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viernes, 15 de mayo de 2026

LOS PATIOS DONDE LA INFANCIA AÚN LATE

 

Foto propia: Fachada  frontal lado sur de las casa militares en 1962 



LOS PATIOS DONDE LA INFANCIA AÚN LATE 

Hubo un tiempo, en que un patio era un mundo entero.

Una mirada adulta a los recintos donde la infancia dejó su huella,

 y a los tesoros invisibles que permanecen bajo sus baldosas.

Los patios no son solo espacios vacíos;

 algunos guardan memoria y fantasías que aún susurran.


Foto propia: Patio de suboficiales de las casa militares en 1962 

El de las Casas Militares fue, durante un tiempo, un territorio sin fronteras: un suelo de cemento abierto a la imaginación, con aceras que nacían desde los portales y huecos preparados para árboles que nunca llegaron a nacer. 

Para los adultos, un lugar de paso más. 

Para nosotros, los niños de los años cincuenta y sesenta que jugábamos allí, era un escenario inmenso de aventuras y experiencias diarias. Todo un mundo.

Hubo un tiempo en que el patio no tenía límites.

Era un lugar fascinante e indómito, un reino cambiante, donde cada día se reunía toda la chiquillada, como una gran familia, para inventar mundos nuevos a través de juegos tan variados como nuestra imaginación pudiera crear.

Bastaba cruzar la puerta, para que la realidad se transformara: una cuerda se convertía en una serpiente dormida, un balón era un planeta errante, y las sombras del atardecer se convertían en gigantes que solo obedecían nuestras reglas.


Así era la vida en el patio de nuestra infancia
(Recreación y dibujo sobre fondo de  foto original)   

Con el paso de los años, sin darnos cuenta, dejamos de entrar corriendo en el patio. 

Un día fue la última vez que bajamos a jugar, aunque entonces no lo supimos.

El espacio seguía allí, idéntico en apariencia, pero algo había empezado a cambiar: nosotros.

Las Casas Militares continuaban intactas, firmes y silenciosas, y parecía que ya no guardaban secretos. 

Hoy las miro con ojos cansados y las encuentro distintas: más pequeñas, más grises, más reales. Ya no hablan, ya no esconden dragones bajo las escaleras, ni castillos en los portales. O eso parece.


Porque hay lugares que no se retiran del todo.

Hoy, bajo los suelos pulidos y las puertas cerradas, permanece intacto un tesoro invisible.

 No está guardado para protegerlo del olvido, sino para que el olvido no pueda alcanzarlo jamás.

 Está bajo llave y cien candados, sellado en la memoria del lugar.


Foto propia: Patio de suboficiales en 2014 

Allí, silenciosos, siguen nuestros juegos inocentes, los heredados y los inventados: las canicas, el escondite, la comba, las tabas, los cromos; las chapas de Mirinda, las carreras sin destino… junto a risas que no sabían de relojes ni de despedidas.

El patio, aunque ahora parezca quieto, todavía respira. Cada baldosa conserva la huella de un salto, cada esquina guarda un secreto compartido.

Y cuando el viento lo cruza, si uno se detiene lo suficiente, puede escuchar el eco de aquella infancia feliz, susurrándonos en voz baja, recordándonos que alguna vez fuimos invencibles. 

Quizá —solo quizá— seguimos siéndolo cada vez que regresamos a ese lugar, no con los pies, sino con el corazón.


Foto propia: mi visita a "mi patio" de suboficiales en 2014


Cuando vuelvo hoy a ese patio ya no entro corriendo.

Camino despacio, casi en silencio, como si temiera despertar algo que aún sigue latente en su memoria  

Las Casas Militares me observan con una calma antigua y familiar, pero algo es distinto.

 Sin embargo, al cruzar el umbral, algo reconoce el lugar antes incluso que mi memoria.

Aquí aprendí a inventar.

A transformar lo cotidiano en extraordinario, sin esfuerzo ni permiso.

Éramos exploradores, héroes improvisados, habitantes de mundos que nacían y morían en una sola tarde. 

No sabíamos que aquello era felicidad; simplemente ocurría.

Ahora el patio parece más pequeño, como si se hubiera recogido en sí mismo.

El cielo queda más lejos, los edificios más bajos.

Pero sé que no es el lugar el que ha cambiado.

Bajo este suelo —lo presiento— siguen enterrados mis primeros sueños.

Intactos.

Esperando no ser rescatados, sino recordados.

En el silencio del patio, nuestros juegos permanecen vivos.

Porque hay lugares que no desaparecen: solo se repliegan.

Y ese tiempo, sigue vivo cada vez que lo miramos con los ojos de entonces.


Foto Tere Castán: Mismo patio, actual, totalmente remodelado y modernizado, 2026

Este recuerdo no es solo mío.

Pertenece a todos los que crecimos en aquellos patios de las Casas Militares durante los años 50 y 70, compartiendo juegos, ilusiones y una forma sencilla de ser felices.

Fuimos parte de una generación que aprendió a imaginar sin pantallas y a convivir sin prisas.

Si estas líneas despiertan una sonrisa en alguno de vosotros, entonces el patio habrá vuelto a latir una vez más.

Porque en el fondo, nunca terminamos de irnos.

 


 



Jorge de Aragón

Recuerdos de Jaca 

 

                                artículo publicado también en "Jacetania Express" 

 Un paseo por los recuerdos de Jaca: los patios donde la infancia aún late. Por Jorge de Aragón


AVENTURA EN ASIESO

                                               Aventura en Asieso

 La noche que nunca se fue


Hay noches que no buscan explicación. Solo quedarse.



 “El misterio de aquella noche en Asieso” 

Hay recuerdos que no se disipan con los años. Permanecen ahí, quietos, esperando. Basta una mirada en la dirección adecuada para que regresen con toda su fuerza.

Asieso,  desde Jaca en 1969
Asieso, visto hoy desde Jaca, es un lugar tranquilo. 

Pero cada vez que mis ojos se posan en ese punto del paisaje, vuelve una noche sin luna, una oscuridad cerrada y tres muchachos convencidos de que podían con todo.

Esta es la historia de aquella noche. O, mejor dicho, del recuerdo que nunca se terminó de disipar.

Se nos ocurrió de repente, como se les ocurren las cosas importantes a los quince años: con mucha ilusión, sin medir consecuencias.

Fue Lorenzo quien lanzó la idea, casi como un reto arrojado al aire: acampar en la montaña, cerca del pueblecito de Asieso, pasar la noche solos, sin luna, sin adultos, sin más compañía que nuestra temeridad. O nuestra supuesta valentía.

Nunca habíamos montado una tienda de campaña. No sabíamos leer el campo, desconocíamos todo, pero con nuestro arrojo y mucha ignorancia,  creíamos saberlo todo.

Vivíamos los tres en las casas militares de Jaca. Éramos amigos inseparables. Vicente consiguió la tienda de campaña, por aquellos medios que solo funcionan cuando uno es joven y no hace demasiadas preguntas. Lorenzo y yo aportamos los víveres, obtenidos a hurtadillas de las alacenas de nuestras casas. No había otra manera de hacerlo, cualquiera le explicaba a nuestro padres lo que pretendíamos hacer 

Salimos a media tarde, cargados como podíamos; contentos y riendo, emocionados y la intriga por compañera 

 Rellenamos las cantimploras en la fuente del Rompeolas, donde el agua brotaba fría y clara de un caño oxidado. Vicente llevaba la tienda a la espalda. Yo cargaba un cesto con pan, queso, chorizo pamplonica, un par de tortitas más dos paquetes de galletas María.

Lorenzo y Jorge montando la tienda (1969)

Lorenzo caminaba delante,  orgulloso, con sus armas improvisadas: cañas afiladas  a modo de lanzas, un arco fabricado a base de  ramas de fresno, tres flechas recién acabadas y una navaja enorme para nuestras manos adolescentes.

 Repetía una y otra vez, que aquel armamento bastaría para ahuyentar lobos, jabalíes o cualquier bicho que se atreviera acercarse a nuestro “campamento”.

 Siempre creímos que el campo estaba lleno de aventura y peligros invisibles.

Atravesamos el Rio Aragón por el puente San Miguel, y en poco estábamos en la zona escogida.

Nos llamó la atención una pequeña explanada, cerca de Asieso, junto a una espesa arboleda y una tapia que separaba un huerto. Montamos la tienda como pudimos, ayudándonos más de la intuición que del escaso conocimiento. 

Al caer la tarde nos sentamos a su lado, orgullosos, contemplando el mundo como si fuera nuevo.

El río Aragón, a unos pocos cientos de metros, murmuraba sin pausa. Los grillos y las cigarras impregnaban el entorno. Los olores del campo y de la montaña nos envolvían. A lo lejos sobre la meseta, divisábamos Jaca, nuestras casas, nuestra seguridad.

Vicente y Jorge  reposando despues de montar la tienda (1969)
—Qué valientes somos —dijo Vicente riendo—. Nuestra primera noche fuera de casa, solos y sin que nadie nos mande.

Reímos los tres. Aún no sabíamos.

La puesta de sol, desde esa ubicación, fue lenta y hermosa. El cielo se llenó de nubes rosadas que se diluían en tonos más suaves, y se deshacían poco a poco.

 Las sombras avanzaron sin prisa y las primeras estrellas aparecieron, tímidas.

Cenamos bocadillos improvisados, bebiendo a sorbos de la cantimplora. 


Las galletas y los sobrantes comestibles quedaron en el cesto, a un lado de la tienda,  por si antes de ir a dormir teníamos algún capricho, además de reservar algo para reponer fuerzas a la vuelta.  

La noche cayó de golpe. Y entonces nos quedamos a oscuras.

No había luna. Nada. Solo estrellas que apenas iluminaban. La oscuridad era tan espesa que no podíamos vernos las caras. Hablábamos intranquilos para no perdernos. Nos tocábamos las manos para asegurarnos de que seguíamos siendo tres.

El desasosiego llegó despacio, sin avisar. Una inquietud que crecía. Pensamos en encender las velas, pero queríamos guardarlas. Aguantar un poco más.

Entonces algo pasó.

Poco antes de anochecer, Vicente y Jorge (1969)
No sabemos a qué hora. Solo que el aire se movió con estrépito.

 Escuchamos ramas crujir. 

Un batir de lo que parecían alas sobre nuestras cabezas.

 Una sombra imponente cruzó la espesa penumbra. 

Y aquel sonido… un rugido grave, antiguo, imposible, que nos atravesó por dentro.

El campo ya no estaba vacío. Y nosotros lo supimos sin necesidad de ver nada.

No pensamos. Corrimos. 

Nos metimos en la tienda atropelladamente, uno sobre otro.

 Gritamos.

 Nos abrazamos con una fuerza desesperada. La tienda se convirtió en refugio, en trinchera, casi en un túnel donde escondernos del mundo.

Las horas pasaron lentas y muy largas. Afuera, la noche se llenó de ruidos, no se callaba: ramas crujiendo, jadeos irreconocibles, ladridos lejanos, grillos interminables. Cada sonido era una amenaza. 

Susurrábamos teorías: lobos, jabalíes, algo peor. Ninguno dormía. Esperamos el amanecer como quien espera una liberación.

Cuando la primera luz afloró, por las rendijas de la cremallera de la tienda, y un gallo cantó a lo lejos, el campo volvió a parecer tranquilo. Salí con cautela. Todo estaba en su sitio. O casi.

La comida, abandonada por las urgencias en el exterior de nuestra tienda, había desaparecido. Y aquel detalle, pequeño en apariencia, terminó de sellar el misterio.

Las galletas, el chorizo, el queso.

 Nadie tocó ni rozó la tienda. Nada dejó huellas claras. Nos miramos en silencio. No había explicación sencilla.

Recogimos todo atropelladamente, no queríamos estar más tiempo allí, De nuestra osadía y valentía no quedaba ni rastro. 

Regresamos a esas tempranas horas sin cruzarnos con nadie. A paso ligero.  La incógnita quedó para siempre.

Con el tiempo, las anécdotas de aquella noche se convirtieron en historia compartidas, repetidas y narradas ya sin miedo, entre nuestra cuadrila, pero con cierta reticencia. Pero el misterio nunca se fue.

Hoy sé que hay noches que no buscan respuestas. 

Aquella nos enseñó el valor de la amistad, el peso del miedo compartido y la forma en que algunos recuerdos, precisamente por no entenderse del todo, nos acompañan toda la vida.

Asieso ya no es solo un lugar. Es una noche que sigue caminando conmigo.

                                        ________________________________________

A Vicente Prieto Saturnino y a José Manuel Lorenzo Tato. Amigos, compañeros y hermanos de una noche que nunca se apagó.


Jorge de Aragón

        Recuerdos de Jaca