeras cascadas de Ordesa

El susurro del agua se hacía cada vez más intenso.

Avanzábamos entre árboles que poco a poco comenzaban a abrirse, dejando pasar más luz. El aire cambió de pronto: se volvió más fresco, más húmedo, impregnado de ese olor a roca mojada que anuncia la cercanía de una cascada.

—Esto ya suena a algo serio —dijo Ramón.

—A mí me suena a que me voy a mojar —respondió Toni.

—No vendría mal un remojón —dije—. Llevamos rato caminando y las piernas lo agradecerían.

La cascada de Arripas 

El sendero giró y, de golpe, apareció ante nosotros la Cascada de Arripas.

Un salto de agua vigoroso, blanco, espumoso, precipitándose entre rocas oscuras.

El agua golpeaba con tanta fuerza que levantaba una bruma fina que nos mojaba el rostro. Entre las ramas, el sol filtraba pequeños reflejos y, por momentos, se dibujaban difusos arcoíris suspendidos en el aire.

—¡Guau! —exclamó Germán.

—Esto sí que es una bienvenida —dijo Pablo.

Nos asomamos al mirador natural, una roca plana desde la que se veía la cascada de frente. El estruendo del agua era tan poderoso que casi teníamos que gritar para escucharnos.

Reímos, bromeamos, nos salpicamos con la bruma.

Era imposible no sentir algo allí.

Emoción.

Respeto.

Pequeñez.

Como si el valle nos estuviera mostrando su primera carta.

Dejamos atrás Arripas y seguimos la senda.

El río corría a nuestro lado, cada vez más rápido, más sonoro. El sendero ascendía ligeramente entre rocas cubiertas de musgo, y el aire se volvía más frío.

El sonido del agua cambió.

Ya no era rugido.

Era un murmullo profundo, constante, casi como un tambor lejano.

De pronto, entre los árboles, apareció un destello blanco.

La cascada de la Cueva

Un segundo después se reveló la Cascada de la Cueva.

El agua descendía por una pared oscura, casi negra, formando un velo transparente que parecía suspendido en el aire.

Aquel rincón tenía algo distinto.

Más íntimo.

Más misterioso.

La luz era tenue, el eco suave, y por un momento sentimos que habíamos entrado en un lugar secreto del valle.

Seguimos avanzando.

El río comenzó a encajonarse entre paredes de roca pulida.

El sonido aumentaba a cada paso.

Más adelante, el valle parecía cerrarse sobre sí mismo.

La voz del estrecho 

Y entonces apareció la Cascada del Estrecho.

El río Arazas se precipitaba con una fuerza brutal entre dos paredes de roca, girando en un remolino sombrío y levantando espuma blanca como humo.

El estruendo era ensordecedor.

Sentíamos la vibración del agua en el pecho.

Nos quedamos allí, apoyados sobre la roca, sin decir casi nada.

Solo mirando.

Absorbidos por aquella fuerza desatada.

—Chicos —dije al fin—. Esto no se olvida nunca.

—Ni queriendo —respondió Martín.

Y tenía razón.

Porque en ese instante comprendimos que Ordesa no era solo paisaje.

Era una presencia.

Algo que te atravesaba por dentro.

Como si el valle nos susurrara:

Bienvenidos. Esto es Ordesa.


El agua que despierta

Antes de dejar la cascada del Estrecho, me aparté un poco del grupo.

El agua seguía cayendo con esa fuerza que te hace sentir pequeño, pero no de una forma triste… sino verdadera.

Me acerqué al borde lo suficiente como para que la bruma me empapara la cara.

Y ahí, sin esperarlo, me emocioné.

No llegué a llorar, pero estuve cerca.

Fue como si el agua arrastrara algo que llevaba tiempo dentro.

—¡Eh, jefe! ¿Vienes o te quedas a vivir ahí? —gritó Pablo desde lejos.

Me reí, claro.

Pero supe que ese instante no se me iba a olvidar nunca.


Caminar juntos

A veces pienso que caminar con amigos es una forma de quererse sin decirlo.

No hace falta hablar de cosas profundas.

Basta con compartir el sendero, las risas, los silencios… los bocadillos aplastados en la mochila.

Mientras los veía avanzar entre los árboles, sentí una gratitud enorme.

Por ellos.

Por el día.

Por mí mismo, por haber decidido estar allí.

Ramón, grandullón bromista, con su mochila de boy scout, parecía salido de un cuento.

Martín, refunfuñón y punzante, no perdió la sonrisa ni un segundo.

Germán, el silencioso, tenía algo de filósofo… y mucho de valiente.

Toni, con su sonrisa perpetua, seguía siendo un niño grande.

Pablo… mi hermano. Mi cómplice. Mi mejor amigo.

Y yo…

yo me descubrí más ligero, más abierto, más presente.


Lo que el bosque me dejó

Mientras caminaba, casi en silencio, comprendí algo.

El bosque de hayas no era solo un lugar.

Era un estado del alma.

Me llevaba conmigo:

el sonido del agua golpeando las rocas,

la luz dorada filtrándose entre las hojas,

la risa de mis amigos,

el silencio que me abrazó cuando más lo necesitaba.

Y, sobre todo, esa sensación extraña de que, por unas horas, todo encajaba.

Quizá mañana volvería la rutina.

Pero aquel día…

me sentía distinto.

Más yo.

Más vivo.


La salida del hayedo

Dejamos atrás el estruendo del Estrecho y, poco a poco, el sendero comenzó a transformarse.

El bosque fue perdiendo densidad, quedando atrás como un sueño verde.

La sombra fresca del hayedo dio paso a una luz más limpia.

Más dorada.

Esa luz de la tarde que acaricia las montañas y suaviza todos los contornos.

Y el valle empezó a abrirse ante nosotros con una amplitud casi sobrecogedora.

El aire cambió: más seco, más limpio, con olor a piedra y hierba.

El sendero, estrecho pero amable, parecía guiarnos sin esfuerzo.

A nuestra derecha, el río Arazas corría claro y vivo, formando pozas verdes y reflejos plateados.

Ya no nos sentíamos dentro del bosque.

Ahora estábamos dentro de algo mucho más grande.


El valle se revela

—¡Madre mía! —exclamó Toni—. ¡Esto sí que es salir al mundo!

—Parece otro planeta —dijo Pablo, mirando hacia las alturas.

—Un cuento… pero de los buenos —añadió Ramón.

—Ahora sí —dijo Pablo, más serio—. Ahora sí que estamos entrando en Ordesa de verdad.

Y tenía razón.

Hasta entonces habíamos cruzado puertas: la pradera, el bosque, las cascadas.

Pero aquel tramo era distinto.

Era como si el valle, por fin, se mostrara sin reservas.

La tarde caía despacio.

La luz se derramaba sobre los prados y las laderas con tonos dorados y cobrizos.

Todo parecía encenderse.


La primera visión

Y entonces, allá a lo lejos, lo vimos.

Al fondo, dominando el anfiteatro del circo de Soaso.

Inconfundible.

El macizo del Monte Perdido comenzaba a dibujarse en la distancia.

No era aún el protagonista absoluto del paisaje…

pero ya se intuía.

Como una promesa.

Como una llamada.

Nos detuvimos casi al mismo tiempo.

Sin decir nada.

Solo mirando.

—Ahí está… —murmuró Martín.

No sabría decir qué sentíamos exactamente.

Emoción.

Respeto.

O la certeza de estar ante algo mucho más grande que nosotros.

Quizá todo a la vez.

Seguimos caminando en silencio durante un rato, como si hablar rompiera aquel instante.

Delante, el sendero insinuaba ya el camino hacia las Gradas de Soaso.

Y el valle, completamente abierto, nos invitaba a seguir.


 Las Gradas de Soaso

El anfiteatro del agua

El sol caía oblicuo sobre las Gradas de Soaso cuando, tras el último zigzag del sendero, alcanzamos los primeros escalones de roca.

El murmullo del agua nos había ido guiando, creciendo poco a poco hasta convertirse en un canto constante, irresistible.

—¡Eh, mirad, chicos! —gritó Ramón, adelantándose—. ¡Esto es de película!

Nos precipitamos tras él, casi resbalando en los últimos metros, hasta alcanzar las gradas.

Dejamos las mochilas sobre las rocas y nos sentamos, rendidos, a contemplar aquel espectáculo.

—Esto sí que es un sitio para quedarse —dijo Ramón, estirando las piernas.

—Y para echar una cabezada con ese sonido —añadió Toni, dejándose caer.

—Ni se te ocurra —respondió Germán—. Si te duermes, te despiertas más allá de Torla.

Pablo se acercó al río, llenó su cantimplora y bebió con ganas.

—Está helada —dijo, sonriendo.

—Viene de algún glaciar —respondió Germán, mirando hacia las alturas.

—Pues ese glaciar tiene buen gusto —replicó Pablo.


Un valle que respira

El río se deslizaba en escalones perfectos, encadenando pequeñas cascadas que caían unas sobre otras en un movimiento continuo.

La última formaba una gran poza donde el agua se abría al sol como un abanico de reflejos.

El valle se desplegaba allí como un anfiteatro natural.

A la izquierda, torrenteras de plata descendían serpenteando por la ladera hasta perderse en el río.

A la derecha, las paredes cubiertas de pinos trepaban hacia lo alto, donde se intuía la faja de los Cazadores.

Solo pensarlo me recorrió un leve escalofrío.

El aire era tan limpio que parecía nuevo.

Y el valle, abierto hacia el fondo, dejaba entrever, aún lejana, la promesa de la Cola de Caballo.

Durante unos minutos permanecimos en silencio.

Simplemente mirando.

Escuchando.

Respirando.


El juego del río

—¿Quién viene a saltar el río? —propuso Ramón de pronto—. Vamos a ver qué hay al otro lado.

—¿Saltarlo? —preguntó Toni—. ¿Por las piedras?

—Claro.

—¿Y qué buscamos? —dijo Pablo.

—Vete a saber —respondió Ramón, riendo.

—Entonces no merece la pena —sentenció Martín.

Pero ya era tarde.

Ramón había dado el primer salto.

Una piedra.

Luego otra.

Luego otra más.

El agua salpicaba, el equilibrio era precario, y los gritos empezaron a volar.

—¡Vamos, equilibrista! —gritó Germán.

—¡No mires abajo! —añadió Pablo.

—¡Ni arriba! ¡Mira dónde pisas! —remató Toni.

Ramón llegó a la mitad del río, levantó los brazos en señal de victoria…

…y resbaló.

Un chapuzón limpio. Directo. Perfecto.

Las carcajadas estallaron al unísono.

—¡Madre mía! —gritó Pablo—. ¡Salto olímpico!

—¡Y sin medalla! —añadió Germán.

—¡Ni dignidad! —remató Toni.

Ramón salió del agua chorreando, muerto de risa.

—¡Está buenísima! —dijo—. ¡Fría, pero buenísima!

—Pues ya que lo dices… —respondió Toni.

Y en cuestión de segundos, todos estábamos saltando de piedra en piedra.

Resbalones.

Salpicones.

Gritos.

Risas.

El valle entero parecía vibrar con nosotros.


Risas en el corazón del valle

Cuando por fin volvimos a sentarnos, empapados y felices, el sol empezaba a esconderse tras las montañas.

El aire olía a hierba mojada y a cansancio bueno.

—Esto sí que es vida —dijo Germán, mirando el río.

—Esto sí que es Ordesa —añadí.

—Y esto sí que es frío —dijo Ramón, temblando.

—Pues antes te quejabas del calor —le respondió Toni.

—Ya… pero ahora echo de menos el bosque.

Reímos otra vez.

El agua seguía cayendo, constante, eterna, ajena a todo.

Como si el valle, en silencio, nos hubiera aceptado por un momento en su juego…

antes de dejarnos continuar hacia la Cola de Caballo


 

HACIA LA NOCHE EN SOASO

El aviso de la tarde

Antes de dejarnos continuar hacia la Cola de Caballo… eso quedaría para mañana.

Entretenidos con nuestros juegos y risas en las Gradas, no nos dimos cuenta de que la luz había cambiado.

El sol, ya bajo, doraba las paredes del valle con ese tono cálido que solo aparece cuando el día empieza a despedirse.

Fue entonces cuando caímos en la cuenta.

No habíamos pensado dónde dormir.

Nos miramos unos a otros.

El circo de Soaso se extendía ante nosotros, inmenso… y la Cola de Caballo aún quedaba lejos.

—Tenemos que buscar un sitio —dijo Germán, levantando la vista hacia un cielo que empezaba a apagarse.

—Sí… pero ¿dónde? —respondió Toni, esta vez sin su tono habitual de broma.

La senda de regreso ya era una sombra.

Volver no era opción.

Así que miramos hacia la ladera opuesta a las Gradas.

Una pendiente amplia, pedregosa, irregular… cubierta de hierba alta y pequeños montículos que subían hacia la montaña como una invitación silenciosa.

No había mucho que pensar.

Era eso… o nada.

Y hacia allí fuimos.


La ladera inquietante

Subimos despacio, tanteando el terreno con las botas.

Buscábamos un rincón más o menos plano, algo donde no rodar ladera abajo mientras dormíamos.

El viento empezó a cambiar.

Traía ese olor a piedra fría que anuncia la noche.

Y entonces lo vimos.

Primero una tela.

Luego un color extraño.

Después… la forma.

Una tienda de campaña destrozada.

Hecha jirones.

Como si hubiera sido abandonada a su suerte durante años.

La lona colgaba rasgada, movida por el viento como piel vieja.

Alrededor, esparcidos por la hierba, había restos:

    • una mochila abierta, reventada
    • unas zapatillas húmedas y olvidadas
    • un bastón partido
    • trozos de cuerda
    • una taza metálica oxidada

Nos quedamos quietos.

Los seis.

Sin decir nada.

El viento agitó uno de los jirones…

y ese simple movimiento nos recorrió la espalda como un escalofrío.

—Yo aquí no duermo —dijo Toni, serio por primera vez en mucho rato.

—Ni yo —añadió Pablo, mirando alrededor con inquietud.

La montaña… parecía observarnos.


La retirada silenciosa

Nos alejamos sin discutirlo.

No corrimos, pero casi.

El silencio era distinto ahora.

Más tenso.

Más pesado.

—Seguro que fue una tormenta —intenté decir.

—O un oso —añadió Germán, sin demasiada convicción.

—O alguien que se fue con prisa… —murmuré.

Pero nadie se creyó ninguna explicación.

Y tampoco queríamos hacerlo.

Seguimos bordeando la ladera, buscando algo… cualquier cosa que nos diera un poco de seguridad.

Y entonces apareció.


El refugio inesperado

Una enorme piedra desprendida, caída quién sabe cuándo desde lo alto del valle.

Un bloque gigantesco, inclinado, formando una especie de visera natural.

Debajo, un espacio seco.

Protegido.

Y lo más sorprendente…

una pequeña pared de piedras colocadas a mano.

—¡Mirad eso! —exclamó Pablo.

—Esto lo han usado pastores fijo —dijo Ramón.

—Mira la pared… eso no lo hace la naturaleza —añadí.

Nos acercamos.

Inspeccionamos el lugar.

—Aquí sí… —dijo Pablo, soltando el aire.

—Esto es otra cosa —añadió Ramón, tocando las piedras.

—Parece un refugio de verdad —dijo Martín, ya más tranquilo.

Y lo era.

Humilde.

Rudimentario.

Pero suficiente.

Aquella noche… sería nuestro hogar.


El colchón de hierba

El suelo estaba seco, pero duro.

Piedras, polvo… alguna raíz.

—Aquí no dormimos ni de broma —dijo Toni.

—Pues habrá que arreglarlo —respondí.

—¿Cómo?

—Con esto —dijo Ramón, arrancando un manojo de hierba.

Y empezó la operación.

Arrancamos hierba a puñados.

La doblábamos, la amontonábamos, la extendíamos.

El olor era intenso: a campo, a verano, a vida.

Poco a poco, el suelo cambió.

De duro… a mullido.

De incómodo… a casi acogedor.

—Oye… pues no está nada mal —dijo Pablo.

—Esto es ingeniería rural —añadió Germán.

—Esto es supervivencia —dijo Toni.

—Esto es no dormir sobre piedras —remató Ramón.

Cuando terminamos, aquello parecía un pequeño nido verde bajo la roca.

Un refugio.

Nuestro refugio.


 LA NOCHE BAJO LA ROCA

Bajo el cielo de Ordesa

Cuando cayó la noche del todo, el valle se transformó.

Las estrellas fueron apareciendo una a una.

Primero tímidas… luego incontables.

El río, allá abajo, seguía sonando.

Profundo. Constante.

Como un latido.

Nos sentamos bajo la visera de roca, hombro con hombro.

Compartiendo el frío.

El cansancio.

Y un silencio que ya no era miedo…

sino respeto.

—¿Os imagináis a los pastores durmiendo aquí? —preguntó Pablo.

—Con lobos rondando… —añadió Ramón.

—Y sin linternas —dijo Martín.

—eran muy valientes   —remató Germán.

Reímos.

La tensión se rompió.

Y pensé, mirando la roca sobre nuestras cabezas:

"Hoy dormiremos bajo ésta roca, donde seguro otros durmieron mucho antes…"

"¿Cuántas historias guardan y  podrian contar estas piedras?"


La cena y el frío

Sacamos los bocadillos.

Cenamos casi en silencio, bajo esa luz  azulada con la que la  luna iluminaba el valle.

—Esto es mejor que el camping —dijo Pablo.

—Aquí no hay vecinos roncando —añadió Toni.

—Ni duchas —dijo Ramón.

—Ni falta que hace… ya nos duchó el río —respondió Germán.

El frío llegó sin avisar.

Seco. Directo.

 Intentamos acomodarnos recostados sobre las mochilas y al calor de nuestros cuerpos

La noche ya era completa.


Los ruidos de la oscuridad

                   Y entonces… comenzaron.

Pequeños sonidos.

Un leve crujido.

Un roce sobre la piedra .

Algo moviéndose cerca 

—¿Qué ha sido eso? —susurró Martín.

—será un zorro… —dijo Ramón.

—O un rebeco…

—O un monstruo del valle —añadió Toni.

—Toni, por favor… —murmuró Pablo.

El ruido se repitió.

Más cerca.

Contuvimos la respiración.

Encendí la linterna.

Unas sombras aparecieron.

Pequeñas.

Avanzando despacio…

—¡Ahí viene! —susurró Toni.

—¡Calla! —dijo Germán.

Las sombras dieron  un paso más…

Y resultaron  ser…

Un par de  ratoncillos.

Nos miraron .

Tranquilos. Indiferentes.

Y desaparecieron entre la hierba.

Silencio.

Dos segundos.

Y estallamos en carcajadas.

—¡El monstruo del valle! —gritó Ramón.

—¡Nos ha atacado! —añadió Pablo.

—¡Yo casi me muero! —dijo Toni.

—Sí… de miedo —remató Germán.


El descanso

La noche siguió tranquila.

El viento silbaba.

El río susurraba.

Y nosotros, acurrucados sobre aquel colchón de hierba, bajo la gran piedra…

creo que nos dormimos.

Con una sensación nueva.

No era solo cansancio.

Era algo más.

Era estar viviendo algo que sabíamos —aunque no lo dijéramos—

que no olvidaríamos nunca.


LA PIEDRA QUE NOS COBIJÓ

Del refugio improvisado hacia la Cola de Caballo

El amanecer bajo la roca

Cuando desperté, unos tímidos rayos de luz se filtraban entre las rendijas de la gran piedra.
No entraban de golpe… se colaban despacio, como si no quisieran molestarnos, anunciando que el valle volvía a la vida.

El aire era frío.
De ese frío limpio que despeja la cabeza.

Mis compañeros seguían medio dormidos, desparramados sobre aquel colchón improvisado.
Alguno roncaba con entusiasmo.
Las posturas… eran cualquier cosa menos cómodas.

—Eh, chicos… —dije en voz alta—. Que ya es de día.

Toni fue el primero en reaccionar, quejándose sin abrir del todo los ojos:
—No puedo levantarme… estoy doblado. Tengo la espalda hecha polvo.

Ramón no tardó en sumarse:
—Pues yo he dormido sobre erizos… fijo.

Desde el fondo, la voz de Martín, aún atrapado en su mundo:
—¿Queréis callaros… y dejar dormir?

Germán, más despierto de lo que parecía, remató:
—Aquí hemos venido a disfrutar… no a hibernar. ¡Arriba, perezoso!

Las risas empezaron a abrir la mañana.


La primera mirada al valle

Pablo y yo salimos primero.

La noche anterior apenas habíamos visto dónde estábamos.
Todo había sido intuición, prisa… y un poco de suerte.

Subimos una pequeña loma junto al refugio.

Y entonces lo vimos.

La ladera era un caos de piedra: pedruscos de todos los tamaños, como si la montaña hubiera dejado caer allí parte de su historia.
Un paisaje áspero… pero vivo.

Sobre nuestras cabezas, dos grandes aves planeaban en círculos.
Majestuosas.

—¿Buitres? —preguntó Pablo.
—Podrían ser… o águilas —respondí—. Desde aquí es difícil saberlo.

Pero lo importante no eran ellas.

Era lo que teníamos delante.

El circo de Soaso.

Inmenso.
Cerrado como un anfiteatro natural.
Perfecto.

Y en uno de sus extremos…
cayendo con elegancia casi irreal…

la Cola de Caballo.

—Jorge… esto es de película —dijo Pablo en voz baja.

—Y pensar que papá y Sergio estuvieron aquí… —añadió—.
—Ya lo creo… —respondí—. Esto hay que contarlo. No se lo van a creer…
—Sobre todo lo de dormir bajo una piedra… —rió.

Nos quedamos un momento en silencio.

Respirando.

Guardando ese instante.


Decisiones al comenzar el día

El día prometía.

Cielo limpio.
Azul intenso.
Frío aún… pero con sol de sobra para templarlo todo.

El río sonaba abajo, constante, como si nos recordara que el mundo seguía girando, aunque nosotros hubiéramos pasado la noche en un refugio improvisado.

Volvimos junto al grupo.

Ya estaban todos en pie, estirándose como podían.

—Primero el río —dijo Toni—. Urgente.

No hubo discusión.


El plan toma forma

De camino al río, Pablo y yo lanzamos la idea:

—¿Y si usamos la piedra como base? —propuse—.
—Un par de días… sin montar tienda.

Germán fue el primero en asentir:
—Tiene sentido.

Martín, tras pensarlo un segundo:
—Sí… no está mal.

Toni y Ramón dudaron más.

—Vale… —dijo Toni—, pero con una condición.
—Engordamos el colchón —remató Ramón—. Más hierba. Mucha más.

—Hecho —respondimos.

Quedó sellado.

Aun así, sabíamos que el valle tenía más cosas que enseñarnos.
Y que todo dependía de lo que encontráramos más arriba.

Pero aquella piedra…
nos daba algo importante:

seguridad.

Un punto fijo.
Un pequeño hogar en mitad de la montaña.


Rumbo a la Cola de Caballo

Nos adecentamos en el río como pudimos.
El agua, helada, terminó de despertarnos.

Desayunamos algo rápido: café, leche condensada, galletas.
Sencillo… pero suficiente.

Recogimos lo justo.

Y nos pusimos en marcha.

—Cuando lleguemos arriba, comemos —dijo Pablo.
—Y exploramos —añadió Toni.

El plan era simple.

Llegar a la Cola de Caballo.
Y dejar que el valle decidiera el resto.

Porque ya habíamos aprendido algo:

en Ordesa…
no mandas tú


CAMINO A LA COLA DE CABALLO: LA MONTAÑA DESPIERTA

Cuando el valle se abrió

Y así, entre bromas y algo de inquietud, recogimos nuestras mochilas y enfilamos de nuevo el sendero.

La subida desde la gran piedra tenía algo de enigma. No porque fuera especialmente dura, sino porque a cada paso parecía descorrer una cortina invisible.

El aire aún era frío, recién nacido.
La pradera olía a rocío y a hierba húmeda.

Para nosotros, aquello era colosal.
Como entrar en un mundo que no sabíamos que existía.

El sol comenzaba a colarse entre las paredes del valle, prendiendo el sendero con una luz suave, dorada, que hacía brillar cada gota de la mañana.

El río nos acompañaba.
Y sonaba distinto al del día anterior.
Más profundo. Más presente.
Como si quisiera caminar con nosotros.

—Eh… mirad eso —dijo Ramón, señalando hacia lo alto sin mucha precisión.

—Sí… ahí, en esa repisa —añadió Toni.

Alzamos la vista.

Un grupo de sarrios permanecía inmóvil sobre una cornisa, observándonos.
Nos quedamos quietos.

—Nos están estudiando —murmuró Germán.
—Normal —respondió Martín—. No habrán visto nunca a seis novatos tan perdidos.

Los animales nos sostuvieron la mirada unos segundos…
y después desaparecieron con una elegancia silenciosa, como si nunca hubieran estado allí.

Seguimos caminando, señalándolo todo.
Las paredes.
El cielo limpio, casi irreal.
La inmensidad.

El valle se abría poco a poco, como un libro que nadie nos había enseñado a leer.

El camino picaba un poco hacia arriba y la respiración empezaba a notarse.
El silencio se rompía solo por nuestras botas y algún resoplido mal disimulado.

—Vale… si esto sigue así, yo paro —dijo Martín.
—Tú paras siempre —respondió Toni.

La senda se volvió más amable.
Más horizontal.
Más abierta.

Y entonces ocurrió.


La revelación: la Cola de Caballo

Sin aviso.
Sin transición.

El valle terminó de abrirse… y allí estaba.

La Cola de Caballo.

El agua descendía desde lo alto, blanca, constante, antigua.
Como si llevara siglos cayendo… y nosotros hubiéramos llegado justo a tiempo para verla.

Nos detuvimos.

No por decisión.
El cuerpo simplemente no supo avanzar.

—Madre mía… —susurró Ramón.
—Parece que cae desde el cielo —dijo Pablo.
—Yo no sabía que existían cosas así… —añadió Martín, sin apartar la vista.

Germán lo resumió con una media sonrisa:
—Es una cola de caballo de verdad… pero gigante.

El sonido lo llenaba todo.
No era ruido.

Era una presencia.


El instante con mi padre

Me acerqué a uno de los extremos de la cascada.
Extendí la mano y dejé que el agua fría golpeara mi piel.

Y entonces me vino él.

Mi padre.

Recordé sus palabras, tantas veces repetidas:

—“Si te quedas en silencio… y escuchas bien… el agua acaba hablándote.”

Cerré los ojos.

El sonido de la cascada lo ocupaba todo.

Y por un instante —solo un instante— tuve la sensación de que estaba allí conmigo.

No era nostalgia.

Era algo más hondo.

Como si, de alguna forma, estuviéramos compartiendo el mismo lugar…el mismo lugar, aunque el tiempo no coincidiera.

Supe entonces que no había llegado hasta allí solo por aventura.

Y que, cuando volviera, tendría algo importante que contarle.

Abrí los ojos despacio.
Miré el agua caer.
Y por primera vez en todo el viaje… no dije nada.


El descanso junto al agua

Rodeamos la poza despacio, casi con respeto.
El aire húmedo nos golpeaba la cara con pequeñas gotas heladas.

El sol ya empezaba a calentar la roca.

Nos sentamos sin decir mucho.
No hacía falta.

Por un momento, todo se detuvo.
Solo la cascada seguía hablando.

Hasta que Germán rompió el hechizo:

—Oye… ¿comemos algo o qué?

Nos miramos y sonreímos.

En cuestión de minutos estábamos cortando pan, untando foie-gras, chorizo…
Comiendo allí mismo, junto a la cascada.

Entre risas.
Entre miradas que todavía volvían al agua.


El hombre del mulo

—Eh… mirad —dijo de pronto Pablo.

Giramos la cabeza.

En la ladera opuesta, descendía un hombre con un mulo cargado.
Bajaba despacio, siguiendo un sendero que zigzagueaba montaña abajo.

Nos quedamos observándolo.

—¿De dónde vendrá? —preguntó Ramón.
—Y a dónde irá… —añadí.

—¿Y si nos estamos metiendo donde no debemos? —dijo alguien en voz baja.

Cuando llegó a nuestra altura, lo saludamos.

—Buenos días —saludamos casi a la vez. —

El hombre nos miró con una media sonrisa.

—¿Qué hacéis por aquí? ¿Os habéis perdido?

—Casi —respondió Ramón, sin perder el tono.

Toni dio un paso adelante:

—Le hemos visto bajar por ese sendero… ¿de dónde viene?

El hombre señaló hacia arriba con la barbilla.

—De Góriz. He ido a recoger unas cosas del refugio.

Nos miramos.

—¿Queda muy lejos? —pregunté.

—Unos cuatro kilómetros… pero todo subida.

Hizo una pequeña pausa.

Nos miró un momento, evaluándonos.

—No es difícil… pero tampoco es un paseo. Si pensáis ascender, id con cuidado.

Luego añadió:

—Si subís, seguid las marcas. Piedras con pintura roja y azul. No tiene pérdida.

Le dimos las gracias.

Y nos quedamos mirándolo mientras se alejaba, con el mulo avanzando tranquilo por el sendero.


La llamada

El silencio se quedó unos segundos con nosotros.

Miramos hacia arriba.

Hacia ese camino que hasta entonces no existía.

—¿Y si subimos? —dijo alguien.

Nadie respondió.

Pero ninguno apartó la mirada.

Porque en el fondo, todos lo estábamos pensando.

Góriz ya no era una idea.

Era una llamada

LA SUBIDA A GÓRIZ

Donde la montaña empieza a exigir

Decidido.

Sin más palabras, recogimos lo poco que habíamos sacado para comer y ajustamos las mochilas.

Cruzamos el viejo puente de madera sobre el río y, nada más pisar la otra orilla, el sendero se alzó ante nosotros sin contemplaciones: estrecho, pedregoso, dibujando zetas que se perdían ladera arriba.

Miré una última vez hacia la Cola de Caballo.

Luego, hacia arriba.

—Pues ya está —dijo Ramón—. Ahora sí que empieza lo bueno.

—Y lo duro —añadió Martín.

Dimos el primer paso.

Y en ese instante, sin necesidad de decirlo, todos entendimos que aquello ya no iba a ser un paseo.


Los primeros metros: una falsa tregua

Al principio, el camino engañaba.

Subía, sí… pero con cierta amabilidad.

Las piernas respondían, el ritmo era llevadero, y aún quedaba espacio para bromas.

—Oye… pues tampoco es para tanto —dijo Toni—. El del mulo exageraba.

—Dale cinco minutos —respondió Germán.

Se los dimos.

Y tenía razón.


Cuando la montaña se pone seria

La pendiente cambió sin avisar.

El sendero se empinó con una crudeza que no esperábamos, estrechándose entre roca caliza y tierra suelta. Los guijarros resbalaban bajo las botas, obligándonos a clavar cada paso.

—¡Cuidado! ¡Mirad bien dónde pisáis! —grité.

—Y no solo eso —añadió Ramón desde delante—. Esto se pone serio… vamos despacio.

Nos colocamos en fila, más juntos, más atentos.

El peso de las mochilas empezó a hacerse notar. La respiración se volvió corta, irregular.

Toni y Ramón, más fuertes, abrían camino unos metros por delante.

Detrás, Pablo, Martín y yo tirábamos de Germán, que empezaba a quedarse.

Apenas llevábamos un tercio de la subida… y las zetas seguían dibujándose una tras otra, sin final visible.

Mirar hacia arriba cansaba.

Mirar hacia abajo imponía.

El valle empezaba a alejarse… y con él, la sensación de seguridad.


El esfuerzo y la duda

El sol caía con fuerza sobre la ladera.

El silencio cambió.

Ya no era ese silencio bonito del valle…

Era un silencio pesado, lleno de respiraciones, de pasos arrastrados, de esfuerzo.

Solo el eco lejano de la cascada seguía acompañándonos.

La montaña ya no enseñaba.

La montaña exigía.

La densidad del aire era menor y costaba mantener una respiración regular.

Cada paso costaba.

Cada apoyo había que pensarlo.

Germán se detuvo.

Respiraba con la boca abierta, agobiado, sin poder seguir el ritmo.

Nos miramos.

No hizo falta hablar.

Repartimos su carga entre Pablo y yo.

Martín, sin decir nada, le ayudaba empujándolo suavemente en las zonas más duras.

Seguimos.

Más lentos.

Más conscientes.

Más unidos.


Las zetas interminables

Las curvas se repetían una y otra vez.

Cada giro parecía el último.

Pero no lo era.

Siempre había otra más arriba.

—¿Queda mucho? —preguntó Germán, casi sin aire.

—No… ya casi —respondí.

Ni yo mismo me creía.

—No te lo crees ni tú —murmuró Martín.

Pablo intentó animar:

—¡Vamos! Esto no puede durar mucho más.

Nos detuvimos.

Nos sentamos sobre las mochilas.

Y entonces miramos.


El valle desde arriba

Lo que vimos nos dejó en silencio.

La Cola de Caballo… ahora era una miniatura blanca al fondo del circo.

Las sendas por las que habíamos caminado… simples líneas dibujadas sobre la pradera.

Las paredes del valle, recortadas, gigantes, formando un anfiteatro imposible.

Todo parecía irreal.

Lejano.

Como si ya no perteneciera al mismo mundo.

Y ahí, en ese descanso, aparecieron los pensamientos.

—¿Habrá sido buena idea esto de subir a Góriz?

No lo dije en voz alta.

Pero estaba ahí.

Flotando.

Las palabras de Vicente volvieron a mi cabeza, insistentes.

Pablo rompió el momento:

—Cuando lleguemos arriba… yo me tiro al suelo y no me levanto en una hora.

—Eso si llego —respondió Germán, medio sonriendo.

Martín resopló.

—Venga… que se nos hace de noche aquí.


El último esfuerzo

Nos levantamos.

Cargamos de nuevo.

Y seguimos.

El descanso nos había dado un poco de aire… pero la montaña no aflojaba.

El calor, el sudor, la pendiente y las piedras sueltas lo hacían todo más duro.

Las zetas continuaban.

Una.

Otra.

Otra más.

Hasta que, de pronto…

Aparecieron.

Ramón y Toni, bajando hacia nosotros desde una curva más alta, con una sonrisa que no dejaba lugar a dudas.

—¡Chicos! —gritó Ramón—. ¡Ya estamos arriba!

—¡Esa es la última! —añadió Toni—. Luego se aplana… ¡se acaba la subida!

Aquello fue como un golpe de energía.

Sin pensarlo, apretamos los dientes y atacamos la última curva.

Cuando por fin superamos la zona de roca suelta, el viento nos golpeó de lleno. Un viento frío, limpio, que venía de las alturas. Nos despeinó, nos secó el sudor, nos despertó de la pesadilla.

Nos dejamos caer.

Como fardos.

Sin hablar.

Solo respirando.

Pero sabiendo que algo importante acababa de pasar 


EL BALCÓN DE SOASO

Donde el esfuerzo se transforma en asombro


La última curva

Una vez superada la última zeta, todo cambió.

Sin aviso.

El sendero dejó de empinarse y se estiró ante nosotros, más dócil, más humano, como si la montaña, por fin, nos concediera una tregua.

Y el aire…

El aire era distinto.

Más limpio.

Más ligero.

Más amplio.

Nos detuvimos casi al mismo tiempo.

No por cansancio —que lo había—, sino porque algo nos obligó a parar.

A mirar.

A entender dónde estábamos.


El valle desde otra dimensión

Allí abajo quedaba todo.

El circo de Soaso, abierto como un anfiteatro inmenso.

La Cola de Caballo, ahora pequeña, delicada, casi irreal.

El río Arazas, serpenteando como un hilo de plata entre la pradera.

—No puede ser… —murmuró Pablo—. ¿Todo eso lo hemos caminado?

Nadie respondió.

Porque no hacía falta.

Lo que antes nos parecía gigante… ahora cabía en una mirada.

Y por primera vez sentimos la altura de verdad.

No como vértigo.

Sino como distancia.

Como perspectiva.

Como si hubiéramos salido del valle… sin dejar de estar dentro.


El camino suspendido

La senda continuaba ahora casi horizontal, tallada en la ladera.

A un lado, la montaña: lomas pedregosas, bloques sueltos, trazos duros de caliza.

Al otro, el vacío abierto del valle.

Pero ya no imponía como antes.

Era otra sensación.

Más serena.

Más natural.

Caminábamos despacio, sin prisa, como si quisiéramos guardar cada paso.

De vez en cuando, buscábamos las señales: piedras marcadas en azul y rojo que nos confirmaban que seguíamos en el camino correcto.

El sol de la tarde caía oblicuo, encendiendo las paredes con tonos dorados y cobrizos.

El viento soplaba suave.

Y el silencio…

ese silencio grande…

ya no incomodaba.

Acompañaba.


La primera revelación

Y entonces ocurrió.

No de golpe, sino poco a poco.

Como si la montaña quisiera dosificar el impacto.

Detrás de unas lomas, al fondo… apareció.

Primero una forma.

Luego una línea.

Después, una presencia.

El macizo del Monte Perdido.

Las Tres Sorores dibujándose contra el cielo.

Nos detuvimos otra vez.

Esta vez sin bromas.

—Ahí está… —dijo Martín, casi en un susurro.

—Qué diferente se ve desde aquí… —añadió Ramón.

—Madre mía… —murmuró Toni.

Algo en nosotros entendió, sin necesidad de palabras, que aquello no era solo una montaña.

Era otra cosa.

Un destino.

Una promesa.

Quizá incluso… un reto.


El silencio compartido

Seguimos caminando.

Pero algo había cambiado.

Las bromas seguían, sí… pero más suaves.

Más espaciadas.

Como si nadie quisiera romper aquel momento.

Como si todos estuviéramos escuchando algo.

El viento.

El valle.

O quizá… a nosotros mismos.

Sentí entonces algo difícil de explicar.

No era cansancio.

No era emoción.

Era una mezcla de paz… y respeto.

Como si la montaña, después de ponernos a prueba, nos hubiera dejado pasar.


Antes de Góriz

La senda avanzaba ahora con suavidad, abrazando la ladera.

Sabíamos —sin saberlo del todo— que Góriz estaba cerca.

En ese nuevo mundo al que acabábamos de entrar.

Más arriba.

Más cerca de todo.

Más lejos de lo conocido.

Y por primera vez desde que empezamos a subir…

nadie preguntó cuánto quedaba.

Porque ya no importaba.

Habíamos cruzado algo invisible.

Una frontera.

Y  lo sabíamos. 


Góriz — El silencio inesperado

El sendero siguió avanzando suave, el pedregal, dio paso a un pasto de montaña.

Después de todo el esfuerzo, aquel tramo era una tregua final.

Las piernas aún pesaban, pero ya no dolían igual.

Era una fatiga distinta… más profunda, más reposada.

—Tiene que estar cerca —dijo Ramón, mirando al frente como si pudiera adivinarlo.

No respondimos, pero todos lo deseábamos.

Góriz.

El nombre había ido creciendo dentro de nosotros durante toda la subida.

Como una promesa.

Como un premio.

Un refugio.

Un lugar con vida.

Con gente.

Con calor.

El sendero giró suavemente entre unas lomas suaves, y entonces…

Apareció.

Primero el tejado.

Luego la forma entera del refugio, apoyado sobre la piedra como si llevara siglos allí.

—¡Ahí está! —gritó Toni.

El impulso fue inmediato.

Aceleramos el paso, como si de repente el cansancio hubiera desaparecido.

Como si todo terminara justo allí.

Algo no encaja

Aunque a medida que nos acercábamos… algo no encajaba.

No se oían voces.

No se veía movimiento.

No había humo.

Ni mochilas.

Ninguna tienda montada alrededor.

Nada.

El viento corría libre sobre el altiplano, sin obstáculos.

—Qué raro… —murmuró Pablo, bajando el ritmo.

Llegamos.

El vacío

Y entonces lo entendimos.

La puerta cerrada.

Las ventanas apagadas.

El silencio.

Un silencio total.

Nos detuvimos frente al refugio sin saber muy bien qué hacer.

Como si hubiéramos llegado demasiado tarde… o demasiado pronto.

—¿No hay nadie? —preguntó Martín, en voz baja.

Nadie respondió.

Porque la respuesta estaba allí.

En ese vacío.

Solo nosotros

En ese lugar inmenso, en la misma base de Monte Perdido, abierto, rodeado de piedra y cielo, donde de pronto…

solo estábamos nosotros.

El viento nos rozó la cara.

Y por primera vez en todo el viaje…

sentimos algo distinto.

No era cansancio.

No era emoción.

Era una mezcla extraña de soledad, respeto…

y un leve, casi imperceptible, estremecimiento


LA LLEGADA A GÓRIZ

Donde la inmensidad se vuelve real

Estábamos por fin allí.

El último tramo se nos había hecho largo, más de lo que esperábamos, pero cuando la senda dejó de empinarse y el horizonte se abrió, supimos que habíamos llegado.

Góriz.

Un refugio de piedra, pequeño, solitario… plantado en medio de un mundo que no parecía de este tiempo.

Fuimos llegando uno a uno, en fila, arrastrando el cansancio.

Las mochilas cayeron al suelo como fardos.

Y después, nosotros.

Nos dejamos caer sobre la pradera, jadeando, con la piel tatuada por ese sol furtivo de la montaña, mirando al cielo donde empezaban a acumularse nubarrones oscuros sobre las alturas del Monte Perdido, cuya cima apenas se intuía entre brumas.

Ninguno dijo nada.

Solo respirábamos.

Solo mirábamos.

Solo intentábamos comprender dónde estábamos.


El golpe del silencio

En aquel momento  lo percibimos del todo claro.

No había nadie.

Ni una sola tienda.

Ni un alma.

El refugio… cerrado.

Todo alrededor, completamente vacío.

—No hay nadie… —murmuró Pablo, casi sin voz.

Y esa frase, tan simple, cayó como una losa.

En ese instante todos pensamos lo mismo, aunque nadie lo dijera:

¿Cómo es posible?

¿Dónde estaban los montañeros?

¿Los que subían al Perdido?

¿Los que bajaban?

Habíamos cruzado con poca gente durante el camino… sí.

Pero todos venían de vuelta.

Ahora lo entendíamos.

Y no nos gustaba lo que empezábamos a intuir.


Un mundo que no era el nuestro

Aquello no se parecía a nada que conociéramos.

Nosotros veníamos de otro mundo.

De calles llenas de ruido.

De semáforos.

De tiendas.

De bares donde siempre había alguien.

Nuestro “campo” había sido un parque… o, como mucho, un campo de fútbol.

Y ahora…

Ahora estábamos allí.

En medio de un océano de piedra y pradera.

Sin señales.

Sin referencias.

Sin nadie.

Solo montañas.

Montañas inmensas, desconocidas, que no sabíamos nombrar.

Senderos sin carteles.

Horizontes que no terminaban en ninguna parte.

Y un silencio…

Un silencio que no habíamos escuchado nunca.


La emoción y la inquietud

Me levanté despacio.

Giré sobre mí mismo.

Ciento ochenta grados.

Todo era grande.

Demasiado grande.

Sentí un estremecimiento difícil de explicar.

No era miedo.

No del todo.

Era algo más complejo.

Respeto.

Desasosiego.

Admiración.

Y, en algún rincón, una inquietud que no terminaba de tomar forma.

Recordé a mi padre.

Sus historias.

Sus palabras sobre Ordesa.

Sobre el Perdido.

Sobre la montaña.

Pero nunca… nunca lo había imaginado así.

Tan salvaje.

Tan bello.

Tan imponente.

Y, por primera vez en toda la aventura, sentí algo más inquietante; 

responsabilidad.

Porque ya no era solo caminar.

No era solo descubrir.

Era decidir.

Y no tenía a nadie a quien preguntar.


Las expectativas rotas

 Habíamos imaginado otra cosa.

Un lugar lleno de vida.

Montañeros.

Tiendas.

Conversaciones al atardecer.

Quizá una hoguera.

Quizá risas compartidas con desconocidos.

Algo… humano.

Pero allí no había nada.

Solo el refugio cerrado.

Y el viento.

Y ese cielo que empezaba a cambiar.

—¿Y ahora qué? —preguntó Toni, rompiendo por fin el silencio.

Nadie respondió inmediatamente.

Porque, por primera vez, no teníamos un plan claro, esto era algo diferente.


El regreso a la realidad

Pasaron unos minutos.

Quizá cinco.

Quizá diez.

El tiempo allí funcionaba de otra manera.

Hasta que Martín, como tantas veces, aterrizó la situación.

Se levantó.

Se sacudió las manos.

Miró alrededor.

—Hay que espabilar —dijo—. Se nos va a hacer de noche.

Esa frase nos devolvió al presente.

A lo práctico.

A lo urgente.


La decisión

Nos pusimos en pie poco a poco.

Aún cansados.

Aún sorprendidos.

Pero ya conscientes de algo importante:

Esa noche la pasaríamos allí.

En ese lugar vacío.

En ese silencio.

En ese mundo que no era el nuestro…

pero que, de algún modo, empezaba acompañarnos.


La escena de Martín

Y entonces llegó uno de esos momentos que se quedan para siempre.

Martín, con una solemnidad casi teatral, mojó el dedo índice, lo levantó hacia el aire y cerró los ojos como si estuviera consultando algo antiguo.

El viento le rozó la piel.

Esperó unos segundos.

Y dictaminó:

—El aire viene del sur.

Pausa.

Nos miró.

—Así que la tienda… mirando al norte.

Nadie discutió.

Nadie sabía más.

Y, en ese instante, aquello nos pareció la decisión más sensata del mundo.


El comienzo de algo más

Mientras empezábamos a movernos, a organizarnos, a preparar lo necesario para pasar la noche…

Levanté la vista una vez más.

Hacia el Monte Perdido.

Oculto a medias entre nubes oscuras.

Inalcanzable.

Silencioso.

Y pensé, sin decirlo en voz alta:

Esto va a ser muy diferente a todo lo acometido hasta ahora.   


La tienda a doscientos metros

La tarde languidecía y las sombras de las montañas apagaban los últimos tonos dorados de las laderas.

Había que darse prisa.

Buscamos un sitio amplio —había muchos— y elegimos un pequeño resalte del terreno, sobre una marca de pasto seco donde seguramente había acampado alguien no hacía mucho.

A unos doscientos metros del refugio.

No era perfecto.

Pero era lo más razonable.

Montamos la tienda con manos torpes, cansadas, frías.

Las piquetas no entraban bien en el suelo duro.

Las varillas no encajaban.

Las cuerdas se enredaban.

—Esto es imposible —dijo Ramón.

—No —respondió Germán—. Esto es montaña.

—Pues la montaña es muy pesada.

—Y tú muy quejica —remató Toni.

Al final, con más esfuerzo del que esperábamos, la tienda quedó en pie.

Ladeada. Tensa. Un poco triste…

pero en pie.


Una calma engañosa

Dejamos las mochilas alrededor y nos sentamos frente a la tienda.

Toni y Ramón prepararon una sopa de sobre en el hornillo.

Los demás montábamos bocadillos.

La noche caía despacio mientras hablábamos sin importancia:

la subida, el cansancio, la decisión de haber llegado hasta allí.

—Podríamos haberle preguntado al del mulo si había gente en Góriz —dijo Germán.

—¿Y cómo ibas a imaginarte esto? —respondió Ramón.

—Creo que pensó que no subiríamos —añadí—. Por eso ni se le ocurrió avisarnos.

—Que poco nos conoce ese “mulero” —sonrió Pablo.

—Si nos viera ahora… le invitábamos a sopa —dijo Martín.

--- No creo que aceptara… iba a seguir, pero…

—¡Eh… mirad! —interrumpió Toni.

Allá, al fondo.


La señal

Hacia la zona de la Brecha de Rolando, aún visible entre las últimas luces, el cielo centelleaba.

Relámpagos.

Al principio, nos quedamos quietos, observando aquella visión.

Casi fascinados.

Un revelación más de la montaña.

Pero ese espectáculo duró poco.

En segundos.

El viento cambió.

De golpe.

Ya no venía del sur.

Venía del norte.

Desde la tormenta.

Hacia nuestra posición

Entró como una bofetada.

Violento.

Seco.

El hornillo salió despedido.

Las lonas empezaron a sacudirse.

El viento nos azotó la cara.

Nos miramos.

Sin entender nada.

Sin saber qué hacer.


El primer golpe

Un trueno estalló sobre nosotros.

No venía de lejos.

Nos cayó encima.

—¡A la tienda! —grité.

Y empezó lo inimaginable.

Gotas enormes comenzaron a golpearnos sin aviso.

En segundos, corríamos a ciegas, tropezando con mochilas, piedras, con nosotros mismos.

Entramos empujándonos, luchando con la cremallera de la tienda mientras el viento tiraba de ella como si quisiera arrancarla.

La tienda se agitaba como un animal atrapado.

Y entonces…

Continuó algo que no esperábamos.  


El diluvio

La lluvia no caía.

Golpeaba.

Gruesa. Fría. Violenta.

El ruido era tan fuerte que apenas podíamos oírnos.

En segundos, todo estaba empapado.

La lona.

Las mochilas.

La ropa.

Nosotros.

El agua se colaba por todas partes.

El primer relámpago lo iluminó todo por dentro.

Blanco.

Brutal.

El trueno llegó justo después.

No sonó.

Nos atravesó.


Dentro del miedo

Los rayos empezaron a caer alrededor.

Muchos.

Los truenos reventaban en nuestros oídos

Uno tras otro.

Demasiado cerca.

La tienda se iluminaba a cada instante, y por la tela mojada parecían correr culebrinas de luz.

—¡Echad fuera todo lo metálico! —grité…

No sé si era lo correcto.

Pero todos lo hicimos.

Sacamos lo que brillaba:

sartenes, tazas, cubiertos, piquetas…

hasta una navaja.

Todo fuera.

Sin pensar.

—¡Fuera, fuera! —repetía Germán.

Nos palpábamos a tientas, amontonamos en el centro, intentando no movernos.

—Al suelo…quedaros quietos —dije, sin saber muy bien por qué.

El viento bramaba.

La tienda se doblaba hacia dentro.

La lona empapada

se nos pegaba a la cara.

Un mástil crujía.

Pablo y Ramón los sujetaban, uno en cada extremo, con los brazos tensos.

—¡No lo sueltes!

—¡No lo sueltes tú!

Los demás éramos un ovillo.

Una maraña de cuerpos.

Asustados.

Cada relámpago era un fogonazo.

Cada trueno, un golpe seco en el pecho.

Nunca habíamos vivido algo así.

Ni parecido.

Nunca.


Cuando todo pasa… no pasa

No sé cuánto duró.

Pareció eterno.

Y cuando la tormenta amainó y empezó a alejarse…

no llegó la calma.

Llegó el miedo.

Ese que se queda dentro.

Apretado.

Silencioso.

Nadie pensaba en  dormir.

Nadie habló más de lo necesario.

Solo suspirábamos aliviados.

Como quien vuelve de una pesadilla.

—Si hubiéramos salido hacia el refugio… —susurró alguien.

—Nos habría caído un rayo —respondió otro.

—Hemos tenido suerte.

—Mucha.

—Demasiada.


Después

Nos quedamos así.

Acomodándonos como podíamos, entre las mochilas y las ropas empapadas

Escuchando el goteo.

El viento.

Los últimos truenos lejanos.

Sin querer pensar en que volvieran de nuevo.

Ajustamos lo que pudimos la tela por dentro, y pablo y Ramon seguían aferrados a los mástiles

Poco a poco esa calma extraña que invade después de esas emociones nos tranquilizó e intentamos descansar y dormir.

Y entendí algo.

Quizá lo de aquella noche no fue solo una tormenta.

Fue la montaña en su forma más pura.

Más salvaje.

Y nosotros…

seis adolescentes sin experiencia, solos en Góriz, y fuera de temporada…

estábamos allí.

En medio de un mar de montañas.

Sin saber muy bien por qué.

El amanecer que no parecía real

La tormenta se fue apagando poco a poco.

El viento, la lluvia, los truenos… todo se fue alejando como si nunca hubiera estado allí.

El cansancio nos venció.

No sé cuánto dormí.

O si llegué a hacerlo.

Cuando abrí los ojos, aún no había luz.

Y entonces lo oí.

Un sonido extraño.

Graznidos.

Lejanos… pero presentes.

Durante un instante pensé que estaba soñando.

Encendí la linterna.

Pablo seguía aferrado al mástil, con la cabeza apoyada en él, los brazos cruzados como si no hubiera soltado la tensión ni dormido.

En el otro lado, Ramón estaba derrumbado en el suelo, con una mano aún agarrada al suyo.

En ese momento lo entendí.

Si ellos no hubieran sujetado la tienda…

probablemente habríamos salido volando.

No dije nada.

En el centro, los demás dormían entrelazados, aún en ese ovillo humano que nos había salvado del miedo.

Me recosté sobre la mochila.

Debí quedarme dormido unos minutos.


El sonido que no encajaba

La claridad empezó a filtrarse por la tela.

Y entonces lo volví a oír.

Esta vez no era un sueño.

Los graznidos eran reales.

Me incorporé despacio.

Me acerqué a la entrada de la tienda, apartando con cuidado un brazo que me impedía el paso.

La cremallera sonó suave al abrirla.

Abrí un poco.

Solo veía el refugio.

Abrí más.

Asomé la cabeza.

Y entonces…

retrocedí de golpe.


Algo no iba bien

—¡Eh… chicos! —grité—. ¡Despertad!

—¿Qué pasa? —murmuró Ramón.

—¿Otra tormenta? —dijo Germán, incorporándose de golpe.

—¿Puedo soltar ya el mástil? —preguntó Pablo.

—Mirad fuera… —dije—. No sé si estoy viendo bien.

Se acercaron con esa mezcla de sueño y curiosidad.

Abrieron.

Y salimos.


Los testigos

Allí estaban.

Decenas.

Pájaros negros.

Grandes.

Silenciosos ahora.

Mirándonos.

No huían.

No se movían.

Solo observaban.

Como si hubieran estado allí toda la noche.

Esperando.

—No me gusta esto… —susurró Toni.

—Ni a mí —añadió Pablo.

Había algo extraño en su quietud.

Algo incómodo.


Las marcas

Y entonces lo vimos.

Las piedras.

Alrededor de la tienda.

Negras.

Quemadas.

Marcadas por los rayos.

Nos miramos.

—Hemos tenido suerte —dijo Germán.

—Mucha —añadió Martín.

—Demasiada —remató Ramón.

No hacía falta decir más.


Romper el hechizo

—¿Qué querrán estos bichos? —dijo Toni.

Cogió una piedra.

Y la lanzó.

Fue como romper un equilibrio invisible.

En segundos, todos hicimos lo mismo.

Gritos.

Piedras.

Movimiento.

Y de golpe…

se fueron.

Una desbandada oscura que desapareció tan rápido como había llegado.

Por un instante pensé en la película Los pájaros…

pero no dije nada.


Lo que quedó

El silencio volvió.

Miramos la tienda.

Las piquetas arrancadas.

La lona vencida.

Los mástiles sostenidos solo por la fuerza de Pablo y Ramón.

El suelo empapado.

Todo hablaba de lo que había pasado.

Y sin embargo…

el valle amanecía en calma.


Como si nada

Al fondo, el macizo del Monte Perdido se dejaba ver.

Limpio.

Inmóvil.

Bajo un cielo de un azul imposible.

Como si la noche no hubiera existido.

Nos quedamos en silencio.

Mirando.

Respirando.

Entendiendo, sin decirlo, algo importante.

La noche había sido una lección.

Sin manual.

Sin aviso.

Y de esas que no se olvidan nunca.

“Aquel día no lo sabía…

pero algo de esa noche se quedó conmigo.

Y con los años, cada tormenta me lo recordó.” 

 

                    Tras la tormenta

 Seguíamos en esa quietud.

Mirando el cielo vacío por donde habían desaparecido los pájaros.

La inquietud que quedó después de aquel caos resultaba casi irreal.

Solo se escuchaba el viento susurrar entre las piedras húmedas y nuestra respiración todavía acelerada.

Poco a poco, como quien despierta de una pesadilla, empezamos a movernos.

Pablo y Ramón aún tenían las manos ateridas con las marcas de los mástiles de la tienda, agotados de sujetarlos durante toda aquella locura.

 Comenzamos a recoger piedras, tensar cuerdas caídas y enderezar lo que aún podía salvarse.

La lona estaba empapada.

Varias piquetas habían salido arrancadas de cuajo, a pesar de todo el trabajo que nos había costado clavarlas en aquel terreno duro.

Algunas cuerdas aparecían desperdigadas varios metros más allá.

La tienda tenía un aspecto miserable.

Y nosotros seguramente también.

Pero estábamos bien.

Que en aquel momento ya parecía bastante.

El cansancio empezó a notarse de golpe, como suele pasar cuando desaparece la tensión.

Nos movíamos despacio, todavía bajo el efecto de la noche.

Entonces Ramón dijo lo que todos necesitábamos escuchar:

—Antes de nada… vamos a desayunar algo.

Y fue casi una orden de supervivencia.

Buscamos entre las mochilas lo poco que quedaba a mano: pan aplastado, embutido, galletas rotas y algo de café soluble.

 Nos sentamos sobre las piedras todavía húmedas mientras el frío de la mañana seguía pegado al cuerpo.

Frente a nosotros, el macizo del Monte Perdido aparecía limpio, inmóvil y majestuoso bajo un cielo increíblemente azul.

Costaba creer que apenas unas horas antes aquel mismo lugar hubiera parecido el fin del mundo.

La montaña tenía esa forma extraña de borrar sus propias huellas.

Como si nada hubiera pasado.

Mientras desayunábamos empezaron también las dudas.

La pregunta flotaba entre todos, aunque nadie quería formularla demasiado alto.

¿Nos quedábamos?

¿O desmontábamos el campamento y regresábamos al valle de Ordesa?

Incluso volver hasta Torla dejó de parecer una idea absurda.

El recuerdo de la tormenta todavía nos encogía el estómago.

—Como vuelva otra noche igual… —dijo Toni.

No terminó la frase.

No hacía falta.

La conversación fue creciendo entre silencios y bocados.

Germán y Pablo defendían bajar.

Ramon y Tony insistían en que aquello había sido algo puntual.

Yo comenté --- No puede pasar una tormenta así cada noche.

—Martín por su parte ---Aquí arriba el tiempo cambia rápido.

    Le contesté, ---Sí, pero aquello fue una barbaridad.

Al final terminó imponiéndose el optimismo.

O quizá simplemente el orgullo de no querer rendirnos tan pronto.

Había algunos objetivos muy golosos por explorar ya que estábamos ahí.  

La Brecha de Rolando y Monte Perdido.

Y solo pensar en aquellos nombres volvía a estimular la ilusión.

Decidimos quedarnos dos días más.

Tampoco las provisiones daban para mucho más.

El plan era sencillo: después de comer nos dividiríamos en dos grupos de tres.

Pablo Gerrmán y yo exploraríamos la senda o camino hacia la Brecha de Rolando para comprobar si era viable llegar hasta allí.

Toni, Ramón y Martín intentarían ganar algo de altura en Monte Perdido y valorar si realmente estaba a nuestro alcance.

Por un momento pensé, que dicho así parecía casi una expedición profesional.

La realidad era que seguíamos siendo seis chavales con más entusiasmo y temeridad que experiencia.

Pero quizá precisamente ahí estaba la magia.

Antes de pensar en aventuras había que reparar el campamento.

Nos llevó buena parte de la mañana.

Volvimos a tensar cuerdas, recolocar lonas, enderezar hierros y clavar otra vez las piquetas entre las piedras con paciencia infinita.

Cada golpe parecía rebotar contra la montaña. A ratos discutíamos sobre cómo había quedado originalmente la tienda; a ratos nos echábamos la culpa unos a otros por no haber asegurado mejor las cuerdas.

—Te dije que esa esquina estaba floja.

—Y yo te dije que buscaras piedras más grandes.

—Pues haberlas buscado tú.

Aquellas discusiones tontas también formaban parte del campamento.

Cuando terminamos, la tienda no había recuperado exactamente su aspecto inicial, pero al menos volvía a parecer habitable.

Eso ya era suficiente victoria.

La siguiente misión era conseguir agua.

Pablo recordó que, un poco antes de llegar a Góriz, habíamos cruzado un par de torrenteras de agua cristalina bajando de la montaña.

—No puede estar lejos —dijo.

Cogimos las cantimploras vacías y nos pusimos en marcha.

El paisaje, después de la tormenta, tenía algo especial. Todo parecía más limpio. Las rocas brillaban todavía húmedas y el aire era tan puro que dolía respirarlo profundamente.

Al llegar a la torrentera entendimos enseguida por qué Pablo la recordaba.

El agua bajaba fuerte, helada y transparente, golpeando las piedras con una violencia limpia y constante. Nos acercamos con cuidado.

Metí las manos y tuve que sacarlas al instante.

Aquello estaba congelado.

Aun así, terminamos refrescándonos la cara, bebiendo directamente del cauce y llenando las cantimploras hasta arriba.

En mitad de todo aquello, Martín, que había remontado el torrente unos metros más arriba, empezó a hacernos señas.

—¡Eh! ¡Venid un momento!

Su tono no era de alarma, sino de sorpresa.

Subimos hasta donde estaba.

Entonces vimos a que se refería.

Dentro de una pequeña poza, moviéndose entre las piedras del fondo, había varios animales oscuros con dibujos amarillos recorriéndoles el cuerpo.

Parecían pequeños dragones acuáticos.

—Son salamandras —dijo Toni convencido.

—No sé… yo creo que son tritones.

La verdad es que ninguno tenía demasiada idea.

Pero allí nos quedamos un buen rato observándolos como si acabáramos de descubrir una especie desconocida.

 Había uno especialmente tranquilo que incluso se dejaba tocar y coger con cuidado antes de volver a deslizarse dentro del agua.

A pocos metros del torrente descubrimos también un pequeño prado verde escondido entre las rocas.

Después de tanta piedra y tanta montaña gris, aquel rincón parecía un oasis.

No sé muy bien por qué, pero decidimos bautizarlo “Ordesa”.

Quizá porque nos recordaba al valle.

Quizá porque necesitábamos poner nombre a los lugares que empezaban a sentirse nuestros.

Nos tumbamos un rato sobre la hierba húmeda, mirando el cielo completamente distinto al de la noche anterior. Costaba creer que apenas unas horas antes hubiéramos pensado en abandonar.

Luego, como solo puede ocurrírsele a un grupo de chavales inquietos y armados con machetes, empezamos a jugar a lanzarlos al aire.

Clavamos un palo en el suelo a modo de diana y nos dedicamos a competir para ver quién conseguía dejar la hoja más cerca.

Cada lanzamiento iba acompañado de gritos, apuestas absurdas y comentarios grandilocuentes.

—¡Ahora vais a ver cómo se hace!

Naturalmente, casi todos acababan rebotando mal o clavándose donde no tocaba.

En esas estábamos cuando escuchamos el grito de Germán.

Nos giramos de golpe.

Venía corriendo entre las rocas completamente desencajado.

—¡Una culebra! ¡Una culebra!

—¿Dónde?

—¡Allí… junto a aquella roca!

—¿Te ha mordido?

—¡No!… pero casi la piso.

Fuimos hacia la zona con bastante más cautela de la que habíamos tenido hasta entonces.

Peinamos las piedras intentando localizarla.

Nada.

Seguramente el animal se había asustado más que él.

Pero justo al lado de la roca donde Germán aseguraba haberla visto, Pablo se agachó de repente.

—Esperad…

Se quedó observando unas pequeñas flores blancas que crecían entre las piedras.

—Son edelweiss… la flor de nieve.

Todos nos acercamos.

Yo las había visto alguna vez en casa.

Mi padre había traído alguna seca años atrás de sus marchas y escaladas militares, y recordé perfectamente cómo las enseñaba casi con veneración.

Pablo alargó la mano para coger una.

—Déjalas —le dije enseguida—. Son muy delicadas. Y creo que están protegidas.

Él retiró la mano.

—Sí… tienes razón. Papá también lo decía.

Nos quedamos mirándolas unos segundos más.

Pequeñas, extrañas y resistentes.

Como si también ellas pertenecieran a la montaña de una forma que nosotros apenas empezábamos a entender.

Aquella escena terminó convirtiéndose en una de las anécdotas más curiosas de la mañana.

Y, de alguna manera 






Continuara ................ 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  







 



 

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