Volvieron con unas “chirucas” del 41. Aquello fue casi un milagro. Con calcetines de lana y las nuevas botas, el dolor seguía ahí… pero al menos podía caminar.
Respiré.
La aventura seguía en pie.
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Una escena “de película”
Ya dentro de la estación, aún con el pulso acelerado, vivimos una escena curiosa.
Un tipo de aspecto extraño se nos acercó preguntando si íbamos a Murcia.
Le dijimos que no y se marchó. Apenas unos segundos después, otro individuo distinto se nos acercó para preguntarnos qué nos había dicho el primero.
Nos miramos entre nosotros.
Aquello parecía sacado de una película. Traficantes, policía, espionaje… quién sabe. Lo cierto es que, por unos instantes, nuestra aventura ya tenía hasta trama secundaria.
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El tren y el inicio real
En la vía cinco nos esperaba el convoy.
Viejos vagones de madera, casi de otra época, arrastrados por una locomotora de vapor que soltaba grandes bocanadas de humo y olor a carbonilla.
Aquello no era solo un tren… era el escenario perfecto para lo que estábamos viviendo.
Todo tenía un aire cinematográfico.
Podría haber sido perfectamente una escena firmada por Sergio Leone, con nosotros como protagonistas… aunque, eso sí, bastante menos experimentados.
A las siete y media nos dejaron subir. Ocupamos el compartimento con todo nuestro equipo, organizamos como pudimos las mochilas y, ya instalados, nos dedicamos a asomarnos por la ventana, a bromear, a comentar… a vivir ese momento.
Parecíamos niños con zapatos nuevos.
Faltaba media hora para la salida, pero por dentro ya estábamos en marcha. Entre la emoción y una extraña calma aparente, notaba algo difícil de explicar: una sensación íntima, casi silenciosa, de estar regresando a algo mío.
No podía compartirlo con los demás.
Pero dentro de mí, sin poder evitarlo, revoloteaban —una y otra vez— esas mariposas invisibles que habitan en el recuerdo, en ese valle imaginario donde empieza, sin saberlo, toda aventura.
Capítulo 3 — LA NOCHE, EL TREN Y ZARAGOZA
Por fin, dejando atrás los nervios y el bullicio del andén, el tren arrancó.
Al principio casi sin darse cuenta, con ese traqueteo lento y acompasado de las viejas locomotoras, como si también él necesitara coger impulso para la aventura.
Poco a poco fue ganando velocidad, alejándonos de la estación y atravesando las oscuras entrañas de Barcelona, hasta que, al cabo de unos minutos, emergimos de nuevo a la superficie, envueltos ya en la luz crepuscular de la tarde.
El paisaje empezó a transformarse cuando dejamos atrás El Prat y nos adentramos en la costa. Como no podía ser de otra manera, nos apiñamos en la ventanilla, casi unos encima de otros, observando a las últimas bañistas del día, que apuraban las horas en el Mediterráneo.
Aquello, claro, dio pie a lo inevitable: comentarios, risas, comparaciones… que si la rubia, que si aquella morena del bañador azul… En fin, conversaciones propias de la edad, tan inocentes como inevitables.
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La noche cae… y empieza el viaje de verdad
Poco después, el tren dejó atrás el litoral. Pasada Tarragona, giró hacia el noroeste y la noche terminó por envolverlo todo.
El cielo, limpio, se llenó de estrellas. Recuerdo distinguir claramente las constelaciones de Sagitario y Capricornio, brillando con una intensidad especial, como si quisieran acompañarnos en aquel primer tramo del viaje.
Sacamos los bocadillos, algo ya aplastados, y entre chistes repetidos y risas constantes, improvisamos nuestra primera cena. Nada especial… pero en aquel momento sabía a gloria.
Había una sensación difícil de describir: una mezcla de emoción, incertidumbre y esa libertad absoluta de saber que todo estaba por delante.
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Pablo y la “francesita”
Y entonces, casi sin que nadie lo buscara, apareció la primera historia paralela de la expedición.
Pablo.
Sin disimular demasiado —o quizá sin saber hacerlo— empezó a fijarse en una chica que viajaba un par de filas más adelante.
Al principio fueron miradas sueltas, casi casuales. Luego sonrisas. Después gestos… y en cuestión de minutos, aquello se convirtió en un pequeño juego silencioso entre ambos.
Nos dimos cuenta enseguida.
Y como buenos compañeros, nos volcamos en la causa. Consejos improvisados, empujones discretos, bromas en voz baja… Pablo pasó a ser nuestro particular Don Juan, mientras nosotros hacíamos de improvisado equipo de apoyo.
Las miradas se transformaron en risitas cómplices, en gestos difíciles de interpretar… pero perfectamente entendibles en aquel lenguaje universal de la juventud.
El “romance” se mantuvo vivo durante todo el trayecto.
Hasta Zaragoza.
Fue justo en ese momento, casi cuando ya no había tiempo, cuando la chica se decidió a acercarse. Una francesita simpática, guapa, con ese aire desenfadado que a nosotros nos dejaba medio descolocados.
Hablaron. En francés, claro. Pablo hizo lo que pudo. Ella le dio una dirección… quizá un teléfono también, nunca lo tuvimos claro.
Y ahí quedó todo.
Nos dio hasta pena que no hubiese ocurrido antes. Habríamos aprendido más francés en una noche que en todo el colegio. Pero nos tuvimos que conformar con ese idioma internacional hecho de gestos, sonrisas y miradas.
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Zaragoza: sombras en la madrugada
No hubo tiempo para mucho más.
Nada más llegar, bajamos del tren y nos vimos obligados a reaccionar rápido. Tocaba cargar con todo el equipo y cruzar Zaragoza en plena madrugada para alcanzar la estación del Santo Sepulcro, desde donde saldría nuestro siguiente tren hacia Jaca.
Aquel paseo fue, sin exagerar, uno de los momentos más especiales del viaje.
Seis sombras cruzando una ciudad dormida.
Calles vacías, avenidas silenciosas, pasos que resonaban más de lo normal en la quietud de la noche. Parecía que la ciudad nos observaba en silencio, como si no terminara de entender qué hacíamos allí a esas horas.
El momento más mágico llegó al cruzar el puente sobre el Ebro.
La luz de las estrellas se reflejaba en el agua con un brillo plateado, creando pequeños destellos que se movían al ritmo de la corriente. Durante unos segundos, todo parecía detenerse.
Pero no podíamos quedarnos.
Había que seguir.
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El andén, la sopa… y la “operación”
Después de un buen rato caminando, llegamos por fin a la estación del Santo Sepulcro. Debían de ser alrededor de las tres de la madrugada.
El cansancio empezaba a notarse, pero el hambre apretaba más.
Sin pensarlo demasiado, improvisamos una cena en pleno andén. Antonio, Ramón y Pablo sacaron el hornillo y, allí mismo, ante la mirada atónita de algunos empleados, se pusieron a calentar una sopa de champiñones.
Aquello era surrealista.
Pero lo mejor —o lo peor— estaba por venir.
Mis pies seguían dando guerra.
Las ampollas no habían desaparecido, ni mucho menos. Así que, mientras la sopa se calentaba, decidimos que había que actuar.
Me tumbé boca abajo en un banco.
Martín, con una aguja de coser previamente calentada al rojo vivo, asumió el papel de cirujano improvisado. Con una mezcla de decisión y sangre fría, fue vaciando una a una las ampollas de ambos talones.
No fue agradable.
Pero fue efectivo.
Mientras tanto, los empleados de la estación seguían observándonos, comentando entre ellos qué hacía aquella pandilla de chavales montando semejante escena a esas horas de la madrugada.
¿La sopa?
Deliciosa.
Especialmente después de aquel sufrimiento.
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Dormir como se pueda
Al final, el cansancio pudo con todo.
Durante las horas siguientes, cada uno encontró su manera de dormir: en bancos, en el suelo, apoyado en mochilas… como fuera.
No había comodidad. Ni silencio absoluto. Ni orden.
Pero sí había algo más fuerte que todo eso: la sensación de estar viviendo algo único.
Y así, entre posturas imposibles, respiraciones profundas y sueños desordenados, pasamos nuestra primera noche real como expedición.
Sin saber que lo mejor… aún estaba por llegar
Capítulo 4 — EL CANFRANERO Y LA ENTRADA EN EL PIRINEO
A las siete de la mañana, los primeros y pálidos rayos de sol comenzaron a filtrarse a través de la vidriera de la enorme sala de espera.
Poco a poco, el movimiento de gente fue en aumento, y aquel ir y venir terminó por sacarnos del sueño.
Nos desperezamos sin muchas ganas, todavía medio aturdidos, mirándonos unos a otros como preguntándonos en silencio qué demonios hacíamos allí… y si realmente íbamos a seguir adelante.
Fue solo un instante.
Bastó que alguien dijera:
—¡En media hora sale el tren a Jaca!
Para que todo volviera a cobrar sentido. En cuestión de minutos, recogimos nuestras cosas y nos plantamos en el andén, listos para continuar.
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El “Canfranero”
Allí nos esperaba.
Un tren que daba la impresión de ser cualquier cosa… menos un tren. Aquel TAF que cubría la línea Zaragoza–Huesca–Jaca–Canfranc —el famoso “Canfranero”— parecía una mezcla extraña entre autobús y tranvía, lejos del romanticismo del convoy de vapor que habíamos dejado atrás.
Nada que ver.
Desaparecían el olor a carbonilla, los silbidos, el traqueteo hipnótico… y en su lugar, una sensación más práctica, más fría, menos épica.
Íbamos sentados en fila en un banco largo, con las mochilas a los pies, apenas espacio para movernos. La incomodidad empezaba a hacerse notar, pero el cansancio acumulado hacía que tampoco protestáramos demasiado.
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De la llanura al asombro
Durante el primer tramo, todavía en tierras zaragozanas, el paisaje era plano, monótono, casi hipnótico. Entre bostezos y silencio, más de uno cabeceaba.
El hambre volvió a hacer acto de presencia, así que sacamos algo de comida de los macutos para engañar al estómago mientras el tren avanzaba.
Pero todo cambió de golpe.
Al llegar a Ayerbe y encarar la sierra de Guara, el paisaje dio un giro radical. De pronto, comenzaron a aparecer formaciones rocosas, barrancos, túneles… y entonces, como si se levantara un telón, surgieron ante nosotros los Mallos de Riglos.
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Riglos: el primer impacto
Aquello nos dejó sin palabras.
Las enormes moles de roca se alzaban desafiantes, verticales, imponentes.
El tren serpenteaba entre montañas, entrando y saliendo de túneles, mientras abajo, muchos metros más abajo, el río Gállego corría encajonado entre gargantas, rápido, bravo, casi salvaje.
Nos pegamos a las ventanillas.
Boquiabiertos.
Nadie hablaba con sentido. Solo salían exclamaciones sueltas, comentarios atropellados, alguna que otra palabra mal dicha fruto de la impresión. Era imposible no sentir algo parecido al respeto… o incluso al miedo.
Aquello ya no era una excursión.
Era otra cosa.
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El primer “canguelo”
Recuerdo perfectamente esa sensación.
Una mezcla de admiración y de inquietud que se iba metiendo poco a poco en el cuerpo. Lo que hasta entonces había sido juego, ilusión, fantasía… empezaba a transformarse en algo real.
Muy real.
Y nosotros, en el fondo, no éramos más que una pandilla de chavales sin experiencia enfrentándonos, por primera vez, a la grandeza de la naturaleza.
Aquel era solo el prólogo.
Pero ya imponía.
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Hacia Jaca: el regreso emocional
Tras dejar atrás Sabiñánigo, el tren enfila por fin hacia Jaca. Eran cerca de las doce del mediodía.
El paisaje se abre.
Una amplia llanura aparece entre dos cadenas montañosas, atravesada por dos ríos bien distintos. A la izquierda, el río Gas, tranquilo, de aguas verdosas, bordeando la base de la Peña Oroel. A la derecha, el río Aragón, más vivo, más caudaloso, serpenteando con fuerza antes de relajarse en los llanos.
Y entonces… me pasó.
No lo pude evitar.
Un nudo en el estómago. El pulso acelerado. La piel erizada. Una emoción difícil de controlar empezó a crecer dentro de mí.
Los recuerdos comenzaron a aparecer uno tras otro, a toda velocidad, como si alguien hubiese abierto de golpe una puerta que llevaba años cerrada.
Volvía.
Volvía a un lugar que era parte de mí.
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El peso del pasado
A medida que el tren avanzaba, reconocía los paisajes… pero al mismo tiempo los sentía distintos. Como si hubieran envejecido ligeramente, como si el tiempo hubiese pasado también por ellos.
La Peña Oroel seguía ahí, majestuosa, pero me pareció menos verde, menos viva que en mis recuerdos. Tal vez no había cambiado tanto… tal vez era yo.
En silencio, como si no quisieran molestar, aquellos lugares iban despertando en mí escenas de infancia: amigos, juegos, carreras por el campo, tardes interminables junto al río Aragón, persiguiendo mariposas o trepando por rocas imaginando ser héroes.
Durante unos instantes, tuve la sensación de que el tiempo se había detenido.
De que, en cualquier momento, alguien aparecería para decirme que todo seguía igual.
Pero no.
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Llegada a Jaca
El calor, el sonido de las cigarras y la luz intensa del mediodía me devolvieron a la realidad.
El tren entraba lentamente en la estación de Jaca.
Era casi la una de la tarde.
Sin apenas decir nada, bajamos rápidamente y empezamos a amontonar todo el equipo en el andén.
Sabíamos que no había mucho margen: todavía nos quedaba caminar unos cinco kilómetros hasta el camping Victoria.
No era una distancia exagerada… pero el calor apretaba, y llevábamos muchas horas encima.
Aun así, todos teníamos ganas de movernos, de estirar las piernas, de empezar por fin a sentir que estábamos dentro de la aventura.
Porque ahora sí.
Ahora ya estábamos allí.
Capítulo 5 — LLEGADA AL CAMPING VICTORIA
Con todo el equipo a cuestas y el sol cayendo con fuerza sobre nuestras cabezas, abandonamos la estación de Jaca entre bromas y comentarios, mientras a nuestras espaldas el “Canfranero” se despedía con su característico silbido, camino de las profundidades del Pirineo.
Nosotros, en cambio, iniciábamos nuestra primera marcha “seria”.
Las mochilas pesaban, el calor apretaba, pero las ganas podían con todo. Entre risas, empujones y algún que otro comentario sobre lo que nos esperaba —y sobre nuestras dudosas capacidades— fuimos avanzando por las calles periféricas de la ciudad.
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Atravesando Jaca
Entramos en Jaca poco a poco, dejándonos llevar casi sin darnos cuenta.
A nuestra derecha dejamos la Escuela Militar de Alta Montaña, al pie del monte Rapitán.
Seguimos avanzando y atravesamos el barrio del Ferial hasta desembocar en San Pedro, donde se alza la imponente catedral románica.
Sin detenernos demasiado —aunque más de uno se habría quedado mirando— cruzamos la carretera general de Francia y nos adentramos en los glacis de la Ciudadela, aquel fortín de tiempos de Felipe II, con sus fosos y su estructura perfectamente conservada.
Aquel paseo, sin saberlo, era ya una pequeña lección de historia… aunque en ese momento nuestra prioridad era otra muy distinta: llegar, soltar peso y comer algo.
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Primer objetivo cumplido
Tras dejar atrás la parte oeste de la ciudad, alcanzamos por fin nuestro destino.
El camping “Victoria”.
Después de los trámites correspondientes, nos asignaron una parcela doble.
No perdimos ni un segundo: soltamos todo el equipo casi de cualquier manera y nos dejamos caer a la sombra de unos frondosos álamos.
No estábamos especialmente cansados… pero sí hambrientos.
Y cuando manda el estómago, no hay discusión.
Sacamos lo que teníamos más a mano: pan algo duro, tubos de foie-gras, sobrasada… y en cuestión de minutos estábamos devorando bocadillos como si lleváramos días sin comer.
Aquello sabía a gloria.
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El entorno: primeras impresiones
Era plena tarde de verano.
El calor seco se dejaba notar, pero no nos resultaba molesto. El entorno compensaba con creces cualquier incomodidad.
El camping nos pareció, desde el primer momento, un lugar privilegiado: rodeado de campos de trigo y alfalfa, con manzanos y perales dispersos, y dominado por la imponente presencia de la Peña Oroel, que nos observaba desde lo alto.
Más allá, el río Aragón serpenteaba formando suaves meandros, y al fondo, hacia el norte, entre una ligera bruma, se intuían los gigantes: los Pirineos centrales.
Aneto. Monte Perdido. Ordesa. Candanchú. Canfranc. Somport…
Nombres que hasta entonces habían sido casi abstractos, lejanos, escuchados en telediarios o leídos en libros… y que ahora estaban ahí, delante de nosotros.
Reales.
Imponentes.
Desafiantes.
Y, por primera vez, al alcance de nuestra aventura.
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El drama de la tienda
Entonces llegó el momento clave.
Montar la tienda.
Y aquello… fue un espectáculo.
Primero, encontrar todas las piezas. Luego, entender cómo encajaban. Después, decidir por dónde empezar. Cada uno tenía su teoría: que si primero la tela, que si los palos, que si los vientos…
El caos fue en aumento.
Tras varios intentos fallidos, discusiones absurdas y soluciones imaginativas, aquello empezó a parecerse —muy vagamente— a una tienda de campaña.
Torcida por un lado. Inclinada por otro. Con cierta tendencia a imitar a la torre de Pisa si la mirabas de frente. Eso sí, alguien aseguró que la inclinación era buena “por si llovía”.
Nadie supo explicar por qué.
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Nuestra “casa”
Lo más llamativo era su aspecto.
Una tienda descolorida, azul celeste, gastada por mil batallas, con parches cosidos sin demasiado cariño. Claramente no éramos los primeros en usarla… ni los que más la habían cuidado.
Pero era la nuestra.
Y en ese momento, nos parecía perfecta.
Distribuimos el interior como buenamente pudimos, colocamos mochilas, sacos y mantas… y dimos por inaugurado nuestro campamento base.
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Primer descanso… y nuevos planes
Después del esfuerzo, tocaba asearse un poco. Duchas, cambio de ropa… y de repente, volvimos a ser casi personas normales.
O eso parecía.
La tarde iba cayendo, y con ella surgió la siguiente idea: dar un paseo por Jaca. Conocer la ciudad, comprar algunas cosas… y, cómo no, explorar las posibilidades de ligar en territorio desconocido.
Porque al final, seguíamos siendo lo que éramos.
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Atardecer en Jaca
Camino a la ciudad… y primeras risas
Retomamos la marcha por la carretera, esta vez sin mochilas, más ligeros, más sueltos.
Cantando, riendo…
—¡Temblad, mozas jacetanas, que llega el terror! —gritó Ramón.
—¡Si tú ligas, yo me meto a fraile! —respondió Martín.
Las risas estallaron.
—Aquí el único que liga es Pablo —sentenció Antonio.
—¡Pues lo tengo claro! ¡Si tengo que ligar seis, una para cada uno, voy listo! —contestó Pablo entre carcajadas.
Germán y yo, más prudentes, escuchábamos y sonreíamos. Sabíamos que aquello no era tan fácil… pero por si acaso, estábamos dispuestos a colaborar.
Nunca se sabe.
Cuando salimos del camping, el sol ya empezaba a esconderse.
El cielo se tiñó de tonos rosados y azules, dibujando una escena casi irreal.
Hacia el oeste, las silueta del "Cuculo" recortaba el horizonte, mientras la Peña Oroel recibía de lleno la luz rojiza del atardecer, contrastando con las sombras más lejanas de San Juan de la Peña.
Durante unos instantes, todo parecía una postal.
Me detuve a observar a mis amigos.
Callados. Absortos. Sorprendidos.
Y en ese momento, sentí algo especial.
Había merecido la pena guiarlos hasta allí.
Entre bromas sobre ligues y travesuras, subimos hacia el instituto Domingo Miral, donde estudié de niño e hice el bachillerato.
Luego recorremos la calle Mayor, paseando entre turistas, terrazas y tiendas de souvenirs. Lo de ligar quedó para más tarde; yo tenía otra misión: visitar a la familia Prieto.
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